La casa de las cubas 1. La herencia
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La casa de las cubas

La casa de las cubas

Por Augusto Priego

© inepub.com

1. La herencia

UNO

La herencia

El notario tenía una costumbre rara: se quitaba las gafas justo antes de decir algo feo. Como si las gafas fueran las que veían la mala noticia y él prefiriera no tenerlas puestas cuando la soltara.

Se las quitó cuando llegó a la última página.

—Hay un problemilla con los cimientos —dijo. Y dejó las gafas sobre la carpeta, muy despacio, como si con ese gesto ya hubiera arreglado algo—. Nada grave. Pero antes de sacarlo a la venta, el registro pide una inspección del subsuelo. El patio principal se ha hundido un poco.

«Un problemilla.» Julián ya había aprendido, en tres días de papeleo, que cuando alguien con corbata te dice «un problemilla» es que el problema tiene nombre y apellidos y va a salir caro.

Asintió de todos modos. Llevaba tres días firmando cosas que convertían la muerte de un tío abuelo al que apenas conocía en un montón de números: hectáreas, linderos, una casa que el propio informe describía, con esa frialdad tan de informe, como «en estado de semirruina, sin valor estructural aprovechable».

Traducido: la casa no valía nada. Lo que valía era la tierra.

Y la tierra valía más rápido cuanto antes se librara alguien de la casa.

Julián necesitaba ese dinero rápido. Tenía un piso de alquiler en Madrid, unas deudas que preferiría no repasar en voz alta y un banco que empezaba a hacerle preguntas incómodas.

—¿Y los linderos? —preguntó, porque parecía lo que tocaba preguntar.

—Ahí está el otro problemilla. —El notario volvió a ponerse las gafas.

Esta vez para leer, no para hablar, lo cual ya de por sí decía algo—.

Las escrituras originales no están en el registro.

Están donde se guardaban antiguamente: en el despacho de contabilidad de la bodega.

Cosas de otra época. Antes la gente no se fiaba de guardar los papeles importantes fuera de su propia casa.

Levantó la vista.

—Va a tener que bajar usted mismo, me temo. No hay forma de evitarlo.

Lo dijo con un cuidado raro. Con la misma voz que usaría alguien para no espantar a un perro nervioso. Julián no le preguntó por qué. Ya se enteraría solo, y de sobra.

*   *   *

La casa parecía tener la boca cerrada.

Fue lo primero que pensó Julián, cuando la pista de tierra dejó de aparecer en el mapa del móvil y tuvo que seguir a ojo los últimos dos kilómetros.

La fachada de piedra estaba oscurecida por largas vetas de humedad que bajaban desde el tejado, como si el edificio llevara treinta años llorando hacia dentro.

Las contraventanas de arriba colgaban torcidas.

La hiedra se había comido ya toda la esquina de la izquierda, con la paciencia de algo que sabe que no tiene ninguna prisa.

Nadie vivía allí desde que Julián era niño.

Su tío abuelo se había ido al pueblo hacía treinta y tantos años, dejó un casero a cargo, y el casero, en algún momento que nadie se molestó en fechar, se murió y ya está.

La familia hablaba de la casa como se habla de un pariente que hizo algo vergonzoso hace mucho tiempo: en voz baja, y solo cuando no quedaba más remedio.

Cruzó el patio principal. El empedrado se hundía un poco en el centro —eso que le había dicho el notario—, tan poco que de no ser porque el charco de la última lluvia se había quedado ahí, quieto, formando un óvalo perfecto, ni se habría dado cuenta. Un ojo de agua sucia, mirando hacia arriba.

No le dio más vueltas. Total, para eso estaba allí.

Tardó casi una hora en encontrar la entrada a la bodega.

Al final estaba donde tienen que estar estas cosas en las casas viejas: al fondo del pasillo, detrás de lo que debió de ser una despensa y que ahora era cuatro estantes vacíos y una alfombra de cagarrutas de ratón.

Un arco de piedra bajo, medio tapiado con una obra tan chapucera que parecía hecha deprisa. O con miedo.

La puerta de detrás era de roble ennegrecido, con clavos gordos de cabeza cuadrada que el óxido había vuelto costras marrones. Sin cerradura. Solo una barra de hierro que Julián levantó sin apenas esfuerzo, porque el hierro que la sujetaba llevaba décadas rindiéndose poco a poco.

Empujó con el hombro. Nada.

Empujó otra vez, más fuerte, y algo cedió en lo más hondo del edificio: un quejido metálico, largo, que no sonó como si viniera de la puerta, sino de mucho más abajo, como si hubiera tenido que subir por un pozo antes de llegar hasta él.

La puerta se abrió hacia dentro con la lentitud exacta de algo que lleva mucho tiempo esperando que alguien por fin insista.

El calor de la tarde se quedó fuera. En el umbral, como si tuviera prohibido pasar.

Eso Julián no lo esperaba. El frío lo golpeó de golpe, seco, sin corrientes de aire, el frío estable de un sitio que lleva siglos manteniendo la misma temperatura sin que le importe una mierda lo que haga el sol ahí fuera.

Trece o catorce grados, calculó, y menudo alivio en pleno agosto, si no fuera porque le puso la piel de gallina de otra manera, de una que no tenía nada que ver con la temperatura.

Olía a roble mojado. A vino que se convirtió en vinagre hace tanto que ya ni siquiera es vinagre, solo el recuerdo químico de haberlo sido. Y por debajo de eso, muy flojito, algo dulzón y orgánico que Julián decidió no pensar demasiado en qué podía ser.

Encendió la linterna del móvil y bajó.

*   *   *

La nave principal se abría delante de él como el interior de un animal muy grande y muy muerto.

Filas de toneles a los dos lados, algunos de más de dos metros, con la madera agrietada de tanto secarse y volver a mojarse durante décadas.

Las abrazaderas de hierro que en su día las apretaban ahora eran costras de óxido que se caían solas al rozarlas, soltando un polvo rojizo que brillaba un segundo en la luz de la linterna antes de posarse en el suelo.

El haz de luz no llegaba al fondo de la nave.

Y Julián prefirió no pensar en cuántos metros de oscuridad había ahí delante.

No pisaba losa, sino tierra apisonada y grava, y bajo sus pies, medio hundidos, corrían dos raíles oxidados —de vía estrecha, del ancho justo para una vagoneta pequeña— que se metían hacia el fondo y desaparecían en la oscuridad como dos líneas que alguien hubiera dejado de dibujar a media frase.

Sobre su cabeza, la bóveda de piedra —cada bloque puesto a mano por alguien que llevaba dos siglos criando malvas— soltaba gotas de condensación con un ritmo tan regular que, pasado un minuto, Julián dejó de oírlo como sonido y empezó a oírlo como el tictac de un reloj.

Tap. Tap. Tap. Sobre la madera podrida de las cubas más cercanas a la entrada.

Caminó entre las filas buscando algo que se pareciera a un despacho. El notario había dicho «al fondo». Que es lo que dice siempre la gente que nunca ha estado en un sitio.

A la altura de la sexta o séptima cuba, la linterna le enseñó algo tallado en la base de piedra de un estante.

Unas iniciales muy viejas, gastadas casi hasta desaparecer.

Debajo, una fecha que no consiguió terminar de leer.

Y debajo de la fecha, algo que tardó un segundo en entender que era un dibujo y no una grieta más de la piedra: una figurita, cuatro rayas apenas, metida dentro de lo que podía ser un círculo. O una puerta.

Julián no se paró a mirarlo más de lo que se para un hombre cansado delante de algo que no tiene ninguna prisa por que lo entiendas. Siguió andando.

Al fondo de la nave, donde la piedra bien cortada daba paso a roca excavada a golpe de pico, se abrían hornacinas y galerías estrechas hacia los lados.

En una creyó ver botellas sin etiqueta, apiladas, cubiertas de un polvo tan grueso que parecían fósiles.

En otra, algo que podía ser un armario o podía ser una puertecita, muy pequeña, del tamaño justo para que pasara una persona agachada. Cerrada.

El despacho de contabilidad tenía que estar cerca. Julián apretó el paso. Le quedaba poca batería y menos ganas de quedarse ahí abajo más tiempo del necesario.

*   *   *

El crujido no sonó como él esperaba que sonara la madera al romperse.

Sonó como un suspiro.

Pasaba justo entonces junto a la cuba más grande de todas, un cilindro de roble de más de dos metros de ancho cuyo soporte —dos vigas de madera clavadas a la pared de piedra— llevaba décadas rindiéndose, milímetro a milímetro, sin que nadie estuviera ahí para verlo.

