La casa de las bugambilias Capítulo 8
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Capítulo 8

Del cuaderno de Rosario Ríos: «Dulce de calabaza en tacha. La calabaza se cuece en el piloncillo hasta que brilla como madera buena. En temporada de muertos se sirve primero a las visitas y después a las ánimas, aunque a veces las visitas y las ánimas son las mismas personas con distinto apetito.»

Marco llegó a Villa Esperanza un lunes a mediodía, en un coche gris que no conocía el polvo, con flores para mí, una botella cara para la mesa y esa sonrisa suya que en la capital cerraba tratos.

—Amor —dijo, abrazándome en el portón como si el pueblo entero fuera su público—. Vine a rescatarte de los fantasmas.

Los fantasmas, pensé, mirando por encima de su hombro la fachada cubierta de bugambilia en flor, acaban de oírte.

Se instaló en la casa con la naturalidad de un dueño anticipado: recorrió las habitaciones tomando fotos con el teléfono, midió el patio con los pasos, golpeó las paredes con los nudillos como hacen los hombres que evalúan y no los que habitan.

En el comedor se detuvo frente al retrato de mi abuelo.

—Ernesto Ríos —leyó la plaquita del marco—. Cara de pocos amigos. —Se volvió hacia mí, divertido—. De ahí te viene lo terca, supongo.

—Marco. El contrato de compraventa.

Su sonrisa no se movió ni un milímetro. Eso fue lo primero que me asustó: ni un milímetro.

—¿Qué pasa con el contrato, amor?

—Pasa que el comprador es tu familia. Pasa que el precio es la tercera parte de lo que vale el terreno —respiré—, y pasa que hay una cláusula sobre demoler el cuarto sellado. Un cuarto del que, según tú, nadie sabía nada.

Marco dejó el teléfono sobre la mesa, despacio, con el cuidado de un jugador que coloca una carta.

—Vale. Escúchame, porque esto es importante.

—Su voz de hombre razonable, la que usaba con los clientes difíciles y conmigo—.

La empresa de mi padre lleva años intentando desarrollar esa calle.

La oferta es baja porque el inmueble tiene problemas legales: la sucesión, la antigüedad, el dichoso cuarto que no existe en los planos.

Y no te lo dije antes porque te conozco: te ibas a hacer ideas.

—Me tomó las manos—. Como las que te estás haciendo.

Ideas de novela, amor. Sueños con pintores.

Cartas de amor de hace sesenta años. Tu madre lleva treinta años…

—No metas a mi madre.

—Tu madre lleva treinta años medicada por lo mismo, Valeria. Por esta casa. Por no soltar. —Me apretó las manos con una dulzura terrible—. Yo no quiero eso para ti. Firma el viernes, volvemos a la capital, nos casamos en marzo y esta casa se queda donde pertenece: en el pasado. ¿Sí?

Asentí. Quiero que conste que asentí, y que me odio un poco por haber asentido, y que también conste que asentir era la única manera de ganar tiempo, porque en ese momento, con sus manos calientes sobre las mías, entendí algo que me heló más que todos los ruidos de la casa juntos: Marco no estaba discutiendo conmigo. Marco estaba administrando un problema.

Esa noche cenamos con doña Carmen, que llegó con su mejor blusa y sus peores intenciones.

Sirvió de escudo y de espía mientras Marco desplegaba su encanto como un mantel limpio: elogió el dulce de calabaza, preguntó por la fiesta de Todos los Santos, prometió donar la banda de música para la procesión.

Solo una vez se le quebró la función: cuando Adrián pasó frente al portón con una carga de leña y saludó con un movimiento de cabeza, sin detenerse.

—¿Ese es el jardinero? —preguntó Marco, cortando la calabaza con precisión de cirujano—. Tu abuela tenía empleados muy… presentes.

—Adrián cuidaba el jardín de la abuela. Es de confianza.

—De confianza —repitió él, y sonrió, y la sonrisa, ahora sí, no le llegó a los ojos—. Claro.

A las once, con la casa en silencio y Carmen de vuelta en la suya, me despertó un murmullo. Marco no estaba en la cama. Lo encontré en el patio, de espaldas, hablando por teléfono en voz baja, con la bugambilia cayéndole alrededor como una cortina de teatro.

—…sí, ya sé que el cuarto está en el contrato, papá. Por eso hay que cerrar antes de que se ponga sentimental. —Pausa—. No, todavía no encuentra nada. Está con lo de los sueños, como la mamá. El viernes firmamos y se acabó.

No me oyó volver a la cama. No oyó tampoco, espero, el ruido que hizo mi corazón al aprender, por fin, el tamaño exacto de la mentira: no era un hombre razonable protegiéndome del pasado.

Era un hombre con un plazo. Y el plazo era yo.