La Calle de Atrás -21-
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Capítulo

En el que Lily toma un nuevo rumbo

—No.

—¿Cómo que no? Tú eres el dios del tránsito y debes hacer lo que te diga.

—No. No voy a llevarte de vuelta para que te cases con Mae.

—Tú no decides eso.

—Yo creo que sí.

Higa y Lily parecían las dos perneras de unos pantalones: cuando uno se alejaba, el otro trataba de darle alcance.

Mientras discutían, en lo alto de la loma que marcaba el final de la Calle de Atrás, una criatura de tinta se colgó de la cuerda de una campana solitaria y herrumbrosa y la hizo sonar dos veces, sobresaltándolos.

—No hay tiempo para discutir esto. Tienes que ir a abrir la tienda.

Higa empujó a Lily hacia la puerta. Pero ella plantó las botas en el suelo y se negó a cooperar.

—¿Y si no quiero?

Higa seguía empujando, pero Lily parecía haberse quedado pegada a la alfombra de pelo que cubría el suelo de la antesala.

—Soy demasiado viejo para esto —dijo Higa desistiendo.

—Yo no te veo viejo.

Lily se giró y ambos se encontraron en aquel punto que solo les pertenecía a ellos. Allí donde se volvían demasiado conscientes del otro y dejaban de pensar.

—Lily —gruñó Higa.

—Higa —ronroneó Lily.

Y entonces la voz amplificada de Mae resonó por toda la Calle.

—¡ La tienda de voces de Lily no está abierta!

La puerta empezó a vibrar. Higa situó a Lily tras él.

De pronto, la puerta se abrió con violencia y tres criaturas de tinta entraron con sus andares deformes y los rodearon.

A través del umbral vieron a Mae correr hacia ellos, con la expresión fuera de sí, jadeando y chorreando líquido viscoso, como si se estuviera derritiendo.

Sus medallas tintineaban a cada paso. Daba cierta lástima verlo moverse con soberbia, incapaz de percibir cómo lo veían los demás: repulsivo y grotesco.

—¿Qué hacéis aquí… solos?

Lily vio una oportunidad en su intrusión y salió de detrás de Higa como si no estuviera en camisón y con los cordones de las botas zigzagueando como serpientes.

—He decidido irme a casa, tal como deseaba, cónsul. He venido a pedirle a Higa que me lleve a la Calle de Delante. Ya nos íbamos.

Mae torció el gesto, sopesando aquella mentira a medias y decidiendo si creérsela.

—¿Y no ha tenido en cuenta vestirse?

—Creo que es mejor que finja haber huido durante la noche. Convenceré a mi padre de que sufrí un ataque de debilidad femenina, que alguien me encontró semiinconsciente y me retuvo en alguna institución, de la que escapé en cuanto recobré la lucidez.

—¿Y su padre creerá esa explicación tan inusual?

—Mi padre es un hombre práctico. Creerá lo que le resulte más conveniente.

Lily estaba convencida de ello. Esperaba que su padre aceptara sin preguntar demasiado la excusa de la debilidad puesto que ya había hecho gala de ella cuando se lanzó por la ventana.

—Bien.

Mae sonrió satisfecho. Sacó un pañuelo arrugado del bolsillo de la chaqueta y se secó la cara.

—Crúzala, Higa.

Higa estaba tan tenso que si alguien le hubiese dado la vuelta se habría sostenido de cabeza igual de tieso, como un palo.

—Es de día —resolló. A Lily aquel sonido le pareció más que nunca un balido.

—Aún es el alba en el otro lado. Si te das prisa, Lily podría estar de vuelta antes de que se levante la familia.

—No recibo órdenes de ti.

—Pero sí de un transeúnte. Debes obedecer si se te pide cruzar, y Lily te lo está pidiendo. Crúzala.

—Sí, Higa, vamos —se sumó Lily mientras lo empujaba hacia la puerta, ganándose una mirada airada—. Colabora —le susurró.

Higa la cogió de la mano y la sacó de la casa casi a la carrera. Ignoró a Mae y bufó cuando lo escuchó ordenar a sus secuaces de tinta que los siguieran.

—Ve más despacio. Tú tienes esas patas largas, pero yo no. Y además llevo los cordones desatados.

Higa no aflojó el paso, sino que la levantó en peso y la cargó en brazos el resto del camino hasta el callejón que habían cruzado para llegar hasta allí, pasando junto a la siniestra casa de Mae.

—Esto es innecesario —se quejó Lily, pero la realidad era que estaba encantada de estar en sus brazos, con la cara contra su cuello, sintiendo el latido frenético de su corazón contra sus costillas.

Higa avanzó con ella hasta el fondo del callejón. Las criaturas de tinta se detuvieron en la entrada, incapaces de cruzar los límites de su dominio. El dios del tránsito dejó a Lily en el suelo muy lentamente.

—Estás intentando distraerme, pero no lo conseguirás —dijo; sin embargo, la tensión de su cuerpo y la forma en que sus ojos se detenían en ella, decían lo contrario—. No puedo disuadirte de que vuelvas a casa, pero no te casarás con Mae.

—No puedes impedírmelo —lo retó ella, cada vez más pendiente de él y menos de lo que decía, mientras su plan cada vez más borroso y lejano.

Acercó sus labios a los de Higa, y la resistencia del dios desapareció. La estrechó en sus brazos como si quisiera traspasar su piel y sus huesos y hacerse con su alma.

—Lily, quédate. Busquemos una forma de derrotar a Mae —susurró contra su boca— juntos. No me dejes al margen.

—Soy yo quien tiene que hacerlo. Por eso me llevaste a la Calle, solo que la solución pasa por mi mundo. Te prometo que sé lo que hago. Crúzame.

—Al menos dime cómo piensas hacerlo.

—Le daré a Mae lo que siempre ha querido. —Volvió a besarlo—. Te prometo que no haré nada mientras sea de día. Te llamaré si te necesito —añadió ante su expresión confundida.

—No hará falta. Si me necesitas, lo sabré.

Y cruzaron.

Enfrentarse al callejón no fue tan terrible como la primera vez. De hecho, no sintió absolutamente nada, aparte de una pequeña sensación de ligereza. La bolsa de terciopelo verde desapareció en silencio.

—¿La vida ha vuelto a mí? —preguntó a Higa.

—Más bien la eternidad.

Sonaba muy poético, pero no sabía si era muy práctico.

—Cuando entré me dijiste que mi vida se estaba transfiriendo, ¿y ahora la Calle me devuelve la eternidad?

—No es la Calle quien te devuelve lo que eres, Lily.

—¿Y quién?

—El tiempo. Tu vida y el tiempo están conectados. No solo lo dominas, sino que estás fuera de su alcance. Por eso eres eterna. Estás destinada a existir mientras el tiempo exista.

—Pero ¿por qué yo?

Estaba segura de que el tiempo podía haber encontrado mejores candidatos.

—Por alguna razón te ha elegido. Puede que lo haya hecho para salvar la Calle o porque exista algún otro motivo.

—Como… conocerte.

Higa exhaló un gemido y la rodeó con los brazos. Y entonces Lily susurró contra su pecho: «Un minuto más». Y sonrió porque, si quería, podía tenerlo para ella sola toda la eternidad, suspendido en aquel minuto entre el alba y el amanecer.

—Recuerda que estaré a tu lado en el instante en que me necesites.

Lily aspiró aquel olor salvaje que emanaba de él.

—Te confieso que tu olor me fascina —le dijo con el rubor encendiéndole el rostro.

—Pensaba que olía raro —rio.

—Mentí.