3. Baja
TRES
Baja
Julián no se movió.
No porque hubiera decidido no moverse, sino porque el cuerpo, cuando de verdad tiene miedo, deja de consultar a quien lo habita. Se quedó ahí, agachado en la oscuridad total, con el móvil muerto apretado contra el pecho como si fuera un escudo, y escuchó.
La respiración seguía ahí. Lenta. Regular. Ni cerca del todo ni lejos del todo, ese punto impreciso en el que el oído, sin referencias visuales, es incapaz de decir si algo está a un metro o a diez.
Contó. No supo muy bien por qué, pero contar le pareció lo único que podía hacer con la cabeza aparte de gritar, y gritar no le pareció buena idea.
Contó las respiraciones. Una. Dos. Tres.
Iban al mismo ritmo que las suyas, más o menos, y en la cuarta o la quinta Julián empezó a sospechar algo que le dio, si cabía, más miedo que la propia respiración: que quizás lo que estaba oyendo era él mismo.
Su propio aire entrando y saliendo, devuelto por la piedra con ese retraso mínimo que el pánico convierte en otra voz.
Se lo repitió como se había repetido lo de la piedra en el derrumbe. «Es el eco. Es el eco de tu propia respiración, la sala tiene una forma rara, rebota, eso es todo.»
No terminó de creérselo. Pero fue suficiente para que las piernas volvieran a responderle.
* * *
Tardó un minuto largo en atreverse a moverse, y cuando lo hizo fue solo para sentarse en el suelo con la espalda pegada a la piedra —cualquier pared era mejor que ninguna pared, cualquier cosa detrás de él era mejor que la nada— y empezar a darle vueltas al móvil entre las manos, apretando el botón lateral una y otra vez con la estúpida esperanza de que la pantalla se encendiera solo por insistencia.
Nada.
Se acordó entonces del mechero. Lo llevaba en el bolsillo del vaquero desde que había dejado de fumar dos años atrás y no se había molestado en tirarlo, por la misma razón por la que la gente guarda las cosas que no usa: por si acaso.
Lo sacó con dedos que no acababan de obedecerle del todo y, al tercer intento, la piedra prendió y una llama pequeña, amarilla, temblorosa, le devolvió la sala.
Estaba solo.
Barrió el espacio con la llama —que apenas alumbraba medio metro a su alrededor, pero medio metro, en aquella oscuridad, era casi un lujo— y no vio a nadie. El jergón seguía en su sitio, la argolla, la mesa con los platos de barro. Nada se había movido. Nada, se dijo, tenía por qué haberse movido.
Sintió algo parecido al alivio. Duró poco.
* * *
Con la llama del mechero como única luz, Julián decidió que lo más sensato era terminar de examinar la sala antes de que se le acabara el gas, porque a diferencia del móvil, el mechero sí que tenía fecha de caducidad y esa fecha podía llegar en cualquier momento.
Fue entonces cuando encontró la segunda pared de marcas.
Estaba en el lado opuesto al de las rayas de los días, medio escondida detrás de lo que quedaba de un estante de piedra desmoronado, y a diferencia de la primera pared, esta no tenía columnas ordenadas.
Tenía dibujos. Docenas de ellos, superpuestos unos a otros, algunos tan borrados por la humedad que ya eran solo sombras dentro de otras sombras.
Figuras pequeñas, hechas con la misma mano torpe que Julián había visto arriba, en la base de aquel estante junto a la cuba: una silueta encerrada dentro de un círculo.
Otra vez, y otra, y otra, como si quien las dibujaba necesitara repetir la misma imagen una y otra vez para asegurarse de que seguía significando lo mismo.
Pero entre las siluetas había algo más. Palabras, o lo que quedaba de ellas, rascadas en la piedra con lo que fuera que aquella persona tuviese a mano —una piedra más dura, quizás, o un trozo de hueso, Julián prefirió no pensarlo—.
La mayoría eran ilegibles. Una, sin embargo, estaba más profunda que las demás, trazada con una fuerza que casi se podía sentir bajo las yemas de los dedos cuando la rozó sin querer.
Una sola palabra, repetida tres veces, una debajo de otra.
