La casa de las bugambilias Capítulo 17
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Capítulo 17

Del cuaderno de Rosario Ríos: «Pasta de mole para guardar. Los chiles se tuestan de uno en uno, sin prisa y sin miedo: el que se quema, amarga; el que queda crudo, engaña. Todo lo que una esconde en la cocina, al final se le nota en la salsa.»

El veintinueve de octubre empecé a ensayar la cena de la ofrenda, porque un menú para los muertos no se improvisa, y porque había una cosa que no me dejaba dormir desde que encontré la llave: si el cuaderno era una declaración, me faltaba la declaración principal.

Cómo murió Aurelio Fuentes. Mi abuela lo sabía —toda la casa lo sabía— y yo necesitaba que me lo dijera en su idioma: cocinando.

Empecé por la pasta de mole, la base, la receta de tostar chiles de uno en uno sobre el comal de barro.

Trabajé de pie tres horas, con las manos ennegrecidas de chile y el humo subiéndome por la garganta, y cuando la pasta quedó oscura y brillante como una piedra de río, me lavé las manos, me senté a la mesa de la cocina —a esa mesa donde cincuenta y ocho años de mujeres de mi familia habían puesto platos para hombres equivocados— y me quedé dormida con la cabeza sobre los brazos, sin decidirlo, como se cae en los pozos.

Soñé el primero de noviembre de mil novecientos sesenta y ocho. Y esta vez no soñé de lejos. Esta vez fui ella desde adentro.

La procesión había salido a las siete hacia el camposanto, con la banda, los cirios y el retrato de la Virgen de los Dolores cargado entre cuatro hombres.

Villa Esperanza entera olía a copal y a flor de muerto.

Rosario —yo— me quedé en la casa «porque me dolía la cabeza», y a las once en punto, con el corazón golpeándome las costillas como un puño en una puerta, bajé a la bodega con una lámpara de petróleo y mi maleta pequeña ya hecha: dos vestidos, el cuaderno de recetas de mi madre, y la esperanza ridícula y total de las muchachas de veintidós años.

El pacto era así: Aurelio vendría por la puerta de la bodega a las once.

Elena lo esperaría en la esquina de la iglesia con la maleta grande.

A las doce, el camión de los cargadores de la cofradía los sacaría del pueblo entre costales de flor, como se saca lo que se ama: escondido y con cuidado.

En la capital, un juez de paz, dos testigos, y después paredes ajenas que pintar hasta volverse viejos.

La bodega estaba a oscuras. Pero no estaba vacía.

Encendí la lámpara y la luz encontró primero las manos: unas manos conocidas, limpias, de hombre de bien, apoyadas sobre el borde del metate de piedra.

Después encontró la cara de Ernesto, que me esperaba sentado en la oscuridad desde hacía quién sabe cuántas horas, con la paciencia de los que ya perdieron lo que sea que estuvieran a punto de perder.

No grité. Las mujeres de mi familia no gritamos: nos volvemos de piedra y seguimos contando la historia por dentro.

—¡Qué bueno que bajaste tú primero, Rosario! —dijo Ernesto, con una voz que en el sueño me supo a cal—. Tu pintor viene en camino. Quiero que veas la clase de hombre por el que ibas a deshonrar a tu padre. El tesorero de la cofradía. El de la plata de la fiesta.

Ernesto sabía que era mentira. En el sueño yo no lo sabía —la Rosario de veintidós años no lo sabía—, pero la Valeria que soñaba sí: la firma del propio Ernesto, elegante, cerrando las cuentas completas el treinta y uno de octubre, en el archivo de la sacristía, sesenta años después, esperando a que yo la encontrara.

Ernesto había construido la trampa con su propia firma y ahora la estaba usando de escenario.

La puerta de la bodega se abrió a las once y siete minutos.

Aurelio entró con su camisa buena y las manos manchadas —siempre las manos manchadas, de pintura y de futuro—, y lo primero que vio fue mi cara, y sonrió como se sonríe cuando se llega, por fin, a la orilla.

Lo segundo que vio fue a Ernesto levantándose entre la sombra y el metate, y su sonrisa murió tan rápido que todavía me duele en el cuerpo de otra.

—Rosario, sal —dijo Aurelio, sin mirarme ya, mirándolo a él—. Sal de aquí, mi amor. Esto no es para ti.

—¡Claro que es para ella! —Ernesto tenía en la mano no un arma, sino algo peor: un papel doblado, la falsa denuncia que el abogado Sanz había redactado esa misma tarde, lista para amanecer firmada en la comandancia—.

¡Esto es para que aprenda! La plata o la cárcel, pintor. Elige. Y ella mira cómo eliges.

—La plata está completa y tú lo sabes —dijo Aurelio, y dio un paso, y otro, con las manos abiertas, como se acerca uno a un animal asustado—. Firmaste las cuentas anoche, Ernesto. Yo mismo te vi la pluma en la mano.

Lo que pasó después pasó en el tiempo sin tiempo de los accidentes: la lámpara cayó.

La oscuridad se partió en dos gritos. Hubo un forcejeo de hombres y un olor a petróleo, y luego el sonido —un sonido solo, seco, definitivo, el que hace una cabeza cuando encuentra la esquina de una piedra que llevaba ahí desde antes de la fundación del pueblo— y después el silencio más grande que ha oído esta casa en su vida.

Ernesto encendió otra luz con las manos temblándole tanto que se quemó dos veces.

Aurelio yacía junto al metate con los ojos abiertos hacia el techo de la bodega, y ya no estaba en ninguna parte de su cuerpo, y su mano derecha, abierta, tenía todavía una mancha de pintura azul, del azul exacto de la mañana.

En el sueño yo no grité. En el sueño, Rosario hizo la cosa más terrible y más suya: se agachó, le cerró los ojos a su amor con dos dedos, y dijo, con la voz de las cocineras que no lloran en la comida:

—Hay que esconderlo de mi padre. Si mi padre lo sabe, nos mata a los dos.

Ernesto, que no había querido matar a nadie —que había querido solamente ganar, humillar, quedarse con la muchacha y con las tierras como se quedan los hombres razonables con todo—, entendió en ese segundo el tamaño del pozo, y asintió como se asiente ante un terremoto.

Salió a telefonar al único hombre del pueblo que sabía convertir cadáveres en trámites: el abogado Sanz.

Y mientras ellos dos, en la madrugada, levantaban la pared falsa con las manos destrozadas y sellaban la bodega con cal y con silencio, Rosario subió a la cocina, se ató el delantal sobre el vestido de la fuga, y cocinó.

Cocinó toda la noche. Cocinó el mole, el arroz, el pan, la calabaza en tacha, el café de olla que se le fue enfriando sin que nadie lo tomara.

Y cuando amaneció y su madre bajó a la cocina, la encontró sirviendo la mesa con un lugar de más: plato, vaso de agua, sal, y una flor de bugambilia en un vaso de vidrio, en noviembre, cuando la bugambilia no florece.

—¿Y ese lugar, hija? —preguntó su madre.

—Por si vuelve —dijo Rosario.

Y volvió cada año, durante cincuenta y ocho años.

Eso era la cena de la ofrenda. Eso era la última página del cuaderno: no una receta.

Un asiento guardado. Una mujer poniendo la mesa para un muerto durante más de medio siglo, a la vista de un esposo que cada noviembre veía el lugar vacío en su propia mesa y callaba, y callaba, y se fue volviendo piedra él también, como el metate, como la pared, como todos los hombres que guardan un cadáver en la bodega y una esposa que lo sabe.

Desperté sobre la mesa de mi cocina con las manos oliendo a chile tostado y la cara mojada, y lo primero que hice —antes del café, antes de lavarme la cara, antes de ser Valeria otra vez del todo— fue tomar el teléfono y marcar el número de Adrián.

—Ya sé cómo murió —dije, cuando contestó, con la voz rota de otra mujer—. Cayó contra el metate. Ernesto no lo empujó con las manos: lo empujó con un papel. Y después mi abuela cocinó la primera ofrenda.

Del otro lado hubo un silencio largo, de los que pesan en gramos.

—¿Estás bien?

—No —dije—. Estoy completa, que es distinto. Adrián: el sábado es primero. Trae la maleta de Elena. Aurelio va a sentarse a la mesa con sus cosas puestas, como debió ser hace cincuenta y ocho años.