2. El calado
DOS
El calado
Reptar por un agujero en la roca no es como lo enseñan en las películas.
En las películas el protagonista avanza a buen ritmo, con la linterna firme y la respiración controlada, y al cabo de un minuto de metraje ya ha llegado a alguna parte interesante.
En la vida real —si es que aquello, treinta metros bajo una casa que ya nadie quería, todavía podía llamarse vida real— avanzar significaba clavarse piedras en los codos, notar cómo la roca del techo te rozaba la nuca cada vez que levantabas la cabeza un centímetro de más, y parar cada pocos metros para escuchar si el crujido que acababas de oír era la casa asentándose otra vez o algo a punto de asentarse encima de ti.
Julián llevaba así, calculaba, unos veinte minutos. Podían haber sido cinco. Podían haber sido una hora. Ahí abajo el tiempo tenía la mala costumbre de estirarse como un chicle.
El móvil, empujado por delante, iba dejando un rastro de luz temblorosa sobre las paredes del calado.
De vez en cuando el pasadizo se ensanchaba lo justo para que pudiera ponerse de rodillas y sacudirse la grava de las manos, y en esos momentos Julián aprovechaba para gritar.
No porque pensara que alguien fuera a oírlo —sabía de sobra que no había nadie en kilómetros a la redonda, y menos un domingo de agosto—, sino porque el silencio de ahí abajo era de un tipo que necesitaba romperse de vez en cuando.
Un silencio espeso. Un silencio que escuchaba.
—¡Hola! —gritó, y la palabra le volvió deformada, aplastada por la piedra, como si la roca se hubiera quedado con la mitad y solo le devolviera las sobras.
Nadie contestó. Claro que nadie contestó.
Pero durante medio segundo, justo antes de que el eco se apagara del todo, a Julián le pareció que el silencio de después sonaba distinto al silencio de antes.
Más atento. Se dijo que era el cansancio.
El polvo. El frío metiéndosele en la cabeza igual que se le estaba metiendo en los huesos.
Siguió reptando.
* * *
El calado terminó sin avisar, como todo lo demás aquella tarde.
Un momento estaba avanzando a gatas entre dos paredes que casi le rozaban los hombros, y al siguiente el techo desapareció de golpe y sus manos, en vez de tierra, tocaron el borde de un escalón. Julián levantó la linterna del móvil y descubrió que estaba asomado a una sala.
No era grande. Cabrían, calculó, tres o cuatro coches. Pero después de veinte minutos —o cinco, o una hora— reptando por un tubo de piedra, aquello le pareció una catedral.
Bajó los tres escalones que llevaban hasta el suelo —piedra lisa, esta vez, no grava, alguien se había tomado la molestia de allanarla bien— y se quedó de pie por primera vez desde el derrumbe.
Le dolía la espalda de una forma que le hizo sospechar que al día siguiente, si es que había un día siguiente, no iba a poder ni atarse los zapatos.
Movió la linterna alrededor. Despacio. Con esa clase de calma que uno se obliga a fingir cuando en realidad lo que le apetece es dar media vuelta y salir corriendo, solo que no hay ningún sitio adonde correr.
Las paredes de la sala estaban excavadas en la roca, como el resto de aquel nivel, pero aquí alguien se había esmerado.
Los cantos estaban rematados, casi pulidos.
En el centro había una mesa de piedra, baja, del tamaño de una mesa de comedor pequeña, y sobre ella —Julián necesitó un segundo para que su cerebro aceptara lo que estaba viendo— unos platos.
De barro, viejísimos, apilados con un cuidado casi doméstico.
Como si alguien los hubiera dejado ahí esa misma mañana con intención de volver a por ellos.
Contra la pared del fondo había algo que al principio confundió con una cama estrecha, y que al acercarse resultó ser justamente eso: un jergón de paja podrida sobre un somier de tablas, con una manta tan deshecha por la humedad que se deshacía en jirones grises al tocarla.
Y encima de la piedra de la pared, justo sobre el jergón, a la altura en la que alguien tumbado habría tenido los ojos, había una argolla de hierro clavada en la roca.
