Capítulo 18
Del cuaderno de Rosario Ríos: «Pan de muerto de la casa. Se amasa con agua de azahar y se le hacen sus huesitos cruzados, porque hasta el pan de esta familia tiene los brazos puestos sobre el pecho. Se hornea la víspera. El día de los difuntos no se hornea: el día de los difuntos se recibe.»
Mi madre llegó a Villa Esperanza en el autobús de las cuatro de la tarde del treinta de octubre, con una maleta pequeña, el pelo recogido como en las fotos de antes de mi nacimiento, y treinta y dos años de ausencia caminándole al lado como un segundo equipaje.
No me avisó. Doña Carmen la vio bajar en la esquina y cruzó el pueblo entero a pie para llegar a la casa antes que ella, con el delantal todavía puesto, a decirme entre jadeos que «la Lucía, mijita, la Lucía viene por la calle con una maleta», como si anunciara un cometa o un ejército.
Y luego se quedó en el portón, sin entrar, porque hay escenas que ni doña Carmen se atreve a presenciar sin invitación.
Mi madre se detuvo a tres pasos del portón. La bugambilia, insolente, gloriosa, estaba más florida que nunca, y ella la miró como se mira a una persona que nos debe explicaciones.
—Sigue viva —dijo.
—Se niega en redondo, mamá. Pasa.
Entró despacio, tocando el marco de la puerta de la cocina con la punta de los dedos, como se tocan las cosas que nos pueden morder.
Recorrió la casa en silencio: la mesa, el altar de las fotografías, el retrato de Ernesto.
En el pasillo de arriba se detuvo frente al cuarto sellado y se quedó mirando la puerta el tiempo exacto de una vida: no se acercó, no la tocó, no lloró.
—Huele igual —dijo al fin—. A canela y a encierro.
Yo soñaba este olor en la capital, ¿sabes?
Me despertaba a las tres de la mañana oliendo canela en un departamento donde nadie cocinaba, y tu padre…
y la gente decía que estaba enferma. Nadie entendía que no era enfermedad.
Era esta casa, llamándome por el único idioma que conoce.
Esa noche cocinamos juntas el pan de muerto.
Primero fue raro, como debe ser: dos mujeres adultas que se conocían de memoria y se trataban de usted en los gestos, chocando codos en una cocina que solo tenía práctica con una de nosotras.
Pero el amasado es un idioma más viejo que las ofensas, y antes de la segunda tanda ya estábamos en lo de siempre: ella criticando mi punto de sal, yo defendiendo mi masa, las dos haciendo los huesitos del pan con la yema de los dedos a la misma velocidad, porque hay cosas que se heredan sin preguntar, como el sazón y como las guerras.
—¿Por qué no me dijiste nunca la verdad, mamá? —pregunté, sin dejar de amasar, porque las preguntas importantes en esta familia solo se pueden hacer con las manos ocupadas.
—Porque el día que abrí esa puerta, tu abuela me hizo jurar que te lo iba a ahorrar.
Y porque yo misma, Valeria… yo vi ese cuarto y salí corriendo, y me pasé treinta y dos años corriendo, y una parte de mí te odiaba un poco, perdóname, porque tú sí te ibas a atrever.
—Me miró con los ojos llenos y las manos llenas de harina—.
Volví hoy porque anteanoche soñé con ella.
Soñé que tu abuela ponía la mesa, en esta cocina, y me decía: «Ya deja de correr, Lucía. Esta vez te toca servir.»
El treinta y uno amaneció con el pueblo entero en pie de fiesta: la cofradía barriendo la calle, los niños costeando papel picado, el camposanto estrenando flores como un jardín que despierta.
En mi comedor levantamos el altar entre mi madre, doña Carmen y yo: tres niveles, como manda la costumbre, con el mantel blanco de la abuela, sus fotografías, las veladoras en fila como soldados de luz.
Mi madre colocó la foto de Rosario en el centro, con sus propias manos, sin temblar, y eso fue su manera de volver.
Yo puse la foto de Elena, que Adrián trajo junto con la maleta prometida, y a su lado —tras una duda que me duró un latido— puse también la foto de Ernesto, serio, de traje oscuro, porque mi abuela le había pedido al padre Ignacio que rezaran «por los dos», y porque los muertos no se enjuician en el altar: se enjuician en la historia.
Y dejé un marco vacío, de madera oscura, en el nivel más alto. Para Aurelio. Para el retrato que esperaba detrás de una pared.
—Mañana —dijo mi madre, mirando el marco vacío— ese hueco se llena o esta familia se rompe para siempre. No hay término medio.
A las ocho de la noche, con el pan enfriándose en la mesa y las veladoras ya encendidas, se oyeron en la calle los neumáticos de un coche que no conocía el polvo.
No tuve que asomarme. Mi madre me tomó la mano sobre el mantel, y doña Carmen, desde la cocina, anunció con la voz de quien ve entrar la tormenta por la puerta principal:
—Llegó el señor Sanz, mijita. Y no trae cara de venir a cenar.