La Calle de Atrás -23-
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Capítulo

En el que Lily se comporta como una prometida ilusionada

No se percató hasta que cerró la puerta de su habitación de que tenía las mejillas hú medas.

Podría mantener un comportamiento impecable durante los próximos dos días, pero después de la boda tenía previsto volver a desaparecer.

Volvería a decepcionar a su padre cuando no regresara del viaje de bodas que su madre había organizado para recorrer Italia y con el que Mae se había mostrado encantado.

Si ella no podía imaginar a Mae con los pantalones remangados mojándose los pies en el Mediterráneo, seguro que él tampoco era capaz, pero estaba tan metido en su papel que se le olvidaba que era un caracol de tierra la mitad del tiempo, no un camarón.

Pero ese delirio solo podía significar que tenía previsto exprimir la Calle para poder permitirse todo ese tiempo fuera.

Así que tenía que contarle lo que era antes de que lo hiciera.

Tenía que centrar toda su avaricia en ella y alejarla de los residentes.

En ese momento echó de menos la franqueza del gusano, seguro que tenía una opinión directa y práctica sobre la factibilidad de su plan.

Unos golpes en la puerta la sobresaltaron. Tenía que tranquilizarse y dejar de pegar botes por todo o no lograría engañar a nadie.

Su madre entró cuando ella le dio paso.

Martina cruzó la habitación con la expresión contenida, dando pasitos cortos. Sostenía en los brazos un bulto enorme envuelto en papel fino: el vestido de novia, en el que su madre veía la promesa de una vida nueva para Lily.

—Lo ha traído la modista. Quería hacer una última prueba, pero he pensado que preferirías no recibir esa visita…

hoy —dijo, mientras se acercaba a la cama y dejaba el paquete con cuidado.

Luego la miró con una mezcla de ternura, solemnidad y miedo: miedo a que todo pudiera volver a torcerse, a la reacción de Lily, a su rechazo.

Pero Lily sonrió y se acercó a la cama. Eso infundió valor a su madre, que fue retirando la envoltura hasta que apareció la tela: clara, sobria, fina, con ese brillo mínimo que solo tienen las prendas hechas para durar en la memoria. Su madre lo alzó apenas, sosteniéndolo por los hombros y la miró.

—Es precioso, madre.

Lo era. Perfecto si la boda fuera con otro novio, uno que la mitad del tiempo tenía cuatro patas.

Su madre pasó los dedos por una manga, alisando una arruga inexistente para evitar suspirar de alivio o emocionarse demasiado. Conocía lo imprevisible del carácter de Lily. Al menos de la antigua Lily.

—Siento haber sido tan inflexible con esta boda, Lily. Y me gustaría que comprendieras por qué.

Lily agarró la mano que sostenía la manga y le dio un suave apretón.

—No tenías elección —le dijo.

Una lágrima solitaria bajó hasta la comisura de la boca de Martina y desapareció en una suave arruga que le cruzaba perpendicular a su sonrisa, como si nunca hubiera estado allí.

—Para las mujeres de nuestra posición no hay más opción que el matrimonio… y la obediencia —dijo, con la voz algo temblorosa.

A Lily le habría gustado corregirla, contarle que había otras opciones, que al menos en eso había tenido ella cierta razón, que existía una calle al margen de aquel mundo subyugado por los hombres, pero, para ser justa, tampoco era del todo cierto, porque la Calle de Atrás también estaba controlada por hombres, aunque aquellos hombres fueran dioses.

—Al menos, padre ha sido un buen… marido.

—Oh, sí —se apresuró a responder su madre, abriendo mucho los ojos ante aquel comentario de su hija tan inesperado—.

Lo ha sido. Tu padre es un hombre severo, pero no en exceso, y tengo una buena vida.

Y espero que tú también la tengas. —Soltó el vestido y retiró la mano que Lily aún apretaba—.

Por sus compromisos diplomáticos y también por su pasado militar, el cónsul viajará con frecuencia.

Seguro que también encuentras que la vida puede ser muy satisfactoria cuando tu tiempo a solas se multiplica.

—Sonrió, aunque la sonrisa no le llegó a sus ojos.

Así que, mientras ella anhelaba las visitas de su padre, su madre disfrutaba de esos periodos de ausencia. Dos puntos de vista opuestos: la inocencia y el desengaño. También resultaba paradójico que su madre empleara la expresión «multiplicar el tiempo».

Entonces, por puro instinto, Lily rodeó la cama y la abrazó.

Eso descolocó aún más a la fría y práctica Martina, desacostumbrada a las muestras de afecto.

Sin embargo, pasado ese primer instante de desconcierto, se abandonó al abrazo, liberando, al menos durante ese tiempo, el miedo a perder a su hija, el desapego que había mantenido con ella para protegerse, los reproches punzantes que le había lanzado Rogelio aquellos días de incertidumbre en los que pensaban que ya no volverían a verla.

Ahora su hija estaba allí, y estaba a salvo.

Y en dos días podría despojarse de esa angustia que la atormentaba, que la hacía sentir tan antinatural y ruin por desear que se casara y abandonara la casa para que dejara de causarle quebraderos de cabeza.

Lily comprendió todo eso en ese abrazo y la perdonó…

y se perdonó. Cuando se separaron, Martina ya no tenía aquella arruga en la comisura de la boca ni la que cruzaba el entrecejo de tanto fruncirlo.

Por la tarde, Lily aguardó a Mae en la salita de su madre. Fiel a su rutina y al protocolo, a las cinco en punto se presentó perfectamente acicalado y con una sonrisa triunfal y pedante que no se molestó en disimular.

Y allí estaba ella, obediente, dócil, virtuosa, sentada en el lado izquierdo de un canapé de terciopelo estampado y filigranas doradas, con las manos unidas en el regazo, la mirada baja, la espalda recta.

Se levantó cuando él se acercó a besarle la mano.

—Señorita Elisa, cuánto me alivia verla recuperada. Si me permite el cumplido, está radiante. Y… usted también, señora Rivera —dijo, observando a Martina ojiplático y sin saber muy bien qué expresión adoptar. Después se inclinó para besarle también la mano.

—Es muy amable, cónsul. El ver a mi hija ya recuperada ha sido un bálsamo para mi salud.

Martina se sentó en una butaca individual a juego con el canapé, y Mae tomó asiento a la derecha de Lily, con su gruesa rodilla rozándole los pliegues del vestido color lavanda que llevaba.

Las costuras del ribete azul de las mangas y del escote le rozaban la piel y la hacían estar más tiesa de lo normal.

Como si no estuviera ya lo suficientemente incómoda.

Toña entró con café y pastelillos de almendra y Lily aprovechó la distracción.

—Madre, ¿puedo pedirle que nos deje al cónsul y a mí a solas un momento? Yo serviré el café. Al fin y al cabo, en apenas un día y medio estaremos casados.

Martina, que ya se inclinaba sobre la bandeja, se detuvo y miró a su hija sin estar segura de haber oído bien.

Toña también la miró con el ceño tan fruncido que se le quedaron los ojos como los ojales de una chaqueta.

—Supongo… que no hay nada de malo en ello. Iré a supervisar las flores del salón de recepciones. Las han traído esta tarde desde la hacienda para la boda.

—Mi prometido y yo le agradecemos todas las atenciones que se está tomando para que todo esté perfecto, madre. ¿No es así, cónsul?

—Cierto, cierto —dijo el cónsul, hinchado como un sapo—. Muy agradecidos.

Martina y Toña salieron, dejando la puerta abierta.

Lily sirvió dos tazas, manteniendo la compostura a pesar de que sentía la mirada penetrante y ávida del cónsul sobre ella. Le entregó una que él rechazó.

—Para mí no, gracias.

—Oh —exclamó fingiendo un puchero—. La he preparado con la esperanza de que me dijera si es así como le agrada tomar el café. Como buena esposa, me gustaría conocer bien los gustos de mi marido para poder complacerlo.

La expresión del cónsul fue de tal naturaleza que Lily se sintió asqueada. El dios de la permanencia estaba participando en su juego sin saber que jugaba, y Lily casi se asustó de lo bien que le estaba yendo la partida.

El cónsul se llevó la taza a los labios y tragó.

Aunque quiso disimular la mueca de dolor, no lo consiguió.

Comenzó a sudar. Cuando entreabrió los labios de nuevo, el hedor fue como un golpe, intenso, nauseabundo.

Lily acercó la nariz a la taza y fingió beber para poder escudarse detrás del aroma del café y atajar las náuseas.

Mae dejó la taza en la bandeja y la miró, acercándose un poco más a ella.

—¿Por qué deseaba que nos quedáramos a solas?

—Quiero que deje a los residentes de la Calle en paz.

La ilusión dio paso a la furia.

—¿Ese era el motivo?

—No todo. Le pido que deje a los residentes en paz… porque yo puedo darle lo que desea.

La avaricia y la lascivia se mezclaron en su rostro.

—¿Y qué deseo? —preguntó y, envalentonado, puso la mano sobre la rodilla de Lily. Ella resistió el impulso de apartársela de un golpe.

—Tiempo.

La palabra lo descolocó.

—No sé si la entiendo.

—Soy una hacedora de tiempo —se le confesó al oído, aguantando la respiración y armándose de un valor que no creía poseer. Después se alejó tan deprisa como pudo.

Aquel hombrecillo patético abrió tanto los ojos que, por un instante, su adicción al tiempo le produjo a Lily más lástima que repulsión.

—Si promete dejar la Calle en paz le daré todo el tiempo que quiera. Estaré a su servicio toda la eternidad.

—Tiempo —susurró aún perplejo.

Y, para demostrar que podía, murmuró lo bastante alto para que solo él la oyera.

—Te doy un año de tiempo mortal.

Mae inspiró como si el tiempo hubiera entrado en él con la dulzura de un azucarillo. Se le humedecieron los ojos, y apretó la rodilla de Lily.

Y entonces, Rogelio Rivera bramó desde la puerta.

—¡Quítele la mano de encima a mi hija!