8. La marca
OCHO
La marca
—Siéntate —dijo Marc—. Esto va a llevar un rato, y no vas a querer estar de pie cuando termine de contártelo.
Julián no se sentó. No podía. Se quedó donde estaba, con la espalda contra la verja atascada, con el hombro palpitándole bajo la camisa empapada, mirando a su primo como quien mira algo que sabe que es real pero que el cuerpo todavía se niega a aceptar del todo.
Marc no insistió. Se dejó caer él mismo, despacio, hasta quedar sentado en el suelo de piedra con la cadena recogida en el regazo como quien recoge un animal cansado, y empezó a hablar con la voz baja y uniforme de alguien que ha contado la misma historia muchas veces dentro de su propia cabeza, esperando el día en que por fin tuviera a alguien a quien contársela en voz alta.
—¿Sabes por qué esto se llama «la casa de las cubas»?
—preguntó—. Por la bodega, claro. Pero según cuenta la familia, no fue la bodega la que se hizo primero: la casa se construyó encima a propósito.
Para taparlo. Para que nadie de fuera pudiera ver lo que había debajo sin que antes tuviera que cruzar un salón, una escalera, un patio entero de gente viviendo su vida normal encima.
—¿Encima de qué? —preguntó Julián, y le sorprendió que la voz le saliera casi entera.
—De un trato —dijo Marc—. Muy viejo. Nadie sabe con certeza cuándo se hizo, aunque en la familia se cuenta que fue durante la gran peste, hace más de trescientos años, cuando media comarca se estaba muriendo y las viñas de aquí, las nuestras, fueron las únicas de toda la región que no se secaron ni una sola vez, ni ese año ni ningún otro después.
Mientras los vecinos enterraban a media familia y veían cómo se les pudría la cosecha en la cepa, los nuestros seguían haciendo vino.
Buen vino. Vino que se vendía carísimo justo cuando nadie más tenía nada que vender.
Hizo una pausa. La llama del mechero de Julián, cada vez más pequeña, le iluminaba la cara desde abajo, hundiendo las sombras en los huecos donde antes había carne y ahora solo quedaba hueso forrado de piel.
—Eso no pasa porque sí —continuó Marc—. Una familia entera, sana, rica, durante una peste que se llevó a medio país, y encima con las únicas viñas de la comarca que no se vieron ni rozadas.
La explicación que se pasa de generación en generación, la que me contó mi padre la noche antes de traerme aquí, es que el primero de nosotros que vivió en esta casa hizo un trato con algo que estaba debajo de la tierra, mucho antes de que se plantara la primera cepa.
Algo que llevaba ahí más tiempo del que nadie es capaz de calcular.
Y el trato era simple, dijo mi padre. Simple y espantoso a la vez, como son casi siempre los tratos que de verdad funcionan.
—¿Cuál? —Julián apenas pudo formar la palabra.
—La tierra da. La familia da. —Marc lo dijo como quien recita algo aprendido de memoria hace tanto tiempo que ya ha perdido toda emoción propia y solo queda la forma, el molde vacío de la frase—.
Mientras la tierra les diera cosechas, salud, dinero, la familia tenía que devolver algo a cambio.
No dinero. No ofrendas, ni misas, ni nada que uno pudiera comprar en una tienda.
Una persona. Una de los suyos, siempre de la propia sangre, tenía que quedarse bajo la casa, cerca de donde fuera que viviese aquello, el tiempo que hiciera falta.
A veces meses. A veces, como conmigo, años.
Y cuando esa persona ya no podía más, cuando el cuerpo o la cabeza se rendían del todo, la familia elegía a otro.
Siempre de la sangre. Nunca se ha roto esa parte, en trescientos años.
* * *
Julián sintió que las piernas, por fin, dejaban de sostenerlo, y se dejó resbalar hasta quedar sentado en el suelo, frente a su primo, con la verja atascada clavándosele en la espalda.
—Eso es una locura —dijo, más para sí mismo que para Marc—. Eso es... la gente no cree esas cosas. No en serio. No de verdad, no lo suficiente como para...
—¿Como para encadenar a un chico de veintiséis años bajo tierra?
—La voz de Marc, por primera vez desde que había empezado a hablar, tembló—.
Pues créeme, Julián, la gente lo cree lo suficiente cuando lleva trescientos años viendo que funciona.
Pregúntate una cosa. En todo este tiempo, en toda la historia de la familia, ¿alguna vez has oído que nos faltara el dinero de verdad?
¿Que la bodega, o después los negocios, se fueran del todo a la ruina?
Siempre hay un bache. Siempre hay un mal año.
