La casa de las cubas 5. El reloj
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5. El reloj

CINCO

El reloj

Julián no bajó.

Fue una decisión tomada sin pasar por ningún sitio que pudiera llamarse pensamiento.

Un segundo estaba paralizado en el escalón, con la llama del mechero temblando tanto como su mano, y al siguiente ya se había dado la vuelta y subía los dos escalones que le separaban de la reja con la torpeza desesperada de quien ha dejado de calcular dónde pone los pies.

—¡Que alguien me oiga! —gritó, con la cara pegada a los barrotes, con las manos aferrando el hierro oxidado hasta hacerse daño—. ¡ESTOY AQUÍ ABAJO!

El cielo, al otro lado de la reja, seguía exactamente igual de azul y exactamente igual de indiferente.

La nube tonta ya no estaba; en su lugar había otra, un poco más grande, cruzando con la misma parsimonia insultante.

Nadie contestó desde arriba. Nadie iba a contestar desde arriba, comprendió Julián con una claridad fría que le costó más aceptar que el propio miedo: estaba en mitad de la nada, un domingo de agosto, y la única persona que sabía dónde se encontraba —el notario, y solo de forma vaga— no iba a preocuparse hasta dentro de días.

Desde abajo, la voz volvió a llamarlo.

—Julián.

Más cerca. O eso le pareció, y esa vez no se molestó en discutírselo a sí mismo.

No había ya explicación razonable que rellenara ese hueco.

Había una voz, en un sitio donde no debía haber ninguna voz, que sabía su nombre, y a Julián dejó de importarle por qué.

Solo le importó una cosa: alejarse de ella.

*   *   *

El rellano de la escalera, ahora que lo miraba con algo más de calma —una calma falsa, prestada, la que da el pánico cuando decide que gritar ya no sirve y toca pensar—, tenía otra abertura además de la que bajaba hacia la celda.

Estaba a la derecha, medio tapada por un amasijo de raíces que habían bajado desde algún árbol de la superficie y que llevaban décadas abriéndose paso entre las juntas de la piedra, buscando agua donde fuera que la hubiese.

Julián no se paró a pensar adónde llevaba. Cualquier sitio que no fuera hacia la voz le pareció, en ese momento, un buen sitio.

Apartó las raíces a manotazos —eran gruesas, correosas, y alguna se le enredó en los dedos con una resistencia casi deliberada que prefirió no pararse a valorar— y se metió por el hueco con el mechero por delante, agachado, notando cómo el corazón le golpeaba en la garganta más que en el pecho.

—Julián —dijo la voz otra vez, y esta vez no vino de abajo.

Vino de detrás.

*   *   *

No se giró. Se dijo, corriendo ya de forma torpe y encogida por un pasadizo que se estrechaba más de lo que le gustaría, que girarse era exactamente lo que no había que hacer, aunque no habría podido explicar de dónde había sacado esa norma ni por qué su cuerpo la obedecía con tanta convicción.

Simplemente supo que no debía mirar atrás.

De la misma manera que un niño sabe, sin que nadie se lo haya explicado nunca, que hay cosas debajo de la cama que es mejor no comprobar.

El pasadizo bajaba un tramo, subía otro, giraba sin ningún criterio que Julián pudiera seguir, como si hubiera sido excavado no para llevar a ninguna parte concreta sino simplemente para alejarse de donde fuera que uno hubiera empezado.

La llama del mechero se agachaba con cada movimiento brusco, amenazando con apagarse, y Julián empezó a rezar —él, que no rezaba desde la comunión— para que aguantara.

—Julián —dijo la voz, y esa vez sonó rota de otra manera. No amenazante. Casi al contrario. Sonó como suplica. Como algo que llevaba mucho tiempo esperando que alguien viniera y ahora, por fin, no soportaba la idea de que ese alguien se marchara otra vez.

—Espera —dijo la voz—. Por favor. Espera.

