La casa de las bugambilias Capítulo 10
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Capítulo 10

Del cuaderno de Rosario Ríos: «Tisana de azahar para los nervios. Se sirve tibia, en taza pequeña, y se toma despacio, porque los nervios —como los maridos— se apaciguan mejor cuando creen que fueron idea suya.»

El miércoles, Marco me llevó a «ver el futuro».

Así lo llamó él, con una mano en mi cintura, guiándome por la calle Hidalgo como un guía de turistas del apocalipsis: aquí irá la entrada del hotel, aquí el estacionamiento, aquí —y señaló con un orgullo tranquilo la casa de mi abuela, con su bugambilia incendiada de flores— aquí se respira, mi amor.

Aquí es donde los huéspedes van a tomar el café.

—¿El café?

—Habrá una terraza. Quizá conservemos la fachada, si el ayuntamiento se pone quisquilloso con el patrimonio.

—Sacó el teléfono y me mostró el proyecto: un render luminoso donde la calle entera sonreía en tonos beige, y en el lugar exacto de la casa de Rosario había un estacionamiento con líneas amarillas y dos palmeras de mentira—.

El hotel se llamará Casa Esperanza. Lindo, ¿no?

Conservamos el nombre, conservamos la esencia.

Conservamos el nombre. Enterramos la casa.

—Marco —dije, despacio, porque las palabras se me habían vuelto piedras—, ¿desde cuándo existe este proyecto?

—Desde antes de nosotros, Vale. —Ni siquiera mintió en eso; hay crueldades que se disfrutan mejor con un poco de verdad—.

Mi abuelo compró la primera casa de esta calle en el sesenta y ocho.

La última pieza siempre fue la de tu abuela.

Ella nunca quiso vender, la vieja terca.

Cuando te conocí en la capital, en aquella cata, y supe quién eras…

—me acomodó un mechón detrás de la oreja con una ternura de propietario— …

entendí que el destino nos estaba juntando las piezas. Tú y yo somos la escritura final, amor.

Tú y yo somos la escritura final.

Lo dijo sonriendo. Hay monstruos que no necesitan colmillos: les basta con un buen dentista y un plan de vida. A mi lado, dos señoras del pueblo se persignaron al pasar frente a la iglesia, y yo tuve que apoyar la mano en una pared porque la calle, de pronto, me pareció inclinada.

Esa noche, durante la cena, doña Carmen hizo una pregunta inocente sobre mis sueños —«¿sigues soñando con tu abuela, mijita?»— y Marco, sirviéndole más agua de jamaica con su sonrisa de anfitrión, soltó la frase como se suelta una servilleta, sin mirar a nadie:

—Nuestra Vale está soñando con muertos, Carmen. Igual que su mamá, que en paz descanse su cordura. Ya le dije que en la capital hay médicos buenísimos para eso. Primero Dios, no hereda lo otro.

Vi cómo a doña Carmen se le detenía la mano a mitad del aire.

Vi cómo sus ojos, viejos y veloces, iban de Marco a mí y entendían, en un segundo, el campo de batalla completo.

Ella también había oído esa frase antes, en otra boca, en otra década: igual que su mamá .

La enfermedad de las mujeres Ríos, esa que siempre aparecía, qué casualidad, justo cuando una mujer Ríos hacía las preguntas correctas.

—Mi mamá está viva, Marco —dije, con una voz que no me reconocí de tan serena—. Y no está loca. Está lejos, que es distinto.

—Claro, amor —dijo él, y me sirvió tisana de azahar, la de los nervios, la que él mismo había pedido porque «últimamente no duermes»—.

Por eso te preparé esto. Y mira —sacó del bolsillo una pastilla blanca, pequeña, inofensiva como todas las jaulas—: una sola.

Regálame una noche sin fantasmas. Por mí.

Puse la pastilla debajo de la lengua como aprendí de niña con las medicinas amargas de mi madre —mi madre, la loca, que también escondía las suyas—, y la escupí en la palma de la mano cuando Marco fue a lavarse los dientes, cantando, tranquilo, seguro de su noche sin fantasmas.

No dormí. Fingí dormir con la disciplina de una actriz, respirando hondo, mientras él revisaba su teléfono en la oscuridad y tecleaba durante un largo rato.

A las dos de la mañana, la casa y yo escuchamos lo mismo: un sonido pequeño, metálico, paciente, en la puerta de la calle.

Alguien probando una llave que casi era la llave.

Alguien que no entró —la tranca que yo había puesto esa noche lo impidió— y que se fue sin hacer ruido, como se van los que saben que tendrán otras noches.

A las seis, cuando Marco aún dormía y la primera luz volvía de oro el polvo del pasillo, encontré la nota deslizada por debajo de la puerta de la cocina. Una sola línea, con letra de hombre que casi no escribe:

«Hoy, en el panteón, a las siete. Te lo cuento todo. Desde el principio. — A.»

Guardé la nota en el cuaderno de mi abuela, entre la receta de la tisana y la de la noche de las ofrendas. Y me serví un café de olla bien cargado, porque si ese día iba a enterarme de todo —de quién era Adrián, de quién era Marco, de quién era yo—, necesitaba estar despierta.

Muy despierta. Con los ojos abiertos y las manos firmes. Como se sirve una mesa para los muertos: completa, sin faltar nadie.