La casa de las bugambilias Capítulo 6
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Capítulo 6

Del cuaderno de Rosario Ríos: «Agua de jamaica. La flor se hierve poco y se deja ser, porque la jamaica suelta su color como sueltan las personas la verdad: cuando nadie la está obligando, y siempre tiñe más de lo que una espera.»

El padre Ignacio tenía ochenta y un años, las manos manchadas por la edad y la costumbre de oficiar misa de seis de la mañana desde antes de que yo naciera, así que no se inmutó cuando le pedí hablar «de un asunto de muertos».

En Villa Esperanza, me dijo, casi todos los asuntos son de muertos; los de los vivos se resuelven solos o no se resuelven nunca.

Lo encontré en el patio de la parroquia, entre macetas de albahaca y una pila de sillas para la fiesta de Todos los Santos.

El pueblo entero olía ya a cempasúchil. En la plaza, los puestos empezaban a levantarse y las familias sacaban las fotografías de sus difuntos como quien saca la vajilla buena: con cuidado, con orgullo, una vez al año.

—Usted casó a mis abuelos —dije.

—Yo casé a medio pueblo, hija. Y enterré a la otra mitad.

A tus abuelos los casé el dieciséis de noviembre de mil novecientos sesenta y ocho.

—Me miró con una atención nueva—. Lo recuerdo porque fue la única boda en la que la novia lloró durante toda la misa, y no de felicidad, y todo el mundo fingió que era de felicidad.

En ese entonces fingir era un sacramento más.

—¿Y Aurelio Fuentes, padre? ¿Usted lo conoció?

—Lo confesé tres veces. —El anciano se sentó despacio en una de las sillas de la fiesta—.

La última, el treinta y uno de octubre. No te puedo decir qué me dijo, Valeria.

Hay sellos que ni la muerte abre. Pero te puedo decir lo que no es secreto, porque lo vio todo el pueblo: ese muchacho salió de esta iglesia al anochecer con una vela en la mano, para la procesión, derecho como una flecha, y cantando.

Los que huyen con plata robada no cantan en la procesión, hija. Ni se confiesan antes.

La albahaca soltaba su olor cada vez que el aire movía las macetas.

—¿Y mi abuelo? —pregunté—. Ernesto. ¿Usted lo confesó a él?

La pausa que siguió fue distinta: pesada, medida, de hombre que está eligiendo no entre palabras, sino entre lealtades de medio siglo.

—Tu abuelo vino a verme tres noches antes de morir, en el ochenta y nueve.

No vino a confesarse. Vino a entregarme una carta sellada, con instrucciones.

—El padre Ignacio cruzó las manos sobre las rodillas—.

«Si algún día la casa pregunta, padre, désela a la que pregunte.

Ni antes, ni a otra.» Yo le pregunté qué casa.

Él me dijo: «Usted sabe cuál. La mía. La que tiene un cuarto que no respira. »

—¿Y la carta? ¿La tiene usted?

—La tengo. —Sus ojos, de pronto, eran de una lucidez terrible—.

Pero todavía no sé si la casa está preguntando…

o si solamente estás curioseando, que no es lo mismo.

Las cartas de los muertos que confiesan, Valeria, no se entregan por curiosidad.

Se entregan cuando la que pregunta ya perdió algo por preguntar.

Vuelve cuando te cueste. Entonces sabré que es en serio.

Me fui de la parroquia con las manos vacías y el corazón lleno de piedras, y al llegar a la casa supe, antes de abrir el portón, que algo estaba mal.

No sé explicarlo mejor: la casa olía distinto. El olor de siempre —canela, humedad, flores— tenía encima otro olor, fino como un hilo: colonia de hombre. De hombre joven. De hombre de ciudad.

Subí los escalones de dos en dos. En la cocina, el cuaderno de mi abuela estaba sobre la mesa, cerrado, en el lugar exacto donde yo lo había dejado por la mañana. Exacto, salvo por un detalle: de entre sus páginas, como una lengua pequeña y roja, asomaba un pétalo de bugambilia.

Yo no pongo pétalos en los cuadernos. Mi abuela tampoco: ella ponía cintas, recetas sueltas, una vez una estampita de la Virgen. Nunca pétalos.

Abrí el cuaderno con las manos sudando. El pétalo marcaba una página avanzada, de las que yo aún no había leído, una receta escrita con una caligrafía distinta: más pequeña, más apretada, de los años malos. La tinta era otra. El título decía:

«Para la noche de las ofrendas».

Y debajo, en vez de ingredientes, una sola línea:

«Este plato se cocina una vez al año. La noche en que los muertos vuelven, hay que servirlo completo, para que el que falta se siente por fin a la mesa.»

Cerré el cuaderno despacio. Miré la cocina vacía, la puerta del patio, el pasillo que subía hacia el cuarto sellado.

¿Quién había entrado? ¿Adrián, con sus llaves de jardinero fiel?

¿La gente de Marco, que ya tenía hasta la cláusula de demolición redactada?

¿Doña Carmen, repartiendo sustos como reparte conchas?

Esa noche, por primera vez desde que llegué a Villa Esperanza, puse la tranca en la puerta de la calle.

Y también, por primera vez, antes de acostarme, hice algo que me habría parecido una locura diez días antes: dejé sobre la mesa de la cocina, junto al cuaderno cerrado, un plato servido con arroz con leche.

Por si acaso. Por si la casa tenía hambre. Por si el que falta ya estaba sentado a la mesa, esperando, con toda la paciencia de los muertos, a que yo por fin lo viera.