4. La reja
CUATRO
La reja
La abertura desembocaba en una escalera.
No una escalera de mano, ni unos peldaños tallados a lo bruto en la roca, como los que había bajado para llegar a la celda.
Una escalera de verdad, de piedra bien cortada, con un pasamanos de hierro forjado que en su día debió de ser elegante y que ahora era solo una fila de costras de óxido pegadas a la pared.
Subía. Eso fue lo primero que Julián registró, antes incluso de fijarse en nada más: subía, y en algún punto, muy arriba, más allá de donde llegaba la luz del mechero, había algo que no era completamente negro.
Se quedó mirando ese algo un buen rato, desconfiando de sus propios ojos con la misma desconfianza con la que había desconfiado de la respiración, del jergón, de la palabra en la pared.
Pero esta vez, cuando parpadeó y volvió a mirar, seguía ahí.
Un gris muy leve, casi azulado, coronando la escalera como una promesa que alguien hubiera hecho hacía mucho tiempo y aún no hubiera roto del todo.
Empezó a subir.
* * *
El aire cambió antes que la luz.
Al principio fue algo tan sutil que Julián no estuvo seguro de si se lo estaba inventando —otra vez, como con la respiración, como con el peso de la cadena que no estaba ahí—, pero a los quince o veinte escalones ya no había duda posible: el aire ya no era el aire estancado y viejo de la celda, ni el aire mineral del calado.
Era aire con movimiento. Con temperatura.
Con un rastro, muy fino, de algo verde y vivo que Julián tardó unos segundos en identificar porque llevaba tantas horas sin olerlo que casi se le había olvidado que existía.
Hierba. Tierra caliente por el sol. El mundo de fuera.
Subió más rápido, sin importarle ya el dolor de la espalda ni el de las rodillas, guiándose por ese hilo de aire como un buceador se guía por las burbujas hacia la superficie.
La luz gris se fue haciendo más clara, más azul, hasta que Julián pudo apagar el mechero —se lo guardó en el bolsillo con un cuidado casi supersticioso, como quien guarda la última bala— y seguir subiendo solo con lo que caía desde arriba.
La escalera terminaba en una reja.
No una puerta. Una reja de hierro, vieja, del tipo que se usaba antiguamente para ventilar las bodegas sin tener que dejar un hueco por el que pudiera colarse cualquier cosa con cuatro patas, encajada en lo que parecía el hueco de un antiguo pozo de luz.
A través de los barrotes, muy arriba, Julián vio un trozo de cielo.
Azul de verdad. Con una nube pequeña y tonta cruzándolo sin ninguna prisa, como si no tuviera ni idea de lo que significaba para el hombre que la miraba desde abajo.
Se rió. Fue una risa rara, corta, casi un ladrido, la clase de risa que sale sola cuando el cuerpo necesita soltar algo y no tiene ninguna otra forma de hacerlo.
Se agarró a los barrotes de la reja y tiró hacia arriba, hacia los lados, buscando algún punto flojo, algún tornillo comido por el óxido que cediera igual que había cedido la barra de la puerta de la bodega.
La reja no se movió ni un milímetro. Estaba tan firme como si la hubieran puesto ayer.
Pero eso, en aquel momento, a Julián no le importó demasiado.
Había luz. Había aire de fuera. Y si había un pozo de ventilación, por fuerza tenía que haber alguna otra salida, algún registro, algo que un hombre pudiera abrir desde este lado o que alguien, alguna vez, pudiera oír si gritaba lo bastante fuerte.
—¡Eh! —gritó, con la cara pegada a los barrotes—. ¡Hay alguien ahí arriba! ¡Estoy aquí abajo!
Nadie contestó, pero por primera vez desde el derrumbe eso no le pareció el fin del mundo.
Era de día. Alguien pasaría. Un cazador, un senderista, un vecino que llevara demasiado tiempo sin ver salir humo de la chimenea de la casa vieja.
Tenía tiempo. Tenía aire. Tenía, calculó mirando la barra de batería fantasma de un móvil que llevaba apagado media hora, una posibilidad real de salir de aquello.
Se sentó en el escalón más alto, con la espalda contra la pared y la cara vuelta hacia la reja, dejando que el aire de fuera le limpiara los pulmones del polvo de piedra y moho, y por primera vez en horas cerró los ojos sin miedo a lo que pudiera encontrar al abrirlos.
