La casa de las bugambilias Capítulo 19
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Capítulo 19

Del cuaderno de Rosario Ríos: «Chocolate de agua para las visitas de medianoche.

Se bate hasta que espume, porque el chocolate, como ciertas visitas, solo se aguanta si está bien batido.

Al que llegue de noche sin ser llamado, sírvele poco y escúchalo mucho: de noche la gente confiesa sin darse cuenta. »

Marco entró a mi casa la noche del treinta y uno de octubre como entra un inspector a una obra clausurada: sin saludar a la bugambilia, sin persignarse ante el altar, con el sobre manila de las malas noticias bajo el brazo y la sonrisa por fin guardada donde guarda uno las cosas que ya no sirven.

—Señora Lucía —dijo, inclinando la cabeza ante mi madre con una cortesía de hielo—. Qué sorpresa. La familia reunida. Falta nada más que… —miró el altar, los tres niveles, el marco vacío en lo alto— …que el invitado de honor.

—No te preocupes por él, Marco —dijo mi madre, y su voz tenía treinta y dos años de práctica en no temblar—. Él sí va a llegar.

Cenó poco. Habló menos. Los hombres administradores se incomodan en las mesas donde no pueden administrar nada, y esa mesa —con su pan de muerto, sus veladoras y sus muertos acomodados en fila— no le pertenecía.

A las diez, cuando doña Carmen se retiró a su casa con la promesa de volver al amanecer «con todo el barrio», y mi madre subió a descansar tras un día de resurrecciones, Marco y yo quedamos solos en el comedor, con el chocolate enfriándose, como todos los cafés y chocolates de esta historia que esperan a la persona equivocada.

—Valeria. —Abrió el sobre y dejó sobre el mantel blanco los papeles, en fila, como un jugador que por fin muestra su mano: el contrato, la impugnación rechazada «en revisión», una copia del oficio de demolición—.

Te voy a hacer un regalo esta noche: te voy a hablar sin la sonrisa.

Mi abuelo fue el abogado que arregló lo de esta casa en el sesenta y ocho.

Mi familia ha sabido siempre que en ese cuarto hay algo que no puede salir, porque si sale, el apellido Sanz deja de ser el apellido Sanz en tres generaciones de escándalo.

La compra no es un negocio, amor. El hotel es la lápida perfecta: nadie pregunta qué hay debajo de un estacionamiento.

—Lo sé —dije.

Parpadeó. Era la primera vez en la noche que algo no salía según su administración.

—¿Lo sabes? ¿Sabes también que el lunes a las seis de la mañana hay una máquina contratada, y que tu papelito de impugnación tarda meses en resolverse?

El muro cae el lunes, con orden o con «error administrativo», y lo que haya dentro amanece hecho escombro en un relleno sanitario.

Así se ha hecho siempre en este país, Vale: primero se entierra, después se averigua.

—Se inclinó sobre la mesa, entre las veladoras, y su cara, a la luz de las llamas, era la cara real, la que nunca me había enseñado—.

Te quedan dos puertas, y una soy yo. Puerta uno: firmas mañana, nos casamos en marzo, eres la señora Sanz, dueña de la mitad de un hotel, y tu abuelita y su pintor descansan en paz debajo del valet parking sin que nadie se entere jamás.

Puerta dos: sigues con tu teatro de mañana en la noche, y yo mismo te ayudo a abrir la puerta…

con un diagnóstico. La doctora Miranda ya tiene medio informe escrito, amor.

«Episodio psicótico con ideas delirantes de contenido familiar».

Tu madre es el antecedente perfecto: treinta años de lo mismo.

¿Quién le va a creer a la nieta loca que oye recetas?

El pueblo entero te va a mirar como la miraron a ella.

Me levanté despacio. Me temblaban las manos, así que las puse sobre la mesa, a la vista, porque en esta casa aprendí que el miedo no se esconde: se sirve.

—Hay una tercera puerta, Marco. La de ese cuarto.

Y se abre mañana, a las siete de la noche, con el padre Ignacio, con mi madre, con el licenciado, con el pueblo en la calle y con la cena de la ofrenda servida completa, como manda la receta.

Si tu máquina quiere llegar el lunes, va a tener que pasar por encima de la verdad ya dicha, y eso —créeme, porque yo sí sé de pesos— pesa más que tu apellido.

No respondió enseguida. Se acabó mi chocolate, frío, de un trago, como un hombre que se bebe la prueba de su derrota, y en ese momento llamaron al portón.

No a la puerta: al portón, con tres golpes secos.

Adrián, con la maleta de Elena bajo el brazo, envuelta en su paño de lino, puntualmente imposible, como todo lo verdadero en esta historia.

Marco se levantó, se alisó la camisa, y en la puerta del comedor, antes de irse a dormir a la posada del pueblo «para no estorbar en la fiesta de los difuntos», dejó caer su última frase con la suavidad de siempre, ya sin disfraz:

—Disfruta tu cena, Vale. Sirve bien ese lugar vacío. Porque el lunes, cuando caiga el muro, a lo mejor descubres que lleva sesenta años vacío —sonrió, solo con la boca— …y que la loca siempre fuiste tú.

La puerta se cerró. La casa respiró. Mi madre bajó las escaleras en camisón, descalza, y sin decir palabra me abrazó en medio del comedor, entre el altar y la mesa, y las dos olíamos a azahar y a chocolate frío.

Adrián dejó la maleta de Elena junto al altar y se quitó el sombrero ante las fotografías, como se hace en las casas decentes y en las iglesias.

A lo lejos, las campanas de la parroquia empezaron a doblar por las ánimas. Medianoche. Primero de noviembre.

Saqué la llave de hierro del bolsillo de mi delantal y la puse sobre la mesa, junto al pan de muerto.

Mañana a las siete de la noche abriría esa puerta con la cena servida y el pueblo mirando.

Pero esa noche, mientras todos dormían, la casa y yo íbamos a hacer una cosa más, una sola, que no le debía a ningún testigo:

Cocinar el mole. El de la última página. El de la noche en que él no volvió. Para que cuando la puerta se abriera, el olor que saliera a recibirnos fuera, por una vez en sesenta años, el olor correcto: no el de la cal y el encierro, sino el de la cena que le debían.