-19-
Capítulo
En el que Lily descubre lo que hay al final de la Calle
La casa de Mae parecía surgir de un lunático jardín.
Era mitad gruta húmeda enterrada en la vegetación, con curvas suaves y paredes de barro que crecían en espiral, y mitad mansión elegante, con un aire inquietante y decadente, como la cripta de un cementerio.
La fachada tenía forma de concha, con una entrada abierta, baja y redondeada, como una boca dormida.
Pequeñas ventanas asimétricas brillaban reflejando el cielo gris.
Ana se estremeció.
—Algunos nos acercamos aquí al principio —dijo, deteniéndose—. Mae nos intrigaba tanto como Higa, pero nos daba miedo entrar.
—No me extraña. Es un sitio espeluznante —exclamó Lily.
El olor a humedad y podredumbre era suficiente para disuadirlas de cruzar aquella entrada. Pero Lily no había llegado hasta allí para echarse atrás. Después de todo, tampoco había imaginado la casa de Mae como un lugar luminoso y acogedor, como sí era la de Higa.
Dos criaturas de tinta les salieron al encuentro para guiarlas al interior con movimientos torpes.
La antesala era un espacio amplio, con el suelo cubierto de tierra compacta y alfombras de fibras vegetales, iluminado por lámparas de luz ámbar.
Todo parecía recubierto por una sustancia viscosa y espesa que hacía que las suelas de sus botas se pegaran al suelo.
Las criaturas señalaron un ancho pasillo de paredes blandas, también impregnadas de aquella humedad pegajosa.
El corredor desembocaba en un comedor que parecía sacado de un cuento torcido.
En la cabecera de una mesa repleta de toda clase de delicias estaba Mae.
Aquella estancia contrastaba completamente con el resto de la casa, como si se hubiese preparado con detalle para la ocasión. Igual que él.
Llevaba un uniforme militar oscuro y las medallas relucían sobre su pecho.
Se había peinado aquel cabello ralo hacia un lado para ocultar la coronilla calva.
Sudaba profusamente, pero sostenía un trapo con el que se secaba la cara una y otra vez, tratando de dar una impresión de pulcritud que estaba muy lejos de él porque Lily seguía viendo al cónsul y, debajo, solo podía imaginarse al caracol viejo que había descrito el gusano.
El olor de la comida apenas tapaba el tufillo que flotaba en el aire como una sombra decadente.
Mae recibió a Lily con aquella sonrisa ladina, pero, al descubrir a Ana detrás de ella, se le borró del rostro.
—Has venido acompañada —gruñó—. No recuerdo haber invitado a esa mujer.
—Cónsul —se apresuró a calmarlo Lily—, una señorita no puede visitar la casa de un hombre soltero sin una dama de compañía. Como bien sabe.
Y le dedicó un gesto de coquetería que esperaba que resultara convincente.
—Ciertamente, ciertamente —aceptó, volviendo a recuperar su falsa cordialidad.
Sin duda, que Lily lo tratara como a un hombre soltero ayudaba a que recordara las expectativas que seguían muy vívidas en su delirio. Y Lily contaba con que quizá aquel delirio podría convertirse en una grieta.
—Siéntense, por favor. El cocinero de la Calle ha preparado mucha comida.
Intentaba mostrarse cortés, afectando los modales de un caballero, pero era evidente que le resultaba difícil mantener el papel en aquel lugar tan alejado de la sociedad y tan al filo de lo irreal.
Lily tenía el estómago cerrado, y estaba segura de que Ana también sentía reparos, aunque hubiese cocinado Himo.
Ana ni siquiera era capaz de articular palabra.
Ana llevaba mucho más tiempo soportando la crueldad de Mae.
Por fortuna, los encuentros de Lily con él habían tenido lugar en la seguridad de su hogar, donde Mae no tenía ningún poder.
Se sentaron en dos sillas colocadas demasiado cerca de Mae, y aquella cercanía, junto a su mirada fija sobre Lily, la incomodó de inmediato. Tenía que aprender a soportar aquella sensación de ahogo en su presencia si quería sacar algo útil de aquel encuentro.
Ana y Lily se miraron brevemente para infundirse valor la una a la otra, y se sirvieron algo de queso, pan y zanahorias cocidas.
Lily se fijó en que Mae no hacía ademán de servirse nada.
—¿Usted no cena, cónsul? —le preguntó.
—No —respondió él—. Pero me complacerá verla comer a usted.
Lily no podía tragar, así que se limitó a mover las zanahorias por el plato bajo aquella atención enfermiza.
—Cónsul… ¿puedo preguntarle cuánto tiempo lleva visitando el mundo fuera de la Calle de Atrás?
Por el rabillo del ojo vio a Ana dar un pequeño bote.
Mae se inclinó ligeramente hacia delante.
El olor que emanaba de él, a algo húmedo y en descomposición, le golpeó la nariz.
—No creo que esa pregunta sea apropiada para este encuentro —dijo con voz untosa—.
Sería mucho más agradable que habláramos de su regreso.
Estoy deseando que podamos seguir adelante con la boda.
Y dadas las circunstancias actuales, lo mejor sería adelantarla.
Así se lo exigiré a su padre… si desea evitar el escándalo de su huida.
La rabia provocada por su rastrera amenaza le hirvió bajo la piel.
Lily se estremeció. Y al mismo tiempo crecieron sus ganas de liberar a la Calle… y a sí misma de su pernicioso y abusivo influjo.
—Entiendo —respondió Lily, dándole en su mente un significado distinto a aquella palabra—. Supongo entonces que tampoco estará dispuesto a complacerme y transformarse para que pueda conocerlo en todas sus formas.
Entonces fue él quien se estremeció.
—Esa forma de la que habla no será algo de lo que tenga que preocuparse —replicó con rigidez—. En la Calle de Delante no existirá más forma que la que ve.
Calle de Delante.
Aquella forma casi poética de referirse al mundo real desconcertó a Lily.
Se preguntó entonces si Mae siempre había sido inmoral y despiadado; si siempre había ansiado algo más que aquel lugar desolador y solitario, atrapado, despreciado y sin más compañía que sus sirvientes de tinta; si cualquiera, incluso alguien bueno, habría terminado deseando otra vida distinta al coste que fuera.
Tenía que admitir que aquella casa era desoladora. Claro que ella no era un caracol. Tal vez Mae adoraba cada rincón de aquella casa-concha. Y aun así, no debía ser suficiente si su intención era existir fuera de ella.
Tenía que pensar. Sentía que la solución estaba dentro del propio Mae, dentro del acertijo que le había planteado Higa, y ella estaba tardando en poder verla.
—Estoy algo cansada —dijo, y era cierto: de pronto se sentía exhausta. Aquel aire espeso y viciado había empezado a provocarle un dolor pulsátil en las sienes—. Ha sido un día muy largo. Creo que me retiraré ya a descansar.
Hizo ademán de levantarse, pero Mae la sujetó de la muñeca.
—Acaba de llegar y no hemos hablado de lo que realmente importa.
No me ha dicho cuándo va a regresar. Escuche, señorita Rivera, puede regresar esta misma noche sin más daño que el que le haya provocado a sus padres la angustia de su desaparición, o puede regresar igualmente arrastrando el peso de muchas vidas destruidas.
Puedo aumentar las cuotas a los residentes, puedo arrebatarles sus bolsas de vida.
Al fin y al cabo, ¡yo soy la Calle! Recapacite y abandone la Calle de Atrás… ¡ahora!
Los dedos de Mae se hundían cada vez más en la piel de Lily. Abría la boca más exasperado con cada palabra. Ella podía ver su lengua bulbosa, terminada en punta, moverse arriba y abajo. Exudaba aquella sustancia viscosa que lo ensuciaba todo.
El dolor le atravesaba el brazo, y empezó a respirar deprisa, soportándolo sin una sola queja, sin perder la dignidad.
Higa entró en el salón en ese momento con una expresión tan feroz que Mae la soltó de inmediato. Contempló la piel amoratada de Lily y perdió el control por completo.
—¡Marchaos todos de mi casa! —gritó.
Ana y Lily se levantaron de golpe y salieron de allí siguiendo a Higa y a una criatura de tinta que los apremiaba a abandonar la casa.
Higa caminaba en silencio calle arriba, con la mandíbula tan apretada que Lily pensó que se le saltarían todos los dientes si no la aflojaba. A ella le dolía la muñeca horrores, pero se negaba a dar muestras de ello. Cuando llegaron a su tienda, Higa se detuvo.
—Lily, ¿estás bien? —le preguntó Ana, azorada.
—Sí, gracias por acompañarme.
—Yo… no sabía que te estaba haciendo daño —se disculpó sin dejar de mirar la muñeca que Lily se cubría con la mano.
—¿Qué podías hacer? —Lily sonrió y le apretó el brazo—. Ve a descansar.
Higa esperó a que Ana se convirtiera en un punto borroso al fondo de la calle. Con demasiada calma abrió la puerta de la tienda y, sin que Lily lo invitara, entró.
En silencio fue hasta el patio, llenó el cubo de agua, y lo acercó a la silla de listones verdes.
—Siéntate —le pidió casi con ternura— y mete la muñeca en el cubo, el frío del agua te aliviará.
—Tenías razón.
—Siempre la tengo —respondió con una sonrisa amarga—. Pero ahora necesitas descansar. Mañana hablaremos.
—¿Estás molesto?
—Estoy furioso, Lily, pero no contigo. Estoy furioso con Mae, y sobre todo conmigo mismo por haberte puesto en esta situación.
Se agachó y le acarició la muñeca bajo el agua.
—Mañana el dolor habrá desaparecido. El agua de la Calle de Atrás tiene el poder de curar el cuerpo.
Qué interesante.
—Mañana vendré a verte —dijo levantándose—. No olvides cerrar el pestillo.
Asintió. Se le cerraban los ojos.
—Gracias —susurró Lily. Si él no hubiese aparecido, ¿a cuánto se habría atrevido Mae?—. ¿Cómo supiste el momento exacto de aparecer?
—Me avisó la campanilla.
Lily sonrió, incapaz de decir nada sin ponerse a llorar, y lo dejó ir.
Cuando la puerta se cerró, dejándola sola, se levantó y cerró el pestillo. Le temblaban las manos. Se fijó en que el moretón casi había casi desaparecido, al igual que el dolor.
Luego volvió al patio para lavarse y quitarse la impresión de estar llena de babas de caracol, de podredumbre… y humillación. Se puso el camisón y dejó la blusa lavada y tendida.
El avión cayó al suelo cuando ya se marchaba a la trastienda.
Y dejó de contener el llanto.