* * *
No supo cuánto tiempo estuvo así. Diez minutos, quizás. Puede que veinte.
Lo que le hizo abrir los ojos no fue un ruido. Fue la ausencia de uno.
El goteo. Ese tap, tap, tap constante que llevaba oyendo desde que había cruzado la puerta de roble, tan continuo que se había convertido en parte del silencio, en el pulso de fondo de todo aquel lugar, se había parado.
Julián no lo notó al principio como algo que faltaba, sino como una especie de presión distinta en los oídos, la misma sensación que se tiene cuando se apaga un electrodoméstico que llevaba zumbando toda la vida y de repente el silencio suena más alto que el ruido que acaba de desaparecer.
Abrió los ojos.
La luz seguía entrando por la reja, gris azulada, tranquila.
Nada había cambiado ahí arriba. Pero cuando Julián bajó la vista hacia la escalera, hacia la oscuridad de la que acababa de subir, tuvo la certeza absoluta —no la sospecha, no la sensación, la certeza, del tipo que no necesita explicarse a sí misma— de que algo, en algún punto de esos escalones, se había quedado quieto al mismo tiempo que él abría los ojos.
Como si hubiera estado subiendo detrás de él, al mismo ritmo, con mucho cuidado de no hacer ruido, y se hubiera detenido en el instante exacto en que dejó de ser seguro seguir acercándose.
Julián se puso de pie tan rápido que se golpeó la cabeza contra la reja.
—¿Hola? —dijo, y esta vez su voz no sonó firme en absoluto.
Silencio. Ni goteo, ni respiración, ni pasos. Nada.
Se dijo que el goteo podía haberse cortado por mil razones —una variación mínima de humedad, una gota que había encontrado un camino distinto por el que caer, quién sabe cuántas cosas cambian en una bodega centenaria de un minuto a otro—.
Se lo dijo con la misma voz interior, razonable, casi de médico de urgencias, que llevaba usando toda la tarde.
Y por primera vez desde que había empezado a usarla, esa voz no le sirvió de nada.
No porque no fuera cierta. Sino porque, muy adentro, en algún sitio que no atendía a razones, Julián ya sabía que no importaba si era cierta o no.
Sacó el mechero. Le temblaban tanto las manos que necesitó tres intentos para encenderlo.
* * *
Bajó dos escalones. Solo dos. Lo justo para que la luz pequeña y amarilla del mechero alcanzara a iluminar el tramo siguiente de la escalera, el que se perdía hacia la celda, hacia el calado, hacia todo lo que había dejado atrás con tanto alivio diez minutos antes.
Y entonces lo vio.
No fue una sombra que pudiera confundirse con otra cosa.
No fue un pliegue de la roca, ni un efecto de la llama, ni nada que su cabeza pudiera rellenar con una explicación razonable, porque esta vez no había ambigüedad ninguna que rellenar: en el escalón, a menos de cuatro metros de donde estaba él, había una huella.
Húmeda. De pie descalzo. Pequeña, más pequeña que la suya, marcada con una nitidez que solo se consigue cuando el pie que la deja acaba de pisar algo mojado, y esa huella no estaba sola.
Había una fila entera de ellas, subiendo escalón a escalón, deteniéndose justo donde Julián había estado sentado con los ojos cerrados.
Julián no gritó. No pudo. Todo el aire que tenía en los pulmones se le quedó atascado en algún punto entre el pecho y la garganta, y durante tres o cuatro segundos que le parecieron mucho más largos se quedó absolutamente inmóvil, mirando aquellas huellas como si mirarlas fuerte y fijamente pudiera hacer que dejaran de estar ahí.
No dejaron de estar ahí.
Y entonces, desde algún punto más abajo en la escalera, desde la oscuridad hacia la que esas huellas no llegaban a subir del todo, algo dijo su nombre.
No fue un grito. No fue un susurro tampoco, no del todo. Fue algo intermedio, una voz baja y rota, como si llevara mucho tiempo sin usarse y hubiera tenido que desempolvarse entera para formar esas tres sílabas.
—Julián.
Él nunca les había dicho su nombre a esas paredes.