Pero nunca, nunca, el desastre entero. —Marc levantó la cabeza y clavó en Julián aquellos ojos que eran los ojos de la tía Empar, los ojos de su propio padre—.
En trescientos años de familia, ni una sola generación se ha quedado sin nada.
Ni una. En un país donde las bodegas cierran, donde las cosechas se pierden, donde las fortunas se hacen y se deshacen en una generación. Nosotros no. Nunca nosotros.
Julián no contestó. No podía. Algo en su pecho se había quedado muy quieto, muy frío, escuchando la seguridad con la que Marc lo decía, la seguridad de quien lleva años dándole vueltas a solas, en la oscuridad, sin nadie con quien compartirlas.
—El trato no se ha roto nunca —dijo Marc, muy bajito—.
Pero yo ya no puedo más, Julián. Llevo cinco años.
He perdido la cuenta de cuántas veces he estado a punto de dejar de contar los días del todo, de dejarme ir sin más.
Y esta tarde, cuando oí el derrumbe ahí arriba, cuando oí que alguien había caído, lo primero que pensé, que Dios me perdone, no fue «qué desgracia». Fue: «por fin».
* * *
—Entonces sácame de aquí —dijo Julián, con una urgencia repentina, agarrando a Marc por el brazo, notando bajo los dedos un hueso apenas cubierto de piel—. Los dos. Salimos los dos, ahora, se acabó, se lo contamos a quien haga falta, a la policía, a...
—No lo entiendes. —Marc negó con la cabeza, despacio, con una tristeza tan honda que a Julián le dolió mirarla—.
No se trata de escapar, Julián. Yo podría haber roto esa verja hace tres años si hubiera querido de verdad.
La madera está podrida, ¿la has notado? Cualquiera con un poco de fuerza y un poco de tiempo podría abrirla. Nunca lo hice. ¿Sabes por qué?
Julián negó con la cabeza, sin atreverse a hablar.
—Porque cada vez que lo pensaba en serio, cada vez que de verdad me planteaba forzar esa verja y salir a la luz otra vez, algo pasaba arriba.
La abuela se cayó por la escalera el mismo día que yo estuve a punto de intentarlo la primera vez.
Se rompió la cadera. Tenía ochenta y dos años y hasta entonces no se le había torcido un tobillo en su vida.
—Marc apretó los dientes—. Lo intenté una segunda vez, hace dos años.
Esa misma noche se declaró un incendio en la nave donde guardábamos la maquinaria nueva.
Ardió todo. Nadie supo nunca cómo empezó.
Julián sintió que el frío de la bodega, por primera vez en toda la tarde, le entraba no por la piel sino directamente por dentro, como si algo le hubiera vaciado el pecho de golpe.
—Eso son coincidencias —susurró, sin ninguna convicción en la voz.
—Eso me dije yo también —contestó Marc—. Las primeras veces.
* * *
Se quedaron un rato en silencio, los dos, con el mechero de Julián agonizando ya entre sus dedos, dando la última luz amarilla que le quedaba antes de apagarse del todo y dejarlos a oscuras el uno frente al otro.
—Hay una última cosa que tienes que saber —dijo Marc, y algo en su tono cambió, se volvió más lento, más cuidadoso, del modo en que se elige el camino cuando uno sabe que va a hacer mucho daño y ya no hay forma de evitarlo—.
La elección de quién baja no la hacen los mayores al azar, Julián.
Nunca la han hecho al azar. Hay una señal.
Una marca de nacimiento, dicen, aunque yo nunca la he visto en mí mismo de la forma en que se supone que hay que verla.
Y hace treinta años, cuando nacimos nosotros con apenas once meses de diferencia, hubo una discusión muy larga en esta familia sobre cuál de los dos primos tenía la marca de verdad.
Julián notó que se le paraba la respiración.
—Ganó mi padre la discusión —dijo Marc, con una sonrisa pequeña, rota, que no llegaba ni de lejos a los ojos—. Consiguió convencer a los demás de que era yo. Nunca supe muy bien cómo. Nunca quise preguntarlo demasiado fuerte, la verdad, porque una parte de mí siempre ha sospechado la respuesta.
—¿Qué respuesta? —preguntó Julián, aunque ya, en algún sitio muy hondo, había empezado a saberla.
Marc lo miró, y en la última luz del mechero, antes de que se apagara del todo, a Julián le pareció que los ojos de su primo, esos ojos de la familia, esos ojos que también eran los suyos, brillaban con algo que no era solo tristeza.
—Que la marca la tenías tú —dijo Marc—. Que siempre fuiste tú.