Capítulo 21
Del cuaderno de Rosario Ríos no hay fragmento para este capítulo.
En su lugar, pegada con cinta amarillenta a la última página, una nota de la abuela con su letra de los años malos: «Cuando entres, entra despacio.
Él lleva mucho tiempo a oscuras. Primero la luz, después mi nombre, después el suyo.
Y no toques nada con las manos desnudas del miedo: él no hizo nada. Nunca hizo nada.»
Lo primero que salió del cuarto no fue un olor a muerte. Fue un olor a pintura vieja, a aceite de linaza dormido durante décadas, a papel y a tierra seca. Y después, cuando Adrián levantó el farol, lo segundo que vimos fue la luz de la bugambilia.
Porque la enredadera estaba allí. Había entrado quién sabe en qué año por una junta de los adobes, había crecido en la oscuridad absoluta, ciega, terca, guiándose por el calor de la casa como las raíces se guían por el agua, y cubría una esquina entera del cuarto con sus ramas desnudas y, en la punta de una de ellas —imposible, herética, puntualmente en noviembre—, una sola flor abierta.
Adrián lo descolgó con las dos manos y lo desvolvimos entre los dos, en el suelo, sobre la colcha de la cama.
Era Rosario. Rosario a los veintidós años, riendo con un vestido amarillo y una bugambilia en el pelo, en una luz de las cuatro de la tarde que Aurelio Fuentes había inventado de memoria, porque nadie pinta así lo que no ama hasta el hueso.
Al reverso, la frase que mi madre me había repetido sin saber que la repetía: «Rosario, la mañana de su cumpleaños. Para cuando el mundo nos deje.»
Mi madre se llevó las manos a la boca. El padre Ignacio, desde la puerta, hizo la señal de la cruz despacio, y no sé si era por el cuadro, por el cuarto o por la flor abierta en la oscuridad.
—Ahora la pared —dije, y mi voz sonó como si viniera de otra parte de la casa.
La pared falsa era la del fondo, detrás de la repisa de los pigmentos: noventa centímetros de mentira medida con cinta métrica.
Adrián había traído sus herramientas y trabajó como trabajan los restauradores y los que desarman bombas: sin golpes innecesarios, adobe a adobe, piedra a piedra, con las manos.
El licenciado grababa. El padre Ignacio rezaba ya en voz alta, en latín y en español mezclados, como se reza en los partos y en los derrumbes.
Mi madre me tenía agarrada de la cintura y no me soltó ni un segundo.
Los adobes fueron saliendo como dientes viejos. Detrás apareció primero el lienzo enrollado. Después la caja de pinturas, con los tubos secos en fila. Después —cuando Adrián se detuvo, se quitó el sombrero y dijo, con la voz que se usa en los hospitales, «Valeria, respira»— apareció la manta.
Ernesto Ríos, el hombre de bien, el general de las felicitaciones, había envuelto a Aurelio Fuentes en una manta de lana, con las manos cruzadas sobre el pecho, como se acuesta a los niños y a los santos.
Y con él, dentro de ese nicho de noventa centímetros, había dejado las cartas que Rosario le escribía y que nunca llegaron a salir de esa casa, su anillo no —el anillo estaba en la maleta—, y un cuaderno de dibujos abierto por la última página: el patio de esta casa, la mesa puesta, una mujer sirviendo, vista desde la puerta de la cocina.
El dibujo de la noche de bodas. El que deslizó por debajo de la puerta. No me fui. Pregunta.
Estaba ahí dentro desde que el mundo era otro.
Había estado ahí dentro en cada Navidad, en cada cumpleaños, en cada aniversario de arroz con leche revuelto hacia el mismo lado.
A tres metros de la mesa donde yo desayunaba.
A tres metros de la cama donde mi abuela dormía con el asesino.
Esa es la frase que no puedo evitar, y tampoco quiero: mi abuela durmió cincuenta y ocho años a tres metros de su amor enterrado en su propia casa, poniendo cada primero de noviembre un lugar en la mesa, revolviendo el arroz hacia el mismo lado, callando con todo el cuerpo.
No grité. Las mujeres de mi familia no gritamos.
Me arrodillé frente al nicho y dije su nombre completo, como me había ordenado la nota de la abuela: primero la luz, después su nombre.
—Aurelio Fuentes. Ya saliste. Ya te vimos. Ya nadie va a decir que huiste.
Y el padre Ignacio, a mi espalda, con la voz rota de los viejos que entierran dos veces a la misma generación, comenzó el responso que llevaba guardado desde antes de que yo naciera.
Afuera, en la calle, el pueblo entero hacía silencio.
Y en el comedor, sobre la mesa servida, el lugar de Aurelio seguía esperando, con su vaso de agua y su flor —y juro por la memoria de mi abuela que cuando volví a pasar por la cocina, entrada la noche, la bugambilia del patio había dejado caer sus flores sobre todos los escalones, como si la casa, por fin, pudiera respirar.