La casa de las bugambilias Capítulo 7
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Capítulo 7

Del cuaderno de Rosario Ríos: «El banquete de mi boda lo cociné yo. Cuarenta invitados, tres días de cocina, y ninguna lágrima en la comida: eso sí lo logré. Que conste. Una novia puede no elegir su vida, pero el sazón no se lo quita nadie.»

El plato de arroz con leche amaneció vacío.

No «vacío» como se vacían los platos que alguien se come: no había cuchara sucia, ni marcas, ni migajas en la mesa.

Vacío como si nunca hubiera contenido nada.

La porcelana lavada por nadie brillaba bajo la luz de las siete de la mañana y yo la miré largo rato, con una mano en la pared para sostenerme, mientras mi cabeza de mujer moderna y razonable buscaba una explicación con la desesperación de un animal en una trampa: el viento.

Un gato. Adrián, que tenía llaves. Yo misma, sonámbula, de madrugada.

Todas servían. Ninguna bastaba.

Fue entonces, con el plato vacío en las manos, cuando decidí la cosa más imprudente de mi vida adulta: cocinar el banquete entero.

No el mole de la última página —ese todavía me daba miedo, un miedo concreto, de animal que huele la tormenta—.

El banquete de la boda. Las recetas de noviembre de 1968 que llenaban el centro del cuaderno, escritas con una letra de muchacha que se repetía, página tras página, como un conjuro: no llores en la comida, no llores en la comida, no llores en la comida .

Cociné dos días. Compré el mercado entero otra vez (la señora de las flores ya ni preguntó: me puso los cempasúchiles en la bolsa y me dijo «para la fiesta, ¿verdad?

», como si supiera). Preparé el consomé, el arroz rojo, el pollo en salsa de la fiesta, las verduras en escabeche, el pastel imposible de tres pisos que el cuaderno describía con la precisión de un testamento.

Cocinaba como se reza: para no pensar en otra cosa, para que las manos dijeran lo que la boca todavía no se atrevía.

Adrián apareció el segundo día, al atardecer, y se quedó en la puerta de la cocina mirando la mesa cubierta de fuentes.

—¿Fiesta? —preguntó.

—Investigación —dije, limpiándome las manos en el delantal—. Siéntese. Necesito un catador que no me mienta.

Comió en silencio, plato por plato, con esa seriedad suya que antes me irritaba y ya empezaba a parecerme una forma de ternura. En el pollo se detuvo.

—Su abuela servía esto en las bodas del pueblo —dijo—.

Lo sé porque mi abuela Elena lo nombraba.

Decía que después de la suya, Rosario no volvió a cocinarlo nunca.

Ni una sola vez en cincuenta y ocho años.

La gente le pedía el pollo de la fiesta para sus bodas y ella decía que había perdido la receta.

—Me miró por encima de la mesa llena—. Usted la está cocinando. ¿Sabe lo que significa eso, Valeria?

—Significa que mañana duermo y sueño lo que falta —dije, y me sorprendió lo firme que me salió la voz—. Y que pasado mañana voy a despertar sabiendo algo que ya no voy a poder des-saber. Es la tercera vez que se lo digo a alguien y la primera que me lo creo yo.

Esa noche soñé la boda.

Soñé el vestido blanco pesando como una lápida.

La misa eterna del padre Ignacio, jovencísimo, con la voz temblándole en el mismo punto en que a mí me tiembla la mía cuando miento.

El banquete en el patio de esta misma casa, bajo las guirnaldas, con la bugambilia cerrada y muda porque en noviembre la bugambilia no florece, no debe florecer.

Soñé a Ernesto guapo y radiante, repartiendo mezcales y recibiendo felicitaciones como un general que vuelve de ganar una guerra que nadie vio.

Soñé las manos de Rosario —mis manos— sirviendo el pollo de la fiesta con una sonrisa pegada a la cara con alfileres.

Y soñé al tío Bernardo, ya borracho, tomándola del brazo junto a la fuente del arroz para decirle la frase que le partiría la vida en dos, creyendo que le hacía un favor:

—«Ya no sufras, muchacha. El pintor se fue con la plata de la cofradía, me lo confirmó el propio Ernesto, que lo vio salir del pueblo en la madrugada. Ese hombre nunca te quiso. Tuviste suerte.»

Soñé la cara de Rosario al oírlo. No lloró. Las cocineras del cuaderno no lloran en la comida. Solo asintió, y siguió sirviendo, y su corazón hizo un ruido pequeño y definitivo, como el de una puerta que se cierra por dentro.

Y al final del sueño, ya de noche, con los invitados idos y el patio lleno de sillas vacías, Rosario subió a su cuarto de novia y encontró, deslizada por debajo de la puerta, una hoja de papel.

Era un dibujo. Ella misma, sirviendo el banquete. Vista desde la puerta de la cocina. Desde donde se ponen los que miran sin ser vistos.

Abajo, con la letra inclinada y desesperada que yo ya conocía mejor que la mía, cuatro palabras:

«No me fui. Pregunta.»

Desperté llorando y riendo a la vez, con el sol entrando a raudales y el teléfono sonando sobre la mesa de noche. Era Marco. Su voz de domingo por la mañana tenía hoy un filo nuevo, de cuchillo recién afilado.

—Vale. Colectivo de las cuatro. Llego mañana a Villa Esperanza —dijo, sin preámbulos—. Esto de la casa se está alargando y tú estás… rara. Lo resolvemos juntos, amor. En persona. Como un equipo.

Y colgó antes de que yo pudiera contestar, mientras en mi cabeza, con la claridad de un epitafio, se repetían las cuatro palabras de un muerto:

No me fui. Pregunta.