La humedad se lo había currado con toda la paciencia del mundo.

Julián no llegó a ver el momento exacto en que la viga se partió.

Solo notó que el aire se movía un instante antes de oír nada, como una bofetada de presión que le puso el vello de la nuca de punta justo antes de que llegara el sonido.

La cuba no cayó limpia. Se venció hacia un lado con una lentitud horrible, como un animal grande muriéndose de pie, y al caer se llevó por delante el estante de piedra en el que se apoyaba y un buen trozo del muro de detrás.

El golpe no fue un golpe: fueron varios, uno detrás de otro, cada vez más cerca, y luego una nube de polvo de piedra y esporas de moho viejo que se tragó la luz de la linterna entera.

Julián corrió hacia atrás sin pensar, tosiendo, con los ojos cerrados contra el polvo.

Cuando pudo volver a abrirlos y apuntar la linterna hacia donde había estado el pasillo de vuelta a las escaleras, ya no había pasillo.

Había una montaña de roble roto, mampostería y piedra suelta que le llegaba casi hasta la bóveda, y de la que todavía caían cascotes sueltos, como si el derrumbe no acabara de decidir si ya había terminado.

—No, no, no, no —dijo en voz alta, y le sorprendió lo pequeña que sonaba su propia voz ahí abajo. Como si la bóveda se la tragara antes de que le diera tiempo a terminar la palabra.

Retrocedió hacia el fondo, buscando otra salida, cualquier cosa, y entonces notó que el suelo ya no era el mismo suelo.

La sacudida del derrumbe había recorrido la tierra apisonada como una onda, y bajo sus pies la grava ya no sonaba firme.

Sonaba a hueco. Dio un paso más hacia una de las galerías, y el suelo cedió sin avisar, sin grieta ni nada que lo anunciara, como si llevara toda la tarde esperando exactamente ese peso en exactamente ese sitio.

Cayó.

No fue mucho —después, tirado boca arriba y respirando polvo, calcularía que no serían ni tres metros—, pero el golpe le sacó todo el aire de los pulmones, y durante un buen rato lo único que pudo hacer, tumbado a oscuras con el móvil perdido en algún sitio entre la grava, fue quedarse quieto y escuchar cómo el polvo terminaba de posarse encima de él.

*   *   *

Cuando por fin encontró el móvil —pantalla rota, linterna todavía encendida, un pequeño milagro que en ese momento le pareció casi de mal gusto, como si el aparato se estuviera riendo de él por seguir funcionando—, Julián entendió por fin dónde estaba metido.

Arriba, muy arriba, entre grietas de piedra y madera astillada, se adivinaba el agujero por el que había caído, ya medio tapado por el polvo que seguía cayendo en un hilillo fino y constante, como la arena de un reloj que alguien hubiera puesto a funcionar sin preguntarle.

No había manera de trepar hasta ahí. La pared era roca viva, mojada, sin un solo saliente.

A su alrededor no había una sala. Había un pasillo —un calado, se llamaban esas cosas, se acordó vagamente de un documental sobre bodegas antiguas, canales excavados en la roca para que corriera el aire y se mantuviera la temperatura— tan estrecho que si abría los brazos tocaba las dos paredes a la vez.

El techo, apenas medio metro por encima de su cabeza cuando se puso a gatas, no era piedra en algunos tramos, sino madera: la base de las cubas de la nave de arriba, vistas desde abajo, como si estuviera tumbado bajo la barriga de una fila de animales dormidos que en cualquier momento podían decidir que ya iba siendo hora de moverse.

Solo había una dirección posible. Detrás, el derrumbe había sellado el paso tan bien como si llevara ahí cien años. Delante, el calado se estrechaba todavía más, lo justo para que un hombre pasara reptando, empujando el móvil por delante como si fuera la lámpara de un minero.

Julián respiró hondo el aire frío y quieto de ahí abajo. Y entonces notó algo raro: no olía exactamente igual que en la nave de arriba. Había otra cosa mezclada en el frío. Algo que no era vino, ni piedra, ni humedad.

Algo mucho más cerca.

Empezó a avanzar de todas formas. Porque, la verdad, ¿qué otra cosa iba a hacer?