-18-
Capítulo
En el que Lily hace algunas cosas extraordinarias
El carrito de Himo llegó pasada una hora.
Ella estaba en el patio observando el avión de papel, que seguía volando en círculos silenciosos.
Suspiraba al imaginar lo agradable que sería tener una despensa donde conservar los alimentos (la leche, los panecillos y el membrillo se habían quedado fríos hacía tiempo), y soñaba con una vida allí.
Sin embargo, aquellos sueños se tornaban pesadillas cuando recordaba que, para lograrlo, primero debía deshacerse de Mae.
Abrió la puerta y la enorme sonrisa de Himo fue, sin duda, lo mejor de aquel día.
—Hola, Lily. ¿Qué quierescomerhoy?
—Hola, Himo. Umm. ¿Algo de carne puede ser?
—Claroquesí —respondió feliz y se puso en marcha, rebuscando dentro de sus ollas y cajones con sus múltiples brazos. Luego le sirvió a Lily un plato de estofado con un delicioso aroma a clavo.
—Gracias.
Himo se quedó mirándola y, de no haber sido porque era de lo más extraño, habría jurado que estaba nervioso.
Como si quisiera decir algo más, pero le diera muchísimo apuro.
De pronto pareció decidirse. Se agachó y sacó de debajo del carro una silla plegada de listones pintados de un brillante color verde.
—La he arreglado parati. Para que comas entupatio.
Lily sostuvo el plato con una mano y cogió la silla con la otra. Todavía olía a pintura fresca. Se le formó un nudo en la garganta y se le humedecieron los ojos. Últimamente lloraba tanto que tendría que recordar beber más agua.
—Muchas gracias, Himo.
A Himo se le ensanchó la sonrisa hasta que las comisuras le llegaron a las orejas.
—Nadanada.
Ya se alejaba calle abajo cuando un chillido del gusano lo hizo detenerse con un chirrido estridente de ruedas.
—¡La morera!
Lily no pudo evitar reír. Ni tampoco pudo evitar llorar sobre el estofado mientras comía sentada en su nueva silla, junto a las macetas de las que ya asomaban los primeros brotes. En su patio. Viendo volar su avión de papel.
Por la tarde entraron dos clientes. Y ella aprovechó para seguir poniendo a prueba su habilidad, devolviéndoles el tiempo que le pagaban.
Y recibió la visita de una criatura de tinta. Traía una nota de Mae:
Estimada señorita Rivera:
La espero esta tarde a las ocho para cenar.
Suyo, el cónsul honorario Mae.
Higa apareció exactamente a la hora que había prometido.
A las seis en punto, cuando aquel silbido que marcaba el cierre aún sostenía su última nota.
Entró como hacía siempre: seguro de que estaba invitado.
Pero no venía solo. Tras él apareció Linora, nerviosa, restregándose las manos sin parar contra la falda.
—Yo… creo que te debo una explicación, Lily. Y también una disculpa por no habértelo contado todo desde el primer día. —Le lanzó a Higa una mirada acusadora.
Lily se acercó y agarró las manos de la mujer para que dejara de estrujárselas.
—No te preocupes. ¿Tú estás bien?
—Ha sido un día difícil —añadió Linora—. Aunque… ya lo esperaba. Gracias por ayudarme.
Al observarla sin el filtro de la ignorancia, Lily vio por primera vez el verdadero rostro de la Calle.
No los grillos y los sapos. No las cenas en familia o las fiestas.
No los patios llenos de flores, sino el miedo, miedo a morir, miedo a desaparecer.
Y entendió por qué la habían atraído allí y por qué la necesitaban para sobrevivir.
—¿Me dejarías probar algo? —preguntó.
Linora la miró desconcertada, pero asintió.
Cuando Lily colocó la mano sobre el pecho de Linora, justo encima de su bolsa de terciopelo, ella dio un respingo.
