La casa de las bugambilias Capítulo 20
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Capítulo 20

Del cuaderno de Rosario Ríos, última página: «Para la noche de las ofrendas, la cena completa.

Mole negro, arroz rojo, calabaza en tacha, pan de muerto, agua, sal y el lugar de siempre puesto con su flor.

Esto no se cocina para los que están. Esto se cocina para que el que falta se siente por fin a la mesa.

Y si algún día lo cocina otra —porque yo ya no pueda—, que sepa esto: no tenga miedo de la puerta.

Detrás no hay un monstruo. Hay un muchacho esperando que lo llamen por su nombre para poder irse. »

El primero de noviembre amanece en Villa Esperanza con el cielo del color de las cenizas buenas y el camposanto florecido como si la tierra misma hubiera decidido celebrar.

En mi cocina, a las seis de la mañana, ya estábamos las tres: mi madre con el mandil de la abuela —se lo puso sin decir nada y nadie dijo nada, y eso fue una ceremonia entera—, doña Carmen dirigiendo el tráfico de ollas como un general con delantal, y yo, al frente del comal, tostando los últimos chiles de uno en uno, sin prisa y sin miedo, porque la receta final de Rosario Ríos no admite ni la prisa de los vivos ni el miedo de las herederas.

Cocinamos el mole negro completo, oscuro como una confesión bien hecha.

El arroz rojo. La calabaza en tacha brillando en su piloncillo.

El pan de muerto de la víspera, con sus huesitos cruzados.

A media mañana empezaron a llegar las vecinas con sus propios platos —«para la mesa, mijita, que una cena así no se le niega a ningún muerto»— y para el mediodía la casa de la bugambilia olía tan poderosamente a fiesta que la gente se detenía en la calle a respirar, como se detiene uno frente a una iglesia abierta.

Adrián trajo la maleta de Elena y la puso junto al altar, abierta.

Dentro, doblada con un cuidado de cuarenta años, estaba la ropa de un muchacho de veinticinco: la camisa buena, la libreta de dibujos, y envuelto en papel de seda, pequeño y paciente como una semilla, el anillo que Aurelio Fuentes compró para Rosario Ríos y nunca pudo darle.

Mi madre lo tomó entre los dedos y lloró en silencio, como lloramos todas, y lo colocó ella misma en el altar, en el nivel más alto, frente al marco vacío.

A las cinco de la tarde llegó el licenciado Robles de la capital, con su traje, su grabadora y su cara de hombre que esperaba un trámite y se estaba encontrando con otra cosa.

A las seis llegó el padre Ignacio, de sotana y estola morada, con una botella de agua bendita y la expresión de quien lleva cincuenta y ocho años esperando una cita.

Y a las siete en punto —la hora que yo había anunciado en la panadería, la hora que el pueblo entero ya sabía de memoria— la casa estaba llena y la calle estaba llena, y el silencio, cuando saqué el cuaderno de detrás de la Virgen de doña Carmen, fue tan completo que se oyó el chisporroteo de las veladoras.

Leí la última página en voz alta. La voz me tembló dos veces; las dos veces mi madre, a mi lado, me sostuvo con la mirada la frase hasta terminarla.

Cuando llegué a lo de «hay un muchacho esperando que lo llamen por su nombre», oí el sollozo de doña Carmen y el de una mujer que ni siquiera conocía, y entendí que ese pueblo había cargado el secreto como se carga a los muertos a la iglesia: entre todos, sin quejarse, durante demasiado tiempo.

—Aurelio Fuentes —dije entonces, levantando la vista del cuaderno, y dije su nombre completo como se nombra a los que por fin vuelven a existir—: esta cena es tuya.

Esta mesa es tuya. Este lugar —señalé el sitio puesto en la cabecera, con su plato, su vaso de agua, su sal y su flor— lleva cincuenta y ocho años guardado.

Ya nadie te va a decir ladrón en esta casa. Ya nadie te va a decir que huiste.

Saqué la llave de hierro del bolsillo de mi delantal.

La puerta del cuarto sellado está al fondo del pasillo, donde la casa se va quedando sin luz.

Caminamos todos sin hablar: mi madre de mi brazo, Adrián con el farol, el padre Ignacio rezando tan bajo que era más respiración que rezo, doña Carmen con su Virgen pequeña contra el pecho, el licenciado con la grabadora encendida y los ojos como platos.

Detrás, en el comedor, la cena humeaba sobre la mesa con el lugar de Aurelio puesto, y el pueblo, en la calle y en el portón, contenía el aire.

La cerradura no se había movido desde 1994, cuando unas manos de veintidós años la cerraron con un juramento. Mi madre se adelantó medio paso.

—Yo la cerré —dijo, en voz baja—. Déjame ayudarte a abrirla.

Pusimos las dos manos sobre la llave de hierro, la de ella sobre la mía, como cuando amasábamos. La llave giró al segundo intento, con un sonido grave, subterráneo, de cosa que despierta.

Y empujamos la puerta de la casa de las bugambilias.