La casa de las bugambilias Capítulo 4
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Capítulo 4

Del cuaderno de Rosario Ríos: «Las llaves de esta casa no se guardan en un cajón. Se guardan donde nadie busca: entre las cosas que se usan todos los días. El que busca un secreto mira los rincones oscuros. El secreto, mientras tanto, está en la cocina, oliendo a canela.»

No quemé el cuaderno.

Quiero dejarlo claro desde ahora, porque más adelante habrá quien diga —hubo quien lo dijo, con esa seguridad con que la gente repite las mentiras que le convienen— que todo lo que pasó fue culpa mía, de mi terquedad, de la «imaginación de las mujeres Ríos».

No quemé el cuaderno porque era lo único que mi abuela me había dejado escrito a mí, con mi nombre en la primera página, con su mano temblándole en una esquina.

Uno no quema la única carta que le escribieron en la vida.

Uno la lee hasta el final, cueste lo que cueste.

Eso me digo todavía. Hay noches en que me lo creo.

En cambio, hice lo segundo que se hace con un miedo demasiado grande para mirarlo de frente: cociné.

El domingo amaneció con la luz dorada y tramposa de los domingos de pueblo, con campanas, con vendedores de tamales pregonando en la esquina, con el aire lleno de esa mezcla imposible de humo de leña y flores que en Villa Esperanza es simplemente el olor del mundo.

Preparé el caldo de los domingos tal como mandaba el cuaderno: gallina vieja —«la joven no tiene memoria», decía la abuela en una nota al margen—, verduras de la estación, el arroz aparte, el limón y la cebolla picada en platitos, como se ha servido en esa mesa desde antes de que yo naciera.

Doña Carmen llegó a la una, puntual como un juicio. Y detrás de ella, con una botella de agua de jamaica y la incomodidad de quien sabe que sobra, Adrián.

—Lo invité yo —declaró doña Carmen, sentándose—. Un caldo de domingo no se come entre dos. Se come entre tres o no se come. Es matemática de pueblo.

Comimos en el comedor, bajo la mirada de óleo de mi abuelo Ernesto.

Adrián comía despacio, con respeto, como comen los hombres que han pasado hambre alguna vez o los que saben que un plato también puede ser un documento.

En el postre —arroz con leche, del cuaderno, con su canela en rama— se quitó el sombrero de la duda y dijo:

—Su abuela me enseñó ese arroz. Decía que era el único plato que su esposo no soportaba. Lo servía cada aniversario de bodas, todos los años, sin faltar uno. —Me miró—. Yo siempre pensé que era una costumbre rara. Hoy pienso que era otra cosa.

—¿Qué cosa? —preguntó doña Carmen, súbitamente muy interesada en su plato.

—Una venganza pequeña, servida caliente, durante cincuenta años.

Reí. No debí reír, pero reí, y en medio de la risa se me ocurrió —o la casa me lo sopló, que para entonces yo ya no distinguía— que mi abuela había sido una mujer mucho más peligrosa de lo que nadie, ni siquiera su propio esposo, llegó a sospechar.

Fue lavando los platos cuando encontré la llave.

El cuaderno estaba sobre la mesa, abierto en la página del caldo.

Al recogerlo para guardarlo en el aparador, noté que la tapa trasera pesaba distinto.

El forro de tela estaba despegado en una esquina, con una costura más nueva que el resto, una costura de emergencia, cosida con hilo de otro color por una mano apurada.

Con la punta del cuchillo de pelar, con el corazón en la garganta, levanté la tela.

Había una llave pequeña, de latón, oscurecida por los años. Y bajo la llave, pegada al cartón de la tapa, una tira de papel con la letra de mi abuela ya vieja, ya de los últimos años:

«Para la cerradura que no se ve. No es la puerta, Valeria. Nunca fue la puerta.»

—Valeria.

La voz de Adrián, detrás de mí, me hizo dar un salto. La llave cayó sobre el piso de la cocina con un tintineo que sonó enorme, y los dos nos quedamos mirándola como se mira una serpiente pequeña y hermosa.

Él se agachó primero. La levantó entre dos dedos, la examinó a contraluz con una expresión que no le había visto: no sorpresa. Reconocimiento.

—Usted ya vio una llave así —dije.

—No. —Me la entregó, y sus dedos rozaron los míos un segundo más de lo necesario, un segundo que todavía me dura—.

Pero sé dónde hay una cerradura que lleva cincuenta y ocho años esperando.

—Miró hacia las escaleras, hacia el pasillo, hacia arriba—.

No es la puerta del cuarto sellado. Es más pequeña.

Y está en el cuarto de su abuela, en el ropero. Detrás de los vestidos de luto.

—¿Cómo sabe eso?

—Porque su abuela me lo dijo la última semana, antes de morir.

—Su voz bajó hasta casi desaparecer—. Me dijo: «Cuando llegue mi nieta, Adrián, si es que tiene el valor de su abuela, va a encontrar las llaves en orden: primero la del ropero, después la de la verdad.

Usted no la ayude. Usted no la estorbe. Y sobre todo…

» Hizo una pausa que le costó. «Sobre todo, no se enamore de ella.

Las mujeres de esa casa enamoran como los pozos: sin hacer ruido y hasta el fondo. »

El silencio que siguió se podía cortar con el cuchillo de pelar. Afuera, con una puntualidad de teatro, la bugambilia dejó caer una lluvia de flores contra la ventana de la cocina.

—¿Y? —pregunté yo, con la llave ardiéndome en la palma—. ¿Va a cumplir?

Adrián me miró entonces como se mira el mar antes de zambullirse sabiendo que está frío.

—Estoy en eso, dueña —dijo—. Llevo seis años en eso.