La Calle de Atrás -24-
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Capítulo

En el que Lily se plantea unirse a un grupo de actores itinerante

A Lily le sorprendió que Mae fuera capaz de perder todavía más el color humano para volverse más verde.

Casi se compadeció de él.

—Padre, por favor, dispense al cónsul; se ha dejado llevar por el entusiasmo de la boda tan próxima. Estoy segura de que lo entiende.

Si seguía así y lo de la Calle no salía como esperaba, Lily pensó que siempre podría unirse a una compañía de teatro ambulante.

Esperaba no haberle guiñado también un ojo a su padre de forma involuntaria.

Rogelio tampoco parecía comprender cómo era posible que ella dijera algo así cuando, apenas unos días antes, había suplicado de rodillas que no la casara con el cónsul.

Lily estaba igual de patidifusa consigo misma y sus nuevas «habilidades».

Rogelio se cuadró como si hubiera sido alguna vez militar y, sin decir nada, abandonó la salita.

Por el rabillo del ojo vio a Mae soltar el aire, y se sintió orgullosa de su padre, de cómo había reaccionado: protector y dispuesto a batirse en duelo con el cónsul si a aquel le hubiera dado por decir algo en lugar de encogerse de miedo.

Su madre entró enseguida, algo acalorada, pero con una sonrisa ladeada.

Despidió al cónsul alegando que Lily tenía mucho que preparar.

—Comprendo, señora Rivera —dijo Mae, besando su mano.

Luego acercó los labios a la mano de Lily y no solo la besó, sino que inspiró como si pudiera seguir absorbiendo a través de su piel aquello que tanto ansiaba.

Al día siguiente, la víspera de la boda, la casa de la calle del Puente se convirtió en una sucesión de idas y venidas.

Llegaban familiares e invitados cargados de abrazos, flores y felicitaciones.

La cocina no paraba de despedir el aroma de un plato tras otro, y las voces llenaban cada rincón de la casa. Todo era ruido. Todo era celebración.

Mientras tanto, Lily preparaba un equipaje que, esperaba, jamás llegaría a Italia.

Asentía a las sugerencias de su madre, que daba instrucciones sin parar a la pobre Rosa, que tenía el interior de la mejilla en carne viva de tanto morderse.

Lily elegía los vestidos imaginando el patio de su tienda y no los paisajes italianos, asegurándose de tener suficiente ropa interior, afeites y perfumes, como si realmente fuera una novia ilusionada con su viaje, y no una futura prófuga que esta vez preparaba a conciencia su huida.

Aquella última noche, Toña le llevó una infusión caliente y se sentó en el borde de la cama.

—Estarás bien, ¿verdad, mi niña?

Era la primera vez que alguien le hacía esa pregunta sin esperar una respuesta adecuada, sino una sincera.

—Estaré muy bien. No tienes de qué preocuparte, Toña.

La mujer asintió y se levantó con un crujido de huesos.

A Lily le habría gustado regalarle tiempo, pero no podía rejuvenecer a todos los que amaba sin más. ¿O sí?

Toña se acercó a la ventana para cerrarla.

—Ya está ahí ese chivo blanco otra vez comiéndose los jazmines de la señora. Me pregunto de dónde se habrá escapado.

Lily tuvo que esconder una sonrisa.

Ella lo sabía.

De casa.

La noche pasó deprisa, mucho más deprisa de lo que Lily habría querido, y eso que dio tantas vueltas que amaneció con la cabeza a los pies de la cama.

A las diez de la mañana, el cura los esperaba en la iglesia para que cumplieran con la costumbre de confesarse antes del matrimonio y llegaran sin mácula al sacramento, aunque hubiesen cometido atrocidades. Normalmente bastaban tres padrenuestros y un par de avemarías.

A Lily le dio la risa mientras desde el confesionario, enumeraba banalidades como la gula y ocultaba lo de de saltar por la ventana o huir en plena noche de la casa de sus padres.

Aun así, después, arrodillada en un reclinatorio ante el altar, con Mae en el de al lado sufriendo el calor que desprendían tantas velas, rezó y rezó. Hasta recitó, por si acaso, un mea culpa que le salió bastante decente.

Mae estaba pletórico a pesar de secretar fluidos sin parar. Se secaba una y otra vez con un trapo amarillento que sacaba del bolsillo de la chaqueta. Veía tan cerca la victoria que casi saltaba en lugar de caminar por los pasillos de la iglesia.

Cuando llegó la noche, Lily cumplió el rito del paseíllo hasta el altar del brazo de su padre, con la misma sensación de saltar en lugar de andar, deseando terminar lo antes posible con aquel teatro.

Al pronunciar los votos cruzó los dedos por si servía.

Cuando Mae acercó los labios a los suyos, Lily interpuso entre ambos un hilo de tiempo fino como una barrera invisible.

El hechizo hizo retroceder los labios de Mae justo antes del contacto e impidió que llegaran a rozarla.

Por suerte, estaba cogiéndole el tranquillo a su poder bastante deprisa, porque la otra opción era arrancarse los labios.

Al final salió del brazo de Mae, bajo las miradas compasivas de muchos de los invitados.

Aun así, resistió cada minuto y cada paso y, finalmente, cada despedida, hasta que se encontró subiendo a la segunda planta del único hotel de la capital con Mae a su lado y la buena de Rosa un paso por detrás de ellos.