La casa de las cubas 9. La linterna
17%

9. La linterna

NUEVE

La linterna

El mechero se apagó en ese mismo instante.

No se fue apagando, como llevaba amenazando con hacer toda la tarde. Se apagó de golpe, de un solo soplo seco, como si alguien —algo— hubiera decidido exactamente en qué palabra debía terminar la luz. «Que siempre fuiste tú.» Y después, oscuridad total.

Julián no tuvo tiempo ni de asustarse por eso, porque un segundo después el suelo tembló.

No fue el temblor seco y localizado de un derrumbe, como el de la nave principal.

Fue otra cosa, más honda, más ancha, un movimiento que Julián sintió subir por las plantas de los pies y las palmas de las manos antes de oírlo, como si toda la roca sobre la que estaban sentados hubiera respirado hondo.

Del techo de la rampa, muy arriba, cayó una lluvia fina de polvo y piedrecitas que se les metió en el pelo, en la boca, en los ojos.

—¿Qué...? —empezó Julián, pero Marc ya lo había agarrado del brazo con una fuerza que no debería haber tenido un cuerpo tan consumido.

—No digas nada más —siseó Marc, y por primera vez desde que había empezado a hablar sonó genuinamente aterrado, un miedo distinto y mucho más viejo que el que había mostrado hasta entonces—.

No en voz alta. Nunca se dice en voz alta lo que acabo de decirte.

Nunca. Es la primera regla, Julián, la primera de todas, y yo...

—se le quebró la voz— yo acabo de romperla.

El temblor volvió, más fuerte esta vez, y en algún punto por debajo de ellos, muy hondo, tan hondo que Julián no habría sabido decir si lo oía con los oídos o con el pecho, algo se movió.

Un sonido largo, bajo, como el de una piedra enorme arrastrándose contra otra piedra enorme, o como el gruñido de un animal tan grande que su garganta hiciera vibrar la tierra entera en lugar del aire.

—Tenemos que salir de aquí. Ahora —dijo Marc, tirando de él hacia arriba, hacia la verja—. Ahora, Julián, ahora, ahora.

*   *   *

Corrieron a ciegas.

No había luz, ninguna luz, ni la del mechero muerto ni la del cielo anaranjado que Julián había visto antes entre los tablones, porque en algún momento —no supo precisar cuándo, todo se había vuelto una sola masa de pánico y piedra— la tarde de fuera debía de haberse convertido ya en noche cerrada.

Corrieron guiándose solo por el tacto, por la memoria muscular de los últimos metros, por la mano de Marc cerrada en la muñeca de Julián con una desesperación que le dejaría marcas moradas durante días, si es que llegaba a haber días después de aquello.

Detrás de ellos, el sonido crecía. Ya no era solo un gruñido.

Había algo más ahora, un chasquido rítmico, seco, como de algo muy grande arrastrando algo mucho más pequeño y muy pesado a la vez, cadenas contra piedra, multiplicadas, como si toda la bodega entera se hubiera puesto de acuerdo en despertar a la vez.

—¡La verja! —gritó Julián, notando de pronto la madera podrida bajo sus manos, en algún punto de la oscuridad donde su cuerpo, por puro instinto de supervivencia, había encontrado exactamente lo que buscaba—. ¡Aquí, está aquí!

—¡Empuja! —Marc ya no sonaba como un hombre cansado. Sonaba como alguien a quien el terror le hubiera devuelto, de golpe, toda la energía que llevaba cinco años sin tener—. ¡Empuja fuerte, Julián, con todo lo que tengas, ahora o no vamos a tener otra oportunidad!

Julián empujó. Puso en ello el hombro herido, el cuerpo entero, todo el terror acumulado de las últimas horas convertido en una sola descarga de fuerza bruta contra la madera podrida.

Algo crujió. Algo cedió. Un tablón entero se partió con un chasquido que sonó, en medio de aquel caos, casi ridículamente frágil, y por el hueco entró de golpe el aire de la noche, fresco, real, con un olor a tierra seca y a romero que a Julián le pareció el olor más hermoso que había respirado en toda su vida.

—¡Sal! —gritó Marc, empujándolo por la espalda hacia el hueco—. ¡Sal, sal, no esperes...!

Julián se giró para agarrarlo, para tirar de él hacia el mismo hueco, y fue entonces cuando notó que la cadena del tobillo de Marc, la misma cadena que llevaba arrastrando toda la tarde, se había tensado del todo.

No colgaba floja. Estaba estirada hacia atrás, hacia la oscuridad de la rampa, tan tirante que vibraba, como una cuerda de guitarra a punto de romperse.

—¡Marc! —Julián lo agarró por los dos brazos, clavando los pies en el suelo, tirando con todas sus fuerzas hacia la salida—. ¡Ven conmigo, vamos, tira!

—¡No puedo! —La voz de Marc ya no era la de antes. Tenía un temblor nuevo, un pánico desnudo que le arrancó a Julián algo muy hondo en el pecho—. ¡No me suelta, Julián, no me suelta, nunca me ha soltado del todo, vete, VETE!

—¡No pienso soltarte! —Julián apretó los dientes y tiró con toda la fuerza que le quedaba, notando cómo el hombro herido protestaba con un dolor que le nubló la vista un instante, notando cómo, por un segundo, ganaban terreno, medio metro, un metro entero hacia la libertad.

Y entonces la cadena tiró en la otra dirección con una fuerza que no tenía nada de humano.

Marc salió disparado hacia atrás, arrancado literalmente de las manos de Julián, y desapareció en la oscuridad de la rampa con un grito que se cortó de golpe, a media nota, como si algo se lo hubiera tragado entero junto con el sonido.

—¡MARC! —Julián se lanzó hacia delante, hacia la oscuridad, con el cuerpo entero gritándole que no lo hiciera y el resto de él, la parte que todavía recordaba a un niño enseñándole un cómic un domingo cualquiera, incapaz de hacer otra cosa.

Sus dedos rozaron algo. Tela. Un jirón de tela vieja, que se le deshizo entre los dedos como ceniza mojada.

Y luego nada.

Solo oscuridad, y el sonido de algo enorme arrastrándose hacia el fondo de la tierra, alejándose, llevándose con ello el único jadeo entrecortado que quedaba, cada vez más débil, cada vez más lejos, hasta que también ese se apagó del todo.

*   *   *

Julián no supo cuánto tiempo se quedó ahí, de rodillas en el umbral roto de la verja, con medio cuerpo dentro y medio cuerpo fuera, con las manos extendidas hacia una oscuridad que ya no le devolvía nada.

Lo que le hizo reaccionar, al final, no fue el valor.

Fue el frío distinto que empezó a sentir en la espalda, un frío que subía desde la rampa como un aliento, como si algo, ahí abajo, hubiera terminado de tragar lo que tenía que tragar y ahora, muy despacio, sin ninguna prisa, estuviera volviendo a por el postre.

Julián salió.

Salió a rastras, con las piernas convertidas en dos cosas ajenas, con el aire de la noche golpeándole en la cara como una bofetada de vida, y no se paró a mirar atrás hasta que estuvo a cinco, diez, veinte metros de la boca del pozo, tumbado boca arriba en la ladera seca, bajo un cielo cuajado de estrellas que un par de horas antes le habría parecido precioso y que ahora solo le parecía una prueba más de que había un mundo entero, ahí fuera, que no tenía la más remota idea de lo que acababa de pasar treinta metros bajo sus pies.

Se quedó ahí tumbado, temblando, escuchando su propia respiración entrecortada mezclarse con el chirrido indiferente de los grillos, hasta que se dio cuenta de una cosa que le heló la sangre mucho más que todo lo anterior junto.

El silencio, esta vez, no venía de la bodega.

Venía de la casa.

Porque alguien, de pie en el umbral de la puerta de servicio, recortado contra la única ventana iluminada de toda la planta baja, lo estaba mirando fijamente. Y llevaba, colgando de la mano derecha, una linterna que todavía no había encendido.