Baja.
Baja.
Baja.
Julián se apartó de la pared con la misma sensación que se tiene al tocar algo que sigue caliente cuando debería estar frío hace mucho tiempo.
Se dijo que era una instrucción sin más.
Un recordatorio para sí mismo, quizás, de alguien que llevaba tanto tiempo abajo que ya no se fiaba de recordar por qué.
O una palabra dirigida a otra persona, alguien que en algún momento había bajado a traerle los platos y a quien esa persona —¿un hombre?
, ¿una mujer?, no había forma de saberlo— le pedía, o le suplicaba, que bajara.
Y entonces, con el mechero todavía encendido y la mano todavía a un palmo de la pared, Julián tuvo un pensamiento que no reconoció como propio.
Fue rápido, nítido, y vino acompañado de una sensación física muy concreta: el peso de una cadena en la muñeca izquierda, un peso que no estaba ahí, que nunca había estado ahí, pero que por una fracción de segundo notó tan real como el mechero en la mano derecha.
El pensamiento decía, con una claridad que no era la suya: «No he sido yo quien la ha escrito.»
Julián soltó el mechero.
* * *
Se quedó a oscuras otra vez, agachado, buscando a tientas entre la grava con las manos, notando cómo el corazón le golpeaba en los oídos con tanta fuerza que por un momento no pudo distinguir si lo que oía era eso, solo eso, su propia sangre, o si la respiración de antes había vuelto.
Encontró el mechero al segundo intento. Lo encendió con manos que ya no fingía que no le temblaban.
—Vale —dijo en voz alta, y le sorprendió lo firme que sonó, teniendo en cuenta cómo se sentía por dentro—. Vale. Cansancio. Deshidratación. Un golpe en la cabeza que no recuerdo haberme dado pero que probablemente me he dado. Eso es todo lo que está pasando aquí.
Sonaba razonable dicho en voz alta. Sonaba a algo que un médico le diría con toda tranquilidad en un hospital, seis horas después, cuando todo aquello ya fuera una anécdota que contar en las cenas.
El cerebro, sometido a suficiente estrés, suficiente oscuridad y suficiente silencio, empieza a rellenar huecos.
Genera voces. Genera pesos en la muñeca que no existen.
Es lo que hace un cerebro cuando lo dejas solo demasiado tiempo con muy poca información y demasiado miedo.
Julián se repitió esa explicación como quien reza, y una parte de él —la parte que llevaba tres días firmando papeles y calculando si el dinero le llegaría hasta septiembre— la aceptó sin problema.
Otra parte, más pequeña, más antigua, no del todo suya, se quedó mirando la pared donde había estado la palabra Baja y no dijo nada. Simplemente esperó.
* * *
Con el mechero en una mano y el móvil muerto en el bolsillo, Julián empezó a buscar otra salida.
La sala no era un callejón sin salida del todo, y eso, por primera vez desde el derrumbe, le dio algo parecido a la esperanza.
En la pared opuesta al jergón, medio oculta detrás de un montón de piedra caída, había una abertura.
Más ancha que el calado por el que había llegado, lo bastante alta como para pasar agachado en vez de reptando, lo cual, después de veinte o treinta minutos a rastras por un tubo de roca, le pareció casi un regalo.
Antes de meterse por ella, se giró una última vez hacia la sala. La llama del mechero, pequeña y temblorosa, apenas alcanzaba a iluminar el jergón y la argolla vacía en la pared. Todo seguía exactamente como estaba.
Todo, salvo que Julián habría jurado —y se dijo enseguida que no, que no podía jurar nada de eso, que la luz de un mechero hace sombras raras y las sombras raras hacen que un trozo de manta podrida parezca, durante medio segundo, la forma encogida de alguien tumbado de lado— que el jergón, esta vez, no estaba exactamente igual que antes.
Que alguien, o algo, lo había ahuecado hacía muy poco. Como si acabaran de levantarse de él.
Julián no se quedó a comprobarlo. Se metió por la abertura y siguió adelante, con el mechero por delante y la respiración —la suya, se dijo, solo la suya— resonando otra vez, muy cerca, en la oscuridad que dejaba atrás.