La Calle de Atrás -25-
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Capítulo

En el que Lily se enfrenta a su poder

La mejor habitación del Hotel Oriental ocupaba una esquina en la planta alta, con ventanas y un balcón a la calle Real.

El dormitorio era amplio y comunicaba, mediante una puerta de dos hojas, con un pequeño gabinete.

El techo, alto, ocultaba bajo el encalado las robustas vigas de tea.

Las paredes, encaladas y desnudas, apenas lucían un espejo de marco oscuro y una lámina religiosa.

La cama dominaba la estancia. Era de hierro fundido, pintada de negro brillante, con remates de latón pulido y un colchón cubierto por sábanas gruesas de lino.

Sobre el cabecero caía, en pliegues ligeros, una mosquitera recogida con cintas blancas.

A un lado descansaba un lavabo de mármol con su jofaina y su jarra de porcelana: al otro, un armario de madera de tea que desprendía el olor resinoso propio de la carpintería isleña.

Rosa abrió el baúl de viaje y sacó un fino camisón de algodón, que la madre de Lily había seleccionado para la noche de bodas. Lo extendió cuidadosamente sobre la cama, alisando las arrugas con las palmas de las manos.

Frente al balcón había una mesa redonda cubierta con un tapete de ganchillo.

Lily dejó sobre ella los guantes, bajo la atenta mirada del cónsul.

Después tomó asiento en una de las butacas de rejilla y fijó la vista en el biombo que le permitiría cambiarse con cierta intimidad. Confiaba no tener que llegar a eso.

Las contraventanas estaban entreabiertas, dejando entrar la brisa cargada de sal y la luz amarillenta de las farolas de la calle. Lily agradeció aquel aire fresco porque se sentía destemplada.

—Señora, ¿quiere que la ayude a cambiarse? —preguntó Rosa con un deje de nerviosismo, sin saber muy bien qué se esperaba de ella ahora que su señorita era una mujer casada.

—No, Rosa. Muchas gracias. Lo haré sola. Ya puedes retirarte a tu habitación. Mi esposo te dirá dónde está. ¿Verdad, querido?

El cónsul dio un ligero respingo, sorprendido ante aquel tratamiento tan afectuoso. Su piel por fin perdió aquel matiz verdoso y adquirió algo de color rosado.

—Por supuesto, querida mía. Vuelvo enseguida.

—Que descanse, señora —dijo Rosa.

—Gracias, Rosa. Tú también.

Y sonrió a la muchacha, a la que no esperaba volver a ver. Sin embargo, al verla salir, sintió que Rosa merecía una despedida mejor que esa. Se levantó de inmediato y fue tras ella.

—Gracias por todo, Rosa.

La tomó de las manos. La doncella se quedó inmóvil, desconcertada, antes de esbozar una sonrisa tímida.

Rosa no quería dar motivo alguno para que el cónsul la reprendiera o, peor aún, para que prescindiera de sus servicios ahora que su situación dependía de él.

Pero Mae parecía un mono al que le habían regalado un plátano.

No prestaba atención a nada que no fuera Lily.

Cerró la puerta.

Era la hora.

Cuando el cónsul regresó, Lily lo esperaba de pie, en el centro de la habitación.

—¿Querida?

—Ha llegado el momento, Mae —anunció, tendiendo una mano para atraerlo—. El tiempo te espera.

Mae se acercó con los ojillos brillando de una avidez feroz, hasta que ella apoyó la palma contra su pecho y lo detuvo a la distancia justa.

Y entonces recitó el hechizo que esperaba que fuera una sentencia:

—Mae, te entrego todo el tiempo mortal de una vida.

La sonrisa de Mae se fue haciendo pequeña.

Los labios se le retrajeron y los dientes se le ennegrecieron.

La piel de la cara se le descolgó y el escaso pelo se le blanqueó y se le cayó.

Se miró las manos, alzándolas ante unos ojos cuyos iris se habían vuelto blancos, como cubiertos por un velo.

Las uñas le crecían a un ritmo absurdo. Mae gritó cuando se las mostró a Lily horrorizado.

—¡¿Qué me has hecho?!

—Darte lo que querías.

Mae estalló en un aullido desgarrador y agarró a Lily por el cuello, levantándola como si no fuera más que un saco de plumas.

La lanzó contra las puertas del balcón, que se abrieron de golpe, y la dejó suspendida en el vacío, sujeta únicamente por el cuello.

El dolor de la garganta era insoportable, al igual que el de los pulmones, que reclamaban un aire que Mae le impedía tomar.

—¡Mae!

Higa.

Lily abrió aún más los ojos, si cabía, aunque parecía imposible. Higa había venido para salvarla.

—¡Suéltala!

Mae sonrió con tanto odio que los labios se le abrieron y se le llenó la boca de sangre negra y espesa.

Y la soltó.

Y mientras caía, Lily pensó en la ironía de la vida. En como todo podía acabar… justo donde había empezado.