Una cadena corta colgaba de la argolla. En el otro extremo, un grillete abierto.
Julián se quedó mirándolo un buen rato. El tipo de rato en el que la mente busca activamente otra explicación —una argolla para amarrar animales, quizás, un perro de guarda, cualquier cosa menos lo que era evidente que era— antes de rendirse y aceptar lo que tenía delante.
Alguien había vivido ahí. Alguien había vivido ahí encadenado, con una cama, con platos, con una manta que en algún momento fue una manta de verdad y no un guiñapo de hongos. Alguien a quien la familia de Julián había alimentado. Cuidado, casi. Y encerrado.
* * *
En la pared, a la izquierda del jergón, había marcas.
No eran arañazos desesperados, del tipo que uno se imagina en estas situaciones —líneas frenéticas, cortas, hechas con las uñas—.
Eran otra cosa. Rayas verticales, agrupadas de cinco en cinco, la cuarta siempre tachada en diagonal, ordenadas en columnas perfectamente rectas, como si a quien las hubiera hecho le importara mucho llevar la cuenta con precisión.
Como si contar fuera lo único que le quedara.
Julián acercó el móvil y empezó a contar columnas. Perdió la cuenta dos veces. La tercera vez se obligó a ir despacio, columna por columna, cinco rayas cada vez.
Más de mil ochocientas.
Se apartó de la pared como si quemara. Mil ochocientas y pico días son, hizo el cálculo sin querer hacerlo, casi cinco años.
Cinco años de días marcados uno por uno en una pared de piedra, bajo una casa, por alguien que llevaba una cadena al cuello o a la muñeca y que comía en platos de barro que alguien de arriba le bajaba.
«¿Quién eras?», pensó Julián, y le sorprendió lo mucho que le temblaba la pregunta, incluso solo pensada. «¿Y qué hicisteis con él cuando dejó de contar?»
Porque las rayas se acababan. En algún punto de la pared, sin ningún motivo visible, la última columna se quedaba a medias. Tres rayas. Ni una tachada en diagonal. Como si a quien las hacía se le hubiera olvidado seguir contando. O como si algo se lo hubiera impedido.
* * *
Fue entonces, con la linterna todavía apuntando a la pared de las rayas, cuando Julián oyó el ruido.
No fue un crujido de piedra. No fue una gota cayendo desde la bóveda, esas que llevaba oyendo toda la tarde con la regularidad de un metrónomo. Fue otra cosa, más corta, más seca. El tipo de ruido que hace un pie descalzo al apoyarse con cuidado sobre piedra. Solo uno. Un solo paso.
Vino de detrás de él.
Julián se dio la vuelta tan rápido que estuvo a punto de perder el equilibrio, barriendo la sala con la linterna del móvil, de pared a pared, de la mesa a los escalones por los que había bajado, del jergón podrido hasta el techo bajo.
No había nadie. Por supuesto que no había nadie.
Estaba solo en una sala de piedra a treinta metros bajo tierra, con el único acceso sellado por un derrumbe y el otro tapado por su propio cuerpo hacía apenas un minuto.
Se quedó quieto, conteniendo la respiración, con el corazón haciendo un ruido que le pareció escandalosamente alto en aquel silencio.
Nada.
«Ha sido una piedra», se dijo. «Algo se ha movido en el derrumbe. El eco. Los nervios. Llevas ahí abajo tres horas sin comer y sin beber, claro que empiezas a oír cosas.»
Se lo dijo dos veces más, por si acaso con la repetición se volvía más verdad.
Y entonces la linterna del móvil, que llevaba toda la tarde aguantando contra todo pronóstico, parpadeó una vez. Y se apagó.
La oscuridad que cayó sobre Julián no era la oscuridad de una habitación sin luz.
Era otra clase de oscuridad, la de los sitios que nunca han visto el sol, tan completa y tan densa que durante un segundo tuvo la sensación física de que algo le tapaba los ojos con la mano.
Se quedó paralizado, con el móvil muerto todavía apretado entre los dedos, escuchando el silencio de la sala.
Y en ese silencio, muy despacio, muy cerca, oyó cómo alguien —o algo— respiraba.