Capítulo 11
Del cuaderno de Rosario Ríos: «Consomé para el día de los difuntos chicos. Se hace con lo que hay: un hueso, dos zanahorias, la paciencia de quien espera a alguien que no va a volver y cocina de todos modos. Esperar también es un ingrediente. El más amargo y el más fiel.»
El camposanto de Villa Esperanza amanece entre niebla y cempasúchiles viejos.
Las familias empiezan a limpiar las tumbas para la fiesta grande, y el aire huele a tierra mojada, a cera y a copal anticipado.
Adrián me esperaba junto al portón de hierro, con dos cafés de olla en vasos de barro y el sombrero en la mano, como un hombre que ha ensayado un discurso toda la noche y sabe, ya de entrada, que le va a salir mal.
—Desde el principio —dijo, sin saludar—. Como pediste.
Y me lo contó todo.
Me contó que llegó a Villa Esperanza hace seis años con una maleta, una fotografía rota de su abuela Elena del brazo de un muchacho con las manos manchadas de pintura, y una promesa hecha a una moribunda: averigua qué pasó, para que tu tío abuelo deje de ser el ladrón de esta familia .
Me contó que el primer día fue a la casa de la bugambilia a ofrecerse como jardinero, dispuesto a mentir, a forzar, a revolver lo que hubiera que revolver —y que mi abuela abrió el portón, lo miró durante un largo minuto con esos ojos que veían recetas en las personas, y le dijo: «Traes los ojos de Elena.
Pasa. El jardín está perdido, como todos nosotros. »
Rosario supo quién era desde el primer día.
Y durante seis años lo alimentó, le enseñó los nombres de cada planta, le contó en cuotas mínimas la historia que a nadie más le contó nunca, y le hizo jurar una sola cosa: que no me dijera nada a mí.
A ninguna de las hijas. «Ellas tienen que venir solas», repetía mi abuela.
«A esta casa no se entra empujando. Se entra oliendo la comida. »
—El pétalo —dije.
—El pétalo fue idea suya, de antes de morir.
—Adrián miraba el café sin tomarlo—. Una de las últimas veces que pude trabajar en el patio, me dio una instrucción como se dan las de un testamento: «Si algún día pregunta una de las mías, márcale la página de la noche de las ofrendas.
Nada más. Lo demás que lo cocine ella.» Cuando te vi con el cuaderno el primer día, Valeria…
sentí que la casa entera contenía la respiración.
Y cuando fuiste a la parroquia, supe que estabas preguntando. Cumplí la instrucción. Nada más.
—¿Nada más? —Me reí, y la risa me salió rota—.
Adrián: entraste a mi casa sin permiso. Revisaste el archivo parroquial durante años.
Sabías lo del libro de cuentas. Sabías lo de la pared.
Me viste abrir el ropero, me viste llorar sobre treinta dibujos, y en ningún momento —en ningún momento— se te ocurrió que merecía saber que para ti no soy una persona: soy la cerradura de tu promesa.
—No es así.
—¿No? Dime una sola cosa que hayas hecho en esta casa que no tuviera que ver con Aurelio Fuentes.
El silencio que siguió fue mi respuesta. Las campanas de la iglesia tocaron las ocho y las palomas del camposanto se levantaron todas a la vez, como un papel quemándose.
—Tienes razón —dijo por fin, y su voz era la de un hombre dejando una herramienta pesada en el suelo—.
En todo. Llegué buscando a un muerto y me quedé demasiado tiempo callando entre los vivos.
Mi abuela Elena me pidió que fuera una llave, y las llaves, Valeria, no deciden.
Abren lo que otros decidieron cerrar. —Se puso el sombrero—.
Pero escúchame una cosa, la última, y luego me voy y no me ves más si así lo quieres: tu abuela no te heredó una casa.
Te heredó una pregunta con las paredes pintadas.
Y Marco Sanz no vino a casarse contigo: vino a asegurarse de que la pregunta muera contigo sentada encima firmando papeles.
El viernes no es una boda en puerta. Es un entierro.
Se fue caminando entre las tumbas, sin apuro, con el café intacto en una mano. Yo me quedé con el mío, ya frío, pensando en la primera línea del cuaderno de mi abuela, la que lo empezó todo:
«El café de olla nunca se sirve tibio. Si se enfría esperando a alguien, se tira y se hace otro. Esperar demasiado también es una forma de irse.»
El café de Adrián, el mío, el de Aurelio esperando en la estación de un pueblo en 1968, el de mi madre esperando treinta años para volver. Todos fríos. Todos esperando a alguien.
Me levanté de la banca del camposanto con una decisión que me quemaba las manos: esa misma noche iba a cocinar la receta que seguía en el cuaderno después del consomé de los difuntos chicos.
La página que mi abuela escribió para los aniversarios, la de la segunda boda de nadie.
Porque si los sueños eran la forma que tenía mi abuela de declarar, yo ya había entendido el procedimiento: primero la declaración del jardinero, luego la de la cocinera.
Y al final, la de los muertos.