La Calle de Atrás -22-
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Capítulo

En el que Lily se reencuentra con ella misma

La casa de su familia estaba en completo silencio, como un mausoleo que no había sido visitado en años.

El olor a salitre y el bullicio del muelle cercano la devolvieron a la realidad y hasta la hizo dudar de que la Calle de Atrás realmente existiera. Tal vez todo había sido un sueño.

Se miró las manos, que retorcía sin atreverse a llamar a la puerta. Aún podía salir corriendo de vuelta al callejón, donde se había despedido de Higa pidiéndole que cuidara del gusano y de su tienda.

La puerta se abrió de golpe y Toña salió precipitadamente por ella, agarró a Lily del brazo y la metió en la casa lo más deprisa que le permitieron sus rollizas piernas.

—¡Lily, alabado sea Dios! ¿De dónde sales, niña? ¿Dónde has estado?

—¡Lily! —Martina emergió del salón con un grito ahogado. Iba formalmente vestida para una hora tan temprana, pero desaliñada, como si llevara días sin cambiarse de vestido. Examinó a su hija de arriba abajo con los ojos anegados en lágrimas—. ¡Virgen santa! ¡Rogelio!

El padre de Lily apareció con el rostro desencajado. Se acercó a Lily, la agarró por los brazos y la sacudió.

—¡Maldita sea, Elisa! ¿Dónde demonios has estado?

¿Sabes lo que has hecho? ¿Tienes alguna idea de lo que has hecho?

—Una bofetada le cruzó la cara y le dejó ardiendo la mejilla.

Luego vino el abrazo, tan fuerte que Lily pensó que se le romperían las costillas—.

Nos has dado un susto de muerte. Pensamos que finalmente habías…

—la voz de su padre se desvaneció en una emoción ahogada.

Lily nunca lo había visto reaccionar así, sin ningún tipo de control.

Se sintió tan mal por todos que no pudo emitir más sonido que un «lo siento».

La mentira que había ensayado de camino allí parecía haberse esfumado de su mente.

Tenía que recuperarse, concentrarse en el plan, en los residentes de la Calle de Atrás que confiaban en ella y la necesitaban, aunque resultara difícil no dejarse envolver por la seguridad de estar en casa, al menos la seguridad de aquel momento exacto.

Dos horas después y tras insistir en que se encontraba bien y dispuesta a hablar con su padre, Lily volvía a estar en el despacho.

Le había costado un enorme esfuerzo seguir actuando como la Lily anterior a la Calle mientras Rosa la ayudaba a bañarse y vestirse.

También le había costado no derrumbarse cuando Toña la colmó de atenciones, sin hacerle preguntas ni reproches, limitándose a demostrar el inmenso alivio de que estuviera de vuelta sana y salva.

—Explícate, Lily —dijo su padre con un tono tan decepcionado que, de no haber sido porque la Calle seguía siendo una realidad, se habría sentido el ser más egoísta y miserable de la creación.

—Yo… —Lily carraspeó y recordó la importancia de usar las palabras exactas en los hechizos…

y en la vida—. Me asusté, padre, y huí. No voy a negar mi responsabilidad en el daño que he causado a la familia.

No quería ir a la hacienda, ni casarme, y tuve un nuevo ataque de debilidad.

—Hizo una pausa, dejando que se asentara en la mente de su padre la idea de que su huida había sido un eslabón más de una cadena de actos deliberados y estúpidos propios de una mente femenina, que sin duda era lo que él esperaba oír—.

Pero no llegué muy lejos. Me desmayé en una calle adyacente al puerto y desperté en una habitación junto a otros enfermos.

Me han tenido retenida allí todo este tiempo, medio inconsciente, bajo los efectos de alguna clase de medicamento.

Una religiosa me ayudó a escapar, bendita sea.

Su padre la escuchaba con la expresión impasible. Lily la conocía. Sopesaba si podía creerse una historia tan novelesca. Su sentido práctico y su lealtad al apellido familiar llevaban el peso de aquella deliberación.

—¿Me estás diciendo que no huiste con nadie? ¿Que tu virtud y tu valía siguen intactas?

—Le doy mi palabra.

Se levantó y se colocó delante del escritorio. Erguido, con las manos entrelazadas a la espalda. La observó, como si pudiera descubrir una mancha a través de la ropa, de la carne.

—¿No te reconoció nadie en el hospital, cuando ya habías estado antes allí?

—No estuve en el hospital. Era… una casa de beneficencia.

Su padre pareció dejar de respirar durante un instante.

El silencio se alargó unos segundos que a Lily le parecieron eternos (tanto como ella misma) y que bastaron para que la rigidez de la mandíbula de su padre delatara el golpe que acababa de recibir.

Su única hija, una Rivera, en una casa de beneficencia.

Cuando habló, su voz seguía siendo correcta, pero había perdido el calor.

Sin embargo, a Lily solo le importó una cosa: la creía.

—Si me dices dónde está esa casa, me ocuparé de que todos y cada uno de los que trabajan allí…

—Padre —lo interrumpió—, fue mi culpa. Yo me puse en esa situación comprometida. Y si damos un paso en falso, descubrirán quién era yo y saltará el escándalo. La boda es en dos días.

El labio superior de su padre tembló ligeramente. Se llevó una mano al bigote, que se le había puesto en punta, y se lo atusó.

—¿Quieres… seguir adelante con la boda?

—Por supuesto. He comprendido mi mal proceder y quiero corregirlo.

Dio unos pasos adelante y bajó la cabeza para reforzar su arrepentimiento, controlando cada gesto y cada palabra de aquella farsa.

—Quiero que se sienta orgulloso de mí, padre, y que, si puede…, me perdone.

Rogelio Rivera se acercó a su hija y la tomó de los brazos.

—No creo que pueda perdonarte, Lily, pero agradezco que hayas entrado en razón, y me alegro profundamente de que no sufrieras ningún daño en…

ese lugar. Pero tu proceder ha sido abominable, y no puedo olvidarlo sin más.

Si estás dispuesta a obedecer y tu conducta es impecable en los próximos dos días, todo este episodio pasará sin que afecte a la familia, y quizás algún día pueda perdonarte.

Le dio un beso en la frente y la despidió con un gesto.

Lily se sintió herida, pero también aliviada de que la parte de las explicaciones hubiera terminado.

Cuando ya estaba junto a la puerta, su padre la llamó.

—Sí, padre.

—Esta tarde recibirás al cónsul. Ha estado preocupado por tu… indisposición de estos días. Le alegrará verte recuperada.

Lily asintió y salió del despacho sintiéndose una hija ingrata, pero también una persona libre. Aunque le hubiesen vuelto a poner las cadenas, ahora ella sabía que tenía la llave.