Capítulo 5
Del cuaderno de Rosario Ríos: «Salsa de molcajete. Se muele a mano, piedra contra piedra, porque hay sabores que solo salen con paciencia y un poco de coraje. Las máquinas no entienden de eso. Las máquinas, como ciertos hombres, quieren todo rápido y sin sentir.»
El ropero de mi abuela ocupaba una pared entera de su cuarto y olía a lavanda y a ropa que ya nadie se pondría jamás.
Moví los vestidos de luto —tres, todos negros, todos de la misma talla imposible de mujer que se fue encogiendo con los años— y ahí estaba, tal como Adrián había dicho: una puertecilla baja, de madera oscura, con una cerradura pequeña de latón que llevaba cincuenta y ocho años esperando su llave.
O no cincuenta y ocho. La cerradura era tan vieja como el ropero, pero alguien —mi abuela, en secreto, alguna noche de algún año— había abierto esa puertecilla muchas veces.
El latón brillaba en el centro, gastado por el uso, como brillan las cosas que se tocan a escondidas.
La llave entró sin protestar, como si hubiera estado practicando.
Adentro no había joyas ni dinero ni testamentos.
Había un paquete envuelto en papel de estraza y cordel, un fajo de cartas atadas con una cinta que alguna vez fue roja, y una libreta de dibujo con las hojas hinchadas de humedad.
Lo saqué todo con las manos temblando y lo puse sobre la cama de mi abuela, esa cama donde había muerto hacía doce días con este tesoro a dos metros de su cabeza, y me senté en el suelo, con la espalda contra el ropero, como una niña que encuentra el escondite de otra niña sesenta años mayor.
Las cartas eran de Aurelio. Setenta y tres cartas, fechadas entre marzo de 1967 y octubre de 1968, escritas con una letra inclinada y desesperada de hombre que escribe de noche.
No las leí todas. No pude. Leí la primera, la del cuadro: «Le vendí un valle, Rosario, y me quedé con la deuda.
Ahora cada vez que pinto bugambilias las pinto de memoria, porque las de verdad están en su casa, y su casa tiene marido en el futuro y perros en el presente.
» Leí una de julio, breve: «Hoy pasó usted por la plaza con su madre y no me miró.
Hizo bien. Yo la miré por los dos.» Y leí la del 30 de octubre de 1968, la víspera de su desaparición, que decía solamente: «Mañana, en la fiesta, dígale a su padre que elige.
Si no puede, elijo yo por los dos: la espero a las nueve junto al camposanto, con el caballete y con Dios por testigo.
Lo que tenga que pasar, que pase a la luz. »
En la libreta de dibujo, Aurelio había dibujado a mi abuela treinta veces.
Joven, riendo, amasando, durmiendo en una mecedora, con el pelo suelto, con el pelo recogido, con las manos en la cintura y cara de tormenta.
En el último dibujo, Rosario miraba de frente, fuera de la página, con una expresión que me dejó sin aire: me miraba a mí.
No a Aurelio. A mí, a la nieta no nacida, a la que setenta años después estaría sentada en el suelo oliendo su ropa de luto.
El paquete de papel de estraza contenía el cuadro.
Era pequeño, de medio metro, y mostraba el valle de Villa Esperanza al amanecer, con la casa de mi abuela en primer plano y la bugambilia explotando sobre el portón en una cascada fucsia.
Abajo, en la esquina, la firma: A. Fuentes, 1967 .
Detrás, en el bastidor, alguien —él— había escrito a lápiz: «Para Rosario.
La casa donde vive mi corazón, aunque mi corazón no pueda vivir en ella. »
Lloré. Lloré como no había llorado en el entierro, con esa vergüenza callada de las que lloran tarde.
Y en medio del llanto, o debí decir al fondo del llanto, sentí un enojo nuevo y brillante, como una cuchara de plata en la oscuridad: mi abuela había vivido ochenta años y cincuenta y ocho de ellos los había pasado casada con un hombre al que no amaba, durmiendo a dos metros de las pruebas del hombre al que sí, y el mundo entero —su padre, su esposo, este pueblo de campanas y chismes— le había parecido un arreglo aceptable.
—Perdón —dijo una voz desde la puerta.
Adrián estaba en el umbral del cuarto con una caja de herramientas en la mano y la cara de quien acaba de interrumpir un entierro.
—La puerta de la calle estaba abierta. Venía a revisar la instalación del agua y… —Sus ojos bajaron al cuadro, a las cartas, a la libreta abierta en el dibujo de mi abuela joven, y algo en su rostro se rompió y se recompuso en otra forma, más vieja, más cansada—. Lo encontró.
—Usted sabía que estaba aquí.
—Sabía que algo estaba aquí. Ella nunca me dejó verlo. —Dejó la caja en el suelo con un cuidado exagerado—. Una vez le pregunté por qué no lo quemaba todo y se quedaba en paz. Me dijo: «Porque el día que lo queme, Adrián, él muere dos veces. Y una ya fue demasiado.»
Me sequé la cara con la manga, furiosa con él, conmigo, con el siglo pasado entero.
—¿Y usted? ¿Por qué le importa tanto un pintor que desapareció antes de que usted naciera?
Adrián no respondió enseguida. Se sentó en el suelo, frente a mí, con la espalda contra la cama de la muerta, y sacó de su cartera una fotografía doblada en cuatro, tan gastada que el papel parecía tela. Una mujer mayor, de pelo blanco recogido, sonreía en el patio de una casa pobre.
—Elena Fuentes —dijo—. Mi abuela. La hermana de Aurelio.
Murió hace siete años, en la capital, sin hablar nunca de él, excepto una vez, la última noche, con la fiebre alta.
Me tomó la mano y me dijo: «Mi hermano no huyó, Adrián.
A mi hermano lo desaparecieron en Villa Esperanza, y la mujer que amaba se quedó a vivir con su muerte en la casa de enfrente.
Si algún día tienes el valor que a mí me faltó, ve y pregúntale a la casa. »
El cuarto quedó en silencio. El ropero, abierto, respiraba su lavanda. Y yo entendí, con una claridad que me dio más miedo que todas las flores imposibles y los cafés tibios juntos, que Adrián Cárdenas no era el jardinero de mi abuela, ni un vecino oportuno, ni un accidente.
Adrián Cárdenas había venido por la misma puerta que yo. Solo que él había llegado seis años antes, y a él la casa también le estaba esperando.