Julián no esperó. Si acaso, corrió más.

*   *   *

El pasadizo terminó en una bifurcación, y ahí, por primera vez desde que había echado a correr, Julián tuvo que pararse un segundo a decidir, porque el pánico no entiende de bifurcaciones y necesitaba, aunque solo fuera un instante, que una parte de su cabeza dejara de gritar y se pusiera a pensar.

A la izquierda, el túnel seguía bajando, más estrecho, con un tufo a agua estancada que no le gustó nada.

A la derecha, subía, y de él llegaba —Julián estuvo a punto de llorar de puro alivio al notarlo— la misma corriente de aire fresco que había sentido antes en la escalera de la reja. Aire de fuera. Aire con posibilidades.

Fue hacia la derecha.

El túnel se hizo más estrecho a medida que subía, tanto que en un par de tramos Julián tuvo que ponerse de lado y avanzar a empujones, con la piedra rozándole el pecho y la espalda al mismo tiempo, con el mechero sujeto entre los dientes porque ya no tenía manos libres para llevarlo.

El corazón le iba tan deprisa que empezó a ver puntitos, pequeñas explosiones blancas en los bordes de la vista, y tuvo que pararse un momento, jadeando, con la mejilla pegada a la piedra fría, para no desmayarse ahí mismo.

Fue en esa pausa cuando volvió a oír la voz. Muy bajita esta vez. Casi tierna.

—No tengas miedo —dijo—. Yo tampoco lo tenía, al principio.

Julián cerró los ojos con fuerza, como si eso pudiera cerrar también los oídos, y siguió avanzando a empujones hasta que el túnel, sin previo aviso, se abrió.

*   *   *

No era la salida.

Lo supo antes incluso de levantar la vista, por el eco distinto que tuvo su propia respiración agitada al llegar al espacio abierto: un eco de sala, no de exterior.

Cuando por fin se atrevió a mirar, con el mechero temblando en la mano, descubrió que había desembocado en otra cámara, más pequeña que la primera, sin jergón, sin argolla, casi vacía salvo por lo que había en el centro.

Un montón de ropa.

Vieja. Podrida en algunos sitios, casi convertida en polvo textil en otros, pero reconocible: una camisa, unos pantalones, algo que en su día pudo ser un jersey.

Dispuesta con un orden que a Julián, con el poco cerebro racional que le quedaba disponible en ese momento, le pareció el detalle más espantoso de todo lo que había visto ahí abajo.

No estaba tirada, ni amontonada por el tiempo.

Estaba doblada. Colocada. Como se dobla y se coloca la ropa de alguien que ya no va a volver a usarla, por alguien que no se atrevió a tirarla.

Encima de la ropa, apoyado con el mismo cuidado, había un objeto pequeño que le costó un segundo identificar. Cuando lo hizo, el aire se le quedó otra vez atascado en la garganta, exactamente igual que en la escalera.

Un reloj de pulsera. Moderno. De los que se compran en cualquier centro comercial, con la correa de plástico negro y una esfera digital que, imposiblemente, absurdamente, todavía parpadeaba una hilera de números en rojo muy débil, como si le quedara la última gota de una pila que debería llevar años muerta.

Marcaba una fecha.

Julián se acercó, incapaz de no hacerlo, y leyó el año que parpadeaba en la pantallita rota.

No era un año de hacía un siglo. Ni de hacía cincuenta años. Era un año de hacía apenas cuatro.

Y detrás de él, en la boca del túnel por el que acababa de salir, la voz —mucho más cerca ahora, tan cerca que Julián pudo notar, o creyó notar, algo de aire frío moviéndose contra su nuca al pronunciarlo— dijo una última cosa que le hizo comprender, con una certeza que le vació el estómago de golpe, que llevaba toda la tarde equivocándose sobre qué clase de historia era aquella.

—Ese reloj era mío —dijo la voz—. Me lo regalaste tú.