La casa de las cubas 7. Marc
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7. Marc

SIETE

Marc

—Marc —dijo la voz—. Me llamo Marc. Soy Marc.

Lo dijo dos veces, como si llevara tanto tiempo sin poder decirlo que necesitara comprobar que la frase seguía entera, que no se le había roto ningún trozo por el camino.

Y entonces, muy bajito, añadió algo que hizo que a Julián se le helara la sangre de un modo que ningún frío de bodega había conseguido en toda la tarde:

—Soy tu primo, Julián. Soy Marc.

Julián no se movió. No porque hubiera decidido no moverse, sino porque el nombre, ese nombre concreto, había entrado en él como entra un cuchillo cuando todavía no duele: primero solo la sorpresa fría del filo, y el dolor de verdad viene después, un segundo más tarde, cuando el cuerpo por fin entiende lo que acaba de pasar.

Marc.

Tenía un primo Marc. Lo había tenido. Un chico casi un año menor que él, hijo de la rama de la familia que nadie mencionaba en las comidas de Navidad, que había desaparecido de las fotos y de las conversaciones hacía unos cinco o seis años, sustituido con el tiempo por una explicación tan vaga que ya ni siquiera recordaba quién se la había dado.

Se fue a estudiar fuera. Se distanció. Cosas de familias grandes, decían, encogiéndose de hombros, y Julián, que tenía su propia vida y sus propios líos, nunca había preguntado más.

Pero eso no era del todo cierto, ¿verdad?

Había algo más, enterrado tan hondo que hasta ese momento Julián habría jurado, con la mano en el fuego, que no existía.

Un recuerdo que empezaba a moverse ahora, despacio, como algo que llevara mucho tiempo dormido bajo el agua y por fin encontrara la fuerza para subir a la superficie.

Una escalera. Una linterna de pilas, de las antiguas, la que su tío guardaba en el garaje. Un plato de comida tapado con papel de aluminio, escondido dentro de una mochila.

—No —dijo Julián en voz alta, y la palabra le salió tan débil que apenas la reconoció como propia—. No, eso no... yo no...

—Sí que lo hiciste —dijo la voz de Marc, y en ella había, mezclado de una forma que a Julián le pareció insoportable, tanto rencor como cariño, como si llevara años sin decidir cuál de los dos sentimientos se merecía más espacio—.

Venías. Al principio venías casi todas las semanas.

Me traías cosas. Aquel reloj —la voz se quebró un instante— me lo diste tú, por mi cumpleaños, el último que pasé aquí abajo antes de que dejaras de venir.

*   *   *

Julián se giró.

Lo hizo sin decidirlo del todo, como si el cuerpo hubiera llegado a la conclusión, mucho antes que la mente, de que ya no había forma humana de seguir de espaldas a aquello.

La llama del mechero, pequeña, temblando con cada respiración entrecortada, iluminó lo que había estado siguiéndolo por la rampa.

No era un monstruo. Eso fue lo primero que registró, y de una forma retorcida fue lo que más miedo le dio, porque un monstruo habría sido más fácil de aceptar que lo que tenía delante.

Era un hombre. Delgado hasta un extremo que dolía mirar, con la piel de un blanco enfermizo que Julián solo había visto antes en fotografías de gente que llevaba meses sin ver el sol, la ropa hecha jirones y cubierta de tierra, el pelo largo, apelmazado, cayéndole sobre una cara que —ahí estaba, ahí estaba lo que le rompió algo por dentro de verdad— seguía teniendo, debajo de todo aquello, los mismos ojos que Julián recordaba de las fotos de familia de cuando eran niños.

Los mismos ojos que tenía la tía Empar. Los mismos que tenía su propio padre.

Marc estaba de pie, apoyado contra la pared de piedra como si llevara toda una vida aprendiendo a sostenerse con el mínimo esfuerzo posible, con una cadena —más larga que la de la celda, pero cadena al fin y al cabo— arrastrando desde un grillete en el tobillo hasta perderse en la oscuridad de la rampa detrás de él.

—Hola, Julián —dijo, y sonrió, y la sonrisa fue lo peor de todo, porque era una sonrisa de verdad, tímida, casi avergonzada, la misma sonrisa exacta que Julián recordaba de un niño de trece años enseñándole un cómic un domingo de comida familiar, veinte años antes de aquella tarde—.

Sabía que algún día alguien tendría que bajar.

*   *   *

—Esto no puede ser real —dijo Julián, retrocediendo un paso, con la espalda chocando contra la verja atascada—. Tú... tú te fuiste. Te fuiste a estudiar a Alemania, o a Holanda, no sé, algo así nos dijeron, yo...

—¿Y lo creíste? —La voz de Marc no sonó cruel al decirlo.

Sonó cansada, sobre todo. Del cansancio de quien lleva mucho tiempo esperando esa pregunta y ya sabe, de sobra, cuál es la respuesta—.

Claro que lo creíste. Todos lo creísteis.

Es lo que se hace en esta familia, Julián.

Cada dos generaciones, más o menos, alguien tiene que bajar.

Y el resto se cree lo que le cuenten para no tener que pensar en ello.

—¿Por qué? —La pregunta le salió a Julián casi como un sollozo—. ¿Por qué tú? ¿Por qué...?

Marc se apartó el pelo de la cara con un gesto lento, agotado, y por un momento —solo un momento, pero a Julián le bastó para que el estómago se le encogiera de una forma nueva, distinta a todo el miedo anterior— pareció mucho más viejo de lo que le correspondía por los años.

—Eso —dijo— es justo lo que vas a tener que averiguar tú ahora. Porque ya no me toca a mí explicártelo, Julián.

Se apartó un poco de la pared, y la cadena, al tensarse, produjo un sonido metálico y hueco que resonó por toda la rampa, subiendo hasta la verja atascada, hasta el trozo de cielo anaranjado que Julián todavía podía ver entre los tablones, tan cerca y de repente tan inútil.

—Ahora te toca a ti —dijo Marc— decidir quién baja la próxima vez.