La casa de las bugambilias Capítulo 12
44%

Capítulo 12

Del cuaderno de Rosario Ríos: «Arroz con leche de los aniversarios. Se revuelve siempre hacia el mismo lado, con cuchara de madera, porque hay dolores que solo se acomodan girando. Si se te pega al fondo, es que pensaste en el equivocado mientras cocinabas.»

Cociné el arroz con leche de los aniversarios con la casa en silencio y Marco «resolviendo cosas del proyecto» en el jardín, y me lo comí despacio, de pie junto a la estufa, como se toman las medicinas que una sabe que van a doler.

Lucía tenía veintidós años, mi pelo, mis manos, y una furia que ahora reconozco como mía: la de las mujeres de esta familia cuando por fin deciden no tragar más.

En el sueño la vi bajar de noche a la cocina, con la copia de la llave del cuarto sellado que ella misma había mandado hacer a escondidas del cerrajero de la esquina, temblando tanto que tuvo que intentarlo tres veces.

La vi empujar la puerta que llevaba cerrada desde antes de que ella naciera, y oí el sonido que hizo la casa: un quejido largo, de madera y de cal, como un animal que despierta.

Dentro no había monstruos. Había algo peor: orden.

Una cama estrecha hecha con una colcha limpia, como si alguien fuera a dormir ahí esa misma noche.

Un caballete cubierto con una sábana. Un perchero con una camisa de hombre que el polvo había vuelto gris y blanda.

Y en la pared del fondo —la pared que hoy sé que no debería existir—, una repisa con frascos de pigmentos y, apoyado contra ella, envuelto en papel de estraza, un cuadro volteado contra la pared.

Mi madre lo desvolvió con las manos desnudas.

Era Rosario. Rosario a los veintidós años, riendo —riendo— con un vestido amarillo y una bugambilia en el pelo, pintada por unas manos que la amaban con tanta exactitud que hasta la luz de la pintura parecía de las cuatro de la tarde.

Al reverso, con la letra inclinada de todas las cartas: «Rosario, la mañana de su cumpleaños. Para cuando el mundo nos deje.»

Lucía se sentó en el suelo del cuarto sellado y lloró como se llora una sola vez en la vida: por su madre, que había cocinado treinta años para el hombre equivocado; por el hombre del perchero y la camisa gris; por ella misma, embarazada ya sin saberlo de la mujer que treinta y dos años después estaría soñando su llanto. Y entonces oyó los pasos.

Rosario estaba en la puerta, en camisón, con una vela en la mano.

Las dos se miraron a través de veintiséis años de cuarto cerrado, y en el sueño —en la vida— ninguna gritó.

Mi abuela entró, tomó el cuadro de las manos de su hija, lo volvió a envolver en su papel con la lentitud de quien arropa a un niño, y dijo la única frase que Lucía me repetiría en la vida como quien repite una maldición y un testamento:

—«Lo que está detrás de esa pared se queda detrás de esa pared. Tú vas a tener una hija, y tu hija no va a cargar con esto. Cierra, y olvida que sabes cerrar.»

Lucía cerró. Lucía se fue a la mañana siguiente, con una maleta y sin desayunar, y no volvió en treinta y dos años.

Y mi abuela, sola, volvió a sellar la puerta con sus propias manos, cal sobre cal, y después hizo lo único que sabía hacer con un dolor que no se podía servir en la mesa: cocinó.

El cuaderno de recetas empieza, lo comprobé al despertar, exactamente en 1994.

Todo ese libro inmenso de sabores es la lista de lo que mi abuela cocinó en vez de hablar.

Desperté con el teléfono en la mano antes de decidirlo. Mi madre contestó al cuarto timbrazo, con la voz de las tres de la mañana de las madres: despierta de golpe y asustada.

—Mamá. Soñé tu noche. La de 1994. —Hubo un silencio tan largo que oí su respiración volverse llanto—. El cuadro amarillo, mamá. La camisa en el perchero. La vela de la abuela.

—Quema ese cuaderno, Valeria. —Pero ya no era una orden: era una súplica de una mujer cansada—. Quémalo y vete de esa casa. Esa casa se come a las mujeres, mi amor. A tu abuela se la comió entera, a mí me comió la juventud…

—Mamá. —Me senté en la cama, con Marco respirando a mi lado en su sueño de pastilla fingida, y dije la frase que nos separó y nos unió para siempre—: La abuela no cocinó el cuaderno para esconderlo.

Lo cocinó para que yo lo encontrara. Ella no pudo abrir esa pared.

Tú no pudiste. Yo sí voy a poder, y no es una maldición: es la última receta.

Cuando la abuela decía «cierra y olvida», ya sabía que ibas a tener una hija con el sazón de preguntar.

Del otro lado de la línea, mi madre lloró en silencio, como lloramos todas, sin hacer ruido para no darle el gusto a nadie. Y entonces, bajito, como quien entrega una llave:

—El cerrajero de la esquina ya murió, pero su hijo tiene el taller. Mi copia la dejé… —se interrumpió—. No. Óyeme bien, Valeria: no intentes entrar sola. Lo que hay detrás de esa pared esperó cincuenta años. Puede esperar a que tú estés acompañada. Prométemelo.

Se lo prometí.

Colgué con el amanecer entrando por la ventana y encontré a Marco despierto, apoyado en el marco de la puerta, con dos tazas de café y su sonrisa de hombre que no ha oído nada.

—¿Con quién hablabas tan temprano, amor?

—Con mi madre.

—Ah. —Me entregó la taza sin tocarme—. ¿Y qué dice la… señora? Por cierto: confirmado con el notario. Mañana viernes, diez de la mañana, firmamos. Y el lunes, amor, volvemos a la capital y se acabó esta historia.

Bebí mi café. Estaba tibio.

—Claro —dije—. Mañana firmamos.