La casa de las cubas 6. La verja
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6. La verja

SEIS

La verja

Julián no se quedó a mirar el reloj ni un segundo más.

Salió de la cámara por donde fuera, sin pensar, sin elegir dirección, guiado únicamente por el instinto animal de poner piedra entre él y la voz.

Detrás de él —muy cerca, demasiado cerca, tan cerca que notó el desplazamiento del aire como había notado el del derrumbe, como una bofetada de presión antes que un sonido— algo se movió.

No unos pasos. Algo más parecido a un arrastre, un roce largo de tela vieja contra piedra, y por debajo de eso, un jadeo que no era el suyo.

—Espera —dijo la voz, y ya no sonaba dulce en absoluto. Sonaba urgente. Hambrienta de una manera que Julián no quiso pararse a definir—. Julián. No te vayas otra vez.

Otra vez.

Esa palabra le atravesó de una forma que el propio miedo no había conseguido, y durante una fracción de segundo, corriendo a ciegas por un túnel que no sabía adónde iba, Julián sintió algo que no era terror.

Fue más parecido a un vértigo, al tipo de mareo que se siente cuando el suelo que uno pisa resulta no ser tan firme como se creía.

No tuvo tiempo de examinarlo. El pasadizo se bifurcó otra vez, sin avisar, y Julián eligió el hueco más estrecho de los dos por el motivo más primitivo posible: porque por ahí no cabía nada más grande que él.

Se equivocó.

*   *   *

Algo lo rozó el tobillo.

Frío. Duro. Un roce corto, como el de unos dedos que se cierran medio segundo tarde, que alcanzan a tocar pero no a agarrar.

Julián soltó un grito que no reconoció como propio —agudo, quebrado, el grito de alguien mucho más joven que él— y tiró del pie con tanta fuerza que se golpeó la rodilla contra la piedra del techo, que en ese tramo bajaba tanto que apenas dejaba sitio para avanzar a rastras.

No se giró a comprobar qué había sido. Ya sabía, con esa misma certeza sin fisuras que había tenido en la escalera al ver la huella, que si se giraba y lo veía —fuera lo que fuera, quien fuera— algo en su cabeza se iba a romper de una forma que después no habría manera de arreglar.

Así que no se giró. Reptó, con el corazón golpeándole en los oídos, con las palmas de las manos ya en carne viva de arrastrarse por la grava, hacia lo único que tenía delante: más oscuridad, y la esperanza estúpida y necesaria de que esa oscuridad, en algún punto, tuviera un final que no fuera un muro.

—¡Julián! —La voz ya no suplicaba. Ahora era otra cosa. Algo que se parecía, de una manera que a Julián le costó admitir, al tono que pondría alguien al ver que un tren está a punto de irse sin él—. ¡No puedo bajar sola otra vez! ¡No puedo!

Bajar. Otra vez esa palabra, ese verbo que llevaba toda la tarde persiguiéndolo, tallado en piedra, rascado en la pared, dicho ahora en voz alta por algo que se arrastraba detrás de él por un túnel demasiado estrecho para los dos.

*   *   *

El pasadizo se ensanchó de golpe, y Julián, que no se lo esperaba, estuvo a punto de caer de bruces al perder el punto de apoyo que llevaba usando durante los últimos veinte metros.

Se incorporó a trompicones, con el mechero —milagrosamente, todavía encendido, todavía vivo, la última cosa en aquel lugar que parecía estar de su parte— alzado por delante, y descubrió que había llegado a algo que por fin, por fin, se parecía a una salida de verdad.

Una rampa. Empedrada, ancha, con las mismas rodadas gastadas por ruedas de carro que había visto en la nave principal, subiendo en una curva suave hacia lo que solo podía ser el exterior, porque de ahí arriba bajaba, además de aire fresco, un ruido que a Julián le pareció el sonido más hermoso que había oído en su vida: grillos.

El chirrido tonto, constante, absolutamente indiferente de los grillos de una tarde de agosto, cantando en algún sitio donde el sol todavía calentaba la tierra y nada llevaba encadenado media vida bajo ella.

Corrió.

No miró atrás ni una sola vez, ni cuando algo —una piedra suelta, se dijo, una piedra suelta y nada más— repiqueteó justo detrás de sus talones.

No miró atrás cuando la voz, ahora claramente rezagada, gritó su nombre con una desesperación que casi, casi, le dolió en el pecho de una forma que no tenía nada que ver con el miedo.

Corrió rampa arriba, con los pulmones ardiendo, con las piernas convertidas en dos pesos ajenos que apenas le obedecían, hacia la luz que crecía al final de la curva.

*   *   *

La rampa terminaba en una verja.

No en una salida abierta al campo, como había imaginado en los últimos veinte metros con una esperanza tan intensa que casi dolía, sino en una verja de madera vieja, encajada en un hueco de piedra que en su día debió de servir para meter y sacar los carros cargados de uva.

A través de las rendijas entre los tablones, Julián vio de verdad el exterior por primera vez desde el derrumbe: un trozo de ladera, matorral seco, el borde de lo que parecía un camino de tierra a lo lejos.

Luz de tarde, ya más anaranjada que antes. Había pasado más tiempo del que creía.

Empujó la verja con todo lo que le quedaba.

Cedió un poco —lo justo para que se le acelerara el pulso de esperanza— y luego se detuvo en seco, atascada contra algo que no podía ver desde ese lado.

Una piedra caída, quizás. Una viga. Algo que llevaba ahí el tiempo suficiente como para que la maleza hubiera crecido alrededor sellándolo todavía más.

—No —dijo Julián, empujando otra vez, y otra, golpeando la madera con el hombro hasta que notó algo húmedo y caliente extendiéndose bajo la camisa y comprendió, distraídamente, que se había abierto algo en el hombro que iba a doler mucho más tarde, cuando tuviera tiempo de que le doliera—. No, no, no, vamos, vamos...

La verja se movió otro centímetro. Y se paró.

Detrás de él, en algún punto de la rampa que ya no podía calcular con precisión, oyó el arrastre otra vez. Más lento ahora. Como si aquello, fuera lo que fuera, ya no necesitara darse prisa.

—No hace falta que corras —dijo la voz, y esta vez sonó extrañamente calmada, casi amable, lo cual resultó mucho peor que cualquier grito—. Esta verja lleva encallada mucho tiempo, Julián. Yo también lo intenté.

Julián dejó de empujar durante medio segundo. Solo medio segundo. Lo justo para que una pregunta, la primera pregunta de verdad que se atrevía a hacerle a aquella voz, le saliera de la garganta antes de que pudiera decidir si quería hacerla.

—¿Quién eres? —susurró, sin volverse.

El arrastre se detuvo.

Y en el silencio que vino después, un silencio distinto a todos los anteriores, más lleno, más consciente, como si al otro lado de la oscuridad algo se hubiera quedado pensando muy en serio cómo contestar, Julián tuvo, por fin, muy claro que no estaba preparado en absoluto para la respuesta.