Capítulo 2
Del cuaderno de Rosario Ríos: «Café de olla. Agua, café de grano, canela, piloncillo y paciencia. Se sirve en taza de barro, porque el barro guarda el calor como guardan las casas las palabras: mucho después de que todos se fueron a dormir.»
Desperté con el nombre de un muerto en la boca, aunque todavía no lo sabía.
«Aurelio», dije en voz alta, en la cama de mi abuela, con la primera luz entrando por la ventana y un gallo lejano empeñado en demostrar que Villa Esperanza seguía existiendo.
No conocía a ningún Aurelio. Nunca lo había conocido.
La palabra me supo a canela y a tierra, y tardé un minuto entero en recordar dónde estaba y quién era: Valeria Ríos, treinta y tres años, chef, prometida, dueña provisional de una casa que debía vender en dos semanas.
La noche anterior había hecho exactamente lo que el cuaderno ordenaba.
Bajé a la cocina a las tres de la mañana —usted ya sabe por qué bajé, se lo conté: por el silencio— y, en vez de volver a la cama como una persona sensata, hice el café de olla.
Molí el grano. Herví el agua con la canela y el piloncillo.
Lo serví en la taza de barro que mi abuela usaba, la del borde desportillado, y me senté a la mesa de la cocina a mirar cómo amanecía despacio sobre el patio.
Lo que no le conté todavía, porque aún no sé cómo se cuentan estas cosas sin que lo tomen a uno por loco, es lo que pasó después.
Soñé con la cocina, pero no era mi cocina.
O sí, pero en 1968: la hornilla de leña humeaba, había flores de cempasúchil en un florero de vidrio verde y una muchacha de trenza oscura —dieciocho años, las manos hundidas en masa— lloraba sin hacer ruido mientras su padre, en el comedor, anunciaba a los invitados que su hija se casaba con Ernesto Ríos, «un hombre de bien, con tierras, con futuro».
Los invitados aplaudieron. La muchacha se limpió las lágrimas con el dorso de la mano y siguió amasando.
Y en la puerta de la cocina, con un caballete bajo el brazo y la camisa manchada de pintura, un joven la miraba como se mira lo único verdadero en una casa llena de mentiras.
Era yo la que amasaba. Era yo la que lloraba. Y no era yo en absoluto: era Rosario, mi abuela, con dieciocho años y el corazón rompiéndosele dentro del pecho como un cántaro.
Me desperté con las manos dormidas y el nombre en la boca: Aurelio .
—Estás cansada —me dije en el espejo del baño, practicando la voz de Marco—. Viajaste diez horas. La casa de un muerto impresiona. Los sueños son sueños.
El espejo, que tenía una mancha de humedad con forma de continente, no pareció convencido.
En el mercado compré lo necesario para dos semanas de no pensar: jitomate, cebolla, chiles, hierbas, pan dulce para el desayuno y café, mucho café, porque si algo me ha enseñado la vida es que los misterios se enfrentan despierta o no se enfrentan.
La señora del puesto de las flores me miró dos veces.
—¿Usted es la nieta de doña Rosario? —preguntó.
—Soy yo.
—Se parece —dijo, y me puso tres flores de cempasúchil de más en el ramo, sin cobrarlas—.
Ella también compraba como si fuera a cocinar para un ejército.
Y eso que vivía sola. Bueno —se corrigió, mirando hacia la calle, hacia mi casa, como si la casa pudiera oírla—. Vivía sola, pero cocinaba acompañada.
No quise preguntar. Todavía no. Hay preguntas que son como puertas: si las abres demasiado pronto, ya no hay manera de fingir que no viste lo que había detrás.
De regreso, lo vi en el patio.
Adrián estaba subido a una escalera, podando la bugambilia con unas tijeras grandes, y la luz de la mañana le atravesaba la camisa.
Había flores caídas por todo el suelo de baldosas, un escándalo fucsia, y él trabajaba con la calma feroz de quien hace una sola cosa en el mundo.
Cuando me oyó entrar, bajó de la escalera sin prisa.
—Le dije que llenara la olla —dijo, señalando mis bolsas con la barbilla—. Veo que compró el mercado entero.
—Compro cuando estoy nerviosa. Cocino cuando estoy triste. Es una suerte que no esté las dos cosas, o tendría que alimentar al pueblo entero.
—En este pueblo eso no sería un problema. Aquí la gente llega a una cocina triste como las moscas a la miel.
Se limpió las manos en el pantalón y me miró de esa manera suya, directa hasta la incomodidad, como si me estuviera contando los huesos.
—¿Durmió bien, dueña?
—Soñé —dije, y me arrepentí al instante.
—¿Con la casa?
—Con mi abuela. Cuando era joven. —Hice una pausa—. ¿Usted sabe quién era Aurelio?
La tijera de podar se quedó quieta en su mano. No fue un gesto grande; fue peor que un gesto grande: fue la ausencia total de gesto, como si mi pregunta hubiera apagado algo. Tardó dos segundos en responder, y los cocineros medimos el tiempo en segundos como los demás lo miden en campanadas.
—En Villa Esperanza hay nombres que se dicen y nombres que se cocinan —dijo al fin—. Ese se cocina, Valeria. En voz baja y con la puerta cerrada.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que le puedo dar gratis. —Volvió a subir a la escalera, y desde arriba, entre las ramas, agregó, sin mirarme—: Pregúntele a doña Carmen. A ella le pagan en pan dulce y chismes desde antes de que usted naciera. Ella le va a cobrar lo mismo que yo, pero va a parecer más barato.
Esa tarde llamé a Marco, porque era lo que hacía siempre que el mundo se me movía de sitio: llamar al hombre razonable que me lo volvía a poner en su lugar.
—¿Cómo va la casa, amor? —preguntó él, con su voz de domingo por la mañana.
—Grande. Vieja. Llena de polvo y de parientes en las paredes.
—El notario me dijo que el comprador quiere cerrar antes de fin de mes. Es una excelente oferta, Vale. Más de lo que ese terreno vale en realidad. Deberías firmar el poder esta semana y olvidarte. Yo me encargo de todo desde aquí.
—¿Quién es el comprador, Marco?
Una pausa. Corta. Casi nada. Pero yo mido el tiempo en segundos, ya se lo dije.
—Un fondo de inversión. Gente seria. ¿Por qué?
—Por nada —dije, mirando por la ventana de la cocina cómo Adrián regaba la bugambilia en flor, en octubre, contra toda ley de la naturaleza—. Por saber en manos de quién va a quedar la casa de mi abuela.
—En buenas manos, amor. Como tú. Tú estás en buenas manos.
Colgué con una sensación rara, como de trago amargo después de algo dulce. Y entonces, para no pensar —porque pensar en esa casa era como asomarse a un pozo—, abrí el cuaderno de mi abuela por la segunda receta.
«Caldo de los domingos» , decía la página, con la letra redonda y firme. «Para los días en que la familia se sienta a la mesa y nadie dice lo que de verdad le pasa. El caldo lo dice por ellos.»
Debajo, con otra tinta, más vieja o más triste, una línea que no era una instrucción de cocina:
«Lo serví el día que anunciaron mi compromiso. Él estaba en la puerta, con las manos manchadas de pintura, y yo entendí que mi vida ya no era mía.»
Leí la frase tres veces. Afuera, la bugambilia golpeaba suavemente contra la ventana, aunque no había viento.