La Calle de Atrás -26-
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Capítulo

En el que Lily comprende muchas cosas

El tiempo se estiró hasta casi detenerse.

Para Lily, cada segundo se desplegaba interminable.

La caída se transformó en un desplazamiento ligero y silencioso.

Sonrió ante aquel fenómeno tan extraordinario.

Giró despacio, probándose, apoyando las manos en el aire para deslizar su cuerpo de un lado al otro antes de dirigirse al lugar donde quería caer, como si planeara, como si fuera el avión de Mateo.

Descendió lejos de las posibles miradas, esquivando la vegetación hasta posarse como un pajarito sobre un banco junto a una fuente, en la parte trasera del hotel, en el centro de un jardín vacío.

Cuando estuvo a salvo, el mundo a su alrededor recuperó su pulso normal de un tirón.

El sonido de la fuente regresó, el aire volvió a moverse y el tiempo ocupó de nuevo su lugar.

Pero entonces, el jardín se inclinó, las formas se deshicieron en sombras borrosas y, sin resistencia, su cuerpo cedió.

Cayó de lado sobre la madera fría del banco, mientras un pensamiento se quedaba flotando en su mente hasta que se apagó con ella: «Así que esto es lo que ocurrió la primera vez».

Esta vez se despertó en el mejor sitio del mundo, en los brazos de Higa, que parecía mucho menos alterado de lo razonable.

—¿Vas a seguir desmayándote para siempre?

—Si eso hace que tu campanilla suene y tengas que correr a mí, puede que sí.

—Podrías encontrar mejores formas para hacerla sonar.

Y la besó. Y Lily dejó de pensar que lo de antes había sido volar. Volar era estar con Higa.

—No te veo alterado por la posibilidad de que hubiese muerto.

—Sabía que no morirías, ya te vi caer la primera vez. Así supe que eras una hacedora de tiempo.

Lily ronroneó.

Entonces, en medio de la satisfacción de tener sus labios al alcance de nuevo y volver a besarlo, recordó a Mae… y la Calle.

—Mae —pronunció.

—Está vivo, pero no tiene buen aspecto.

Lily dejó escapar el aire que estaba reteniendo.

Pobre Mae. Puede que fuera el dios de la permanencia, pero no era demasiado listo.

De haberlo sido, habría entendido mucho antes que el tiempo mortal que consumía le permitía permanecer en la Calle de Delante, pero a un precio: ese tiempo lo desgastaba y lo envejecía como a cualquier mortal, igual que una fruta empieza a secarse y pudrirse desde el mismo instante en que se desprende del árbol.

—Hay que devolverlo a la Calle —continuó Higa.

—Me tienta dejarlo aquí pudriéndose. Ha intentado matarme.

—A mí tampoco me hace gracia salvarlo, pero si él desaparece, la Calle de Atrás también. Son las reglas.

Sí, las malditas reglas.

De vuelta a la habitación, Lily vio con sus propios ojos a lo que se refería Higa con «no tener buen aspecto», de hecho, la expresión se quedaba corta.

Se había vuelto gris y estaba grotescamente encorvado.

Además, en la espalda empezaba a formársele una concha: los huesos le sobresalían bajo la tela de la chaqueta, creciendo y retorciéndose en espiral.

Se estaba transformando en un caracol. Y si completaba la transformación fuera de la Calle…

—Tenemos que salir de aquí cuanto antes —dijo Higa con la voz grave.

Aunque lo hubiera dicho cantando, Lily entendía la magnitud del problema. Y entonces le entró la risa. Ella podía estirar el tiempo a su alrededor de tal manera que podrían tardar horas, e incluso días, en trasladar a Mae a la Calle sin que para el resto del mundo pasara ni un solo segundo.

Mae intentó decir algo, pero las cuerdas vocales se le habían secado como todo lo demás. Miraba a Lily como si fuera un cachorro dentro de una cesta.

—¿Vamos? —preguntó Higa.

—Espera.

Lily se acercó al elegante escritorio que había en una esquina de la habitación y garabateó unas líneas en un papel grueso que encontró junto a una pluma y un tintero.

El cónsul y yo hemos decidido emprender el viaje sin doncella. Regresa a casa de mis padres.

Gracias por ser mi amiga.

Lily.

Dejó la nota a la vista, segura de que Rosa la encontraría a la mañana siguiente.

Llegaron al callejón con Higa llevando a Mae, mientras Lily cargaba con parte de su equipaje.

Durante el trayecto, la transformación del dios de la permanencia había seguido avanzando dolorosamente, y para cuando cruzaron, ya no quedaba nada humano en él: era un caracol completo, el doble de grande que el hombrecillo que había sido el cónsul.

Su caparazón, opaco y pútrido, era una espiral gruesa y pesada con capas superpuestas como costras de tiempo acumulado, como ciclos repetidos hasta volverse materia petrificada.

Mantenía la cabeza parcialmente oculta, blanda, temblorosa, incapaz de sostenerse.

De la abertura rezumaba una baba densa y oscura que desprendía un hedor insoportable.

Esta vez, la vida de Lily no fue transferida a una unidad de almacenamiento de tiempo. Salió del callejón sin aquella bolsa que la vez anterior había contenido su eternidad: etérea, ingrávida e imposible de acuñar en monedas de tiempo.

—¿Ya no hay bolsa? —preguntó a Higa mientras se adentraban en la casa de Mae.

—Al derrotar a Mae, sus reglas han desaparecido.

—¿Qué quieres decir?

—Que ya no hay bolsas para nadie.

—¿Y entonces cómo funciona ahora la Calle?

—La Calle de Atrás funciona como ha funcionado desde que existe.

—¿Así, sin más?

—¿Sin más? Has derrotado a Mae tú sola.

Eso era cierto. Quizás era hora de sentirse orgullosa de sí misma. Tal vez no fuera una necia después de todo.

Atravesaron varios pasillos en silencio. En una de las habitaciones Lily alcanzó a ver un charco enorme de aquella tinta que Mae usaba para formar sus criaturas.

Siguieron hasta la última estancia, que era como la guarida de un monstruo. Las paredes estaban cubiertas por una capa espesa, casi orgánica, que supuraba en algunos puntos, y el aire era tan denso y fétido que costaba respirarlo.

—¿Qué es este sitio, por Dios? —murmuró Lily, cubriéndose la nariz y la boca con la manga del vestido.

—Es la habitación de Mae. Donde se regenerará y volverá a empezar.

A Lily se le descompuso el gesto.

—¿Qué? ¿Volverá?

—Tal como está ahora, tardará siglos en conseguir regenerarse para volver a transformarse en humano, pero ya sabe que no podrá ni controlarte ni derrotarte.

—Pero… es mi marido.

Higa miró al enorme caracol, escondido ya del todo dentro de su caparazón.

—Sí, es un detalle inquietante —rio.

—No tiene gracia. —Lily le dio un puñetazo en el brazo.

—¡Ay! —se quejó—. Te dije que no te casaras con él.

—¿Y cómo querías que lo atrajera a la soledad del hotel?

—Creo que te habría acompañado al fin del mundo si se lo hubieras pedido, Lily.

—Pero… ¿y mi reputación?

Higa volvió a estallar en carcajadas.

—Tu reputación ya no tiene remedio.

La atrajo hacia sí y la besó.

Cuando salieron de la casa de Mae, los residentes de la Calle, su Calle, la esperaban y en cuanto la vieron surgir de aquellas sombras que se tragaban el espacio, estallaron en vítores.

Sentirse orgullosa de sí misma era maravilloso; pero que los demás se sintieran orgullosos de ella… era mucho más.