La casa de las bugambilias Capítulo 3
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Capítulo 3

Del cuaderno de Rosario Ríos: «Pan dulce de la casa. La masa se deja reposar como se deja reposar a la gente: sin meterle mano, sin apurarla, porque lo que se apura se amarga. Cuando la casa huela a pan, hasta los muertos se acercan a la ventana.»

Doña Carmen llegó a las cinco en punto, sin que nadie la invitara, con una canasta de pan dulce y setenta y nueve años de práctica en el arte de aparecer.

—Traigo conchas —anunció desde el portón, como si trajera una sentencia—. Y vengo a ver a la nieta, que en este pueblo una mujer sola en esa casa es como un plato de mole en una mesa de moscas: noticia segura.

La dejé pasar porque hay fuerzas de la naturaleza contra las que no se discute: los huracanes, las madres y doña Carmen.

Se sentó en la cocina con la autoridad de una reina en visita oficial, aceptó el café de olla mirando la taza con una emoción que trató de disimular, y dio el primer sorbo con los ojos cerrados.

—El de Rosario —dijo—. Dios la tenga. Nadie más lo hace así en Villa Esperanza. Ni usted, con perdón, que le falta el toque.

—¿Cuál es el toque?

—El secreto, mijita. Todo lo de su abuela tenía secreto. —Me miró por encima de la taza—. Hasta su abuela.

Ahí estaba la puerta, abierta de par en par, invitándome. Respiré hondo y la crucé.

—Doña Carmen. ¿Quién era Aurelio?

La anciana no se inmutó. Mojó la concha en el café con la parsimonia de quien ha esperado cincuenta y ocho años para que le hagan una pregunta.

—Aurelio Fuentes —dijo—. Pintor. Bonito como un pecado y pobre como una rata de iglesia.

Pintaba los paisajes del valle y los vendía en la plaza los domingos.

Su abuela lo conoció comprándole un cuadro, un valle con bugambilias, que debe de andar por ahí todavía.

Se enamoraron como se enamora la gente de pueblo en esos años: a escondidas, con cartas, con misa de por medio.

—Dio otro sorbo—. Y luego el papá de Rosario anunció el compromiso con Ernesto Ríos, que tenía tierras, caballo y una madre que ya había elegido hasta las cortinas.

Así se arreglaban las cosas. El corazón era un lujo de la gente sin apellido.

—¿Y Aurelio?

—Aurelio desapareció la noche de Todos los Santos, el primero de noviembre de mil novecientos sesenta y ocho.

—Lo dijo con la misma naturalidad con la que se dice la hora—.

Hubo fiesta en la plaza, ofrendas, música, todo el pueblo borracho de mezcal y de muertos.

Al otro día, Aurelio no estaba. Su cuarto de la pensión vacío.

Ni el caballete dejó. La versión que corrió fue que se había robado la plata de la cofradía y huido a la capital, como los cobardes.

Su hermana Elena lloró un año entero y después no volvió a pronunciar su nombre jamás. Esa es la versión, mijita.

—¿Y la otra?

Doña Carmen se levantó con trabajo, apoyándose en la mesa, y caminó hasta la ventana que da al patio. Adrián estaba ahí, clavando una tabla en la cerca, ajeno o fingiendo estar ajeno a todo.

—La otra versión —dijo la anciana en voz más baja— es que Aurelio nunca salió de Villa Esperanza. —Se persignó—. Pero eso no se dice. Eso se cocina, como dice el jardinero. En voz baja y con la puerta cerrada.

—¿Cuál puerta? —pregunté, aunque ya sabía.

Doña Carmen me miró entonces con una tristeza antigua, de esas que no caben en una sola vida.

—La de arriba, mijita. La que su abuela mandó sellar el día que enterró a Ernesto, y no dejó abrir ni cuando se estaba muriendo. Yo le pregunté una vez, de viejas, de amigas: «Rosario, ¿qué hay en ese cuarto?». Y ella me contestó: «Mi vida, Carmen. La de verdad. La otra ya la viví afuera.»

Se fue al caer la tarde, con la canasta vacía y la advertencia de que volvía el domingo, «porque el caldo de los domingos no se lo puede saltar una, aunque esté muerta», y me quedé sola con la casa y con sus frases dándome vueltas como ropa en lavadora.

El notario había dejado sobre la mesa del comedor la carpeta con los papeles de la sucesión.

La abrí buscando el inventario de la casa —yo solo quería una firma, un trámite, una salida — y encontré, entre escrituras viejas, el contrato de promesa de compraventa que Marco me había mencionado.

Lo leí dos veces. A la segunda vez, las manos me temblaban.

El comprador no era ningún fondo de inversión.

El comprador era Desarrollos Sanz, S.A. , la inmobiliaria de la familia de mi prometido, y el precio acordado era exactamente la tercera parte de lo que una semana antes, en el mercado, el dueño de la ferretería me había dicho, riéndose, que Sanz andaba pagando por los terrenos de esa calle para su proyecto de hotel.

Tres veces menos.

Y el contrato ya traía una fecha de firma.

Y una cláusula que leí en voz alta, sola en el comedor, para creérmela: «La parte vendedora se obliga a entregar el inmueble libre de ocupantes y de cualquier construcción interior no declarada», y entre paréntesis, con la frialdad de lo legal, la frase que me heló: «incluida la habitación sellada de la planta alta, cuya demolición correrá por cuenta del comprador».

La habitación sellada. En el contrato. Con demolición programada.

Nadie compra una casa para demoler un cuarto del que, supuestamente, nadie sabe nada.

Saqué el teléfono para llamar a Marco y exigirle una explicación, pero el teléfono sonó antes, en mi mano, como un animal que muerde primero. Era mi madre. Mi madre, que no me llamaba nunca de noche, que llevaba treinta años huyendo de esa casa por teléfono también.

—Valeria —dijo, sin saludar, con la voz rota de quien ya lloró antes de marcar—. Me dijo Carmen que estás preguntando por Aurelio.

—Mamá…

—Escúchame. —Nunca la había oído así: dura, aterrada—. No cocines de ese cuaderno. No abras esa puerta. Vende la casa, quema el cuaderno y no vuelvas. ¿Me oyes? Quema ese cuaderno, Valeria. Yo debí quemarlo en el noventa y cuatro.

La llamada se cortó, o la cortó ella. Afuera había oscurecido sin que me diera cuenta, y la casa, a mi alrededor, respiraba despacio, como respiran las cosas que llevan mucho tiempo esperando que por fin alguien escuche.