—No te asustes —le pidió Lily, aunque ella misma temblaba.
Linora volvió a asentir, aunque su rostro se había puesto pálido.
La vida era algo tan frágil. Lily también estaba aterrada.
Dudaba. Llevaba toda la tarde pensando en la frase adecuada.
En las palabras precisas. No sabía si estaba preparada para algo tan peligroso.
Pero deseaba con toda su alma que funcionara.
—Devuelvo a tu unidad de almacenaje de tiempo todo lo que le has entregado a Mae —susurró.
La bolsa vibró bajo la palma de Lily como el aleteo frenético de un pajarillo. Levantó la vista hacia Linora. La anciana tenía los ojos tan abiertos que Lily creyó ver el tiempo regresando a ellos: diminutos soles y lunas multiplicándose en sus pupilas.
Después ocurrió.
Su pelo blanco se volvió del color de la canela y su rostro rejuveneció hasta recuperar una piel tersa, fina y luminosa, antes de abrirse en una sonrisa tan grande como la de Himo.
—Lily —exclamó y se echó en sus brazos, llorando y riendo, contagiándola.
Tras ellas, el umbral de La tienda de voces de Lily estaba lleno de rostros curiosos que también reían y también lloraban. Mateo entró corriendo en la tienda y se abrazó a las faldas de Linora… y después a las de Lily.
Aquella parecía una fiesta improvisada. Lily no sabía cómo pedirles que abandonaran su patio, lleno a rebosar de voces y carcajadas.
Alguien marcaba el ritmo golpeando la madera de la silla.
Como se la desconcharan, se iban a enterar.
Casi todos rodeaban a Linora y la hacían dar vueltas mientras ella reía.
Era como si pensaran que las cargas y el miedo se habían esfumado.
Pero eso no era así. No era tan simple. Todavía podía ser un fracaso.
Higa observaba a Lily desde un rincón del patio, y cuando ella lo miró, él le hizo un gesto con la cabeza. Luego caminó hasta la puerta del patio y Lily lo siguió hasta la trastienda donde el gusano lo increpó en cuanto lo vio entrar.
—¿Qué haces aquí? ¿Has venido a discutir otra vez con Lily? No me la alteres, que después se olvida de darme de comer.
Higa gruñó y el gusano se encogió en una bola.
—No asustes a mi gusano. ¿Qué quieres? —le dijo seca.
Seguía enfadada, aunque cuando lo tenía tan cerca le costaba recordar por qué.
Él se acercó más aún, a su manera, sin dejar apenas espacio entre sus cuerpos.
—He visto la nota de Mae en el mostrador. No estarás pensando aceptar cenar con él, ¿verdad?
—¿Y qué sugieres que haga entonces?
—Cualquier cosa menos esa. Estarás en su casa, a su merced, y no sé si entiendo cuál es el objetivo de este plan tuyo de mostrarte solícita con él. Y no me digas que ganar tiempo, porque tú ya eres tiempo.
Lily lo miró desafiante. Y aunque trataba de concentrarse en mirarlo a los ojos, constantemente se desviaba hasta su boca.
Maldito fuera ese chivo.
—Eso es una ambigüedad muy injusta. Yo no sé qué soy, ni por qué hago lo que hago. Y tu parquedad en explicármelo tampoco ayuda.
—No sé mucho sobre tu naturaleza y tu don, pero pregúntame y trataré de ayudarte —dijo, acercándose más cuando parecía imposible que estuvieran más cerca.
A Lily le pareció que dejaba de respirar y luego que respiraba demasiado.
—¿Sabes qué soy? —consiguió preguntar.
—Eterna.
¡Qué porquería de explicación y qué bien sonaba en su boca!
Higa acercó sus labios a los de Lily. Fue un simple roce, pero a ella se le aflojaron las rodillas.
Maldito dios tramposo.
Lo apartó de un empujón con tan poca intención que resultó ridículo.
—Estