La casa de las bugambilias Capítulo 9
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Capítulo 9

Del cuaderno de Rosario Ríos: «Los libros de cuentas también se cocinan: se revisan despacio, a fuego lento, porque el que miente en un libro deja el mismo olor que el que miente en una cocina. Dulce quemado. Tarde o temprano, huele.»

Marco salió el martes temprano «a ver unos terrenos» con un hombre de la inmobiliaria, y yo aproveché su ausencia como se aprovechan las treguas: corriendo.

La primera firma era la de Aurelio.

La segunda, la del presidente de la cofradía que daba por buenas las cuentas: Ernesto Ríos .

Nunca faltó un solo centavo. La plata de la cofradía estaba completa, firmada y entregada la misma noche en que Aurelio «desapareció con ella».

El robo nunca existió. Fue una mentira fabricada con dos ingredientes que nunca fallan: prisa y vergüenza ajena.

Ernesto lo supo desde el primer día, porque Ernesto firmó el papel que la desmiente.

Y repitió la mentira durante veintiún años, en cada aniversario, en cada mesa, delante de su propia esposa, que servía el arroz con leche de los aniversarios y callaba la suya, la de verdad.

Me senté entre los cirios con el libro abierto en las rodillas, y lloré de rabia con la boca cerrada, como lloran las mujeres de mi familia: sin hacer ruido, para no darle el gusto a nadie.

—¿Lo encontró?

Adrián estaba en la puerta del archivo, con una caja de veladoras en los brazos, y no parecía sorprendido. Parecía, y esto fue lo que me enfureció de golpe, como si hubiera estado esperando ese momento con el mismo cuidado con que se espera que suba un pan.

—Usted sabía que este libro estaba aquí —dije.

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Desde hace cuatro años. —Dejó las veladoras en el suelo con delicadeza, sin bajar la vista—. Revisé este archivo entero el año que llegué a quedarme. Página por página.

—¿Y pensaba decírmelo en algún momento? ¿O su plan era dejarme pistas como a un perro, pétalo a pétalo, sueño a sueño, hasta que llegara sola a donde usted quería?

La frase me salió más exacta de lo que yo misma esperaba, y vi cómo le pegaba. Bien. Todavía no sé si le pegó por injusta o por cierta.

—Valeria…

—El pétalo en el cuaderno. Fue usted. Entró a la casa mientras yo estaba en la parroquia y me marcó la página de la noche de las ofrendas.

¿Por qué? ¿Por qué no tocar la puerta y decirme «soy el sobrino nieto de Aurelio Fuentes y llevo seis años esperando que alguien en esta familia tenga el valor de abrir un cuarto»?

—Porque cada vez que alguien de afuera empuja, esta familia cierra filas y quema las pruebas —dijo, y su voz, por primera vez, se quebró—. Mi abuela murió pidiéndome que no fuera un martillo, que fuera una llave. Las llaves no fuerzan, Valeria. Las llaves esperan la cerradura correcta.

Nos quedamos mirándonos entre los santos de yeso y las cuentas de los muertos, con cincuenta y ocho años de silencio respirando alrededor.

Yo tenía las manos manchadas del polvo del libro, y él tenía los ojos de su abuela, y en ese momento lo odié un poco por su paciencia de seis años y lo quise un poco por la misma razón, y las dos cosas me parecieron una traición a alguien: a Marco, a mi abuela, a mí.

—Mañana —dijo Adrián, recogiendo las veladoras— me lo pregunta todo. Desde el principio. Sin pétalos, sin llaves, sin cocina. Todo.

Salió del archivo antes de que yo pudiera decirle que sí, que mañana, que todo. Y me dejó con el libro de cuentas abierto en la página donde mi abuelo, con su firma elegante, había dejado escrita la prueba de que la historia de mi familia era una mentira administrada por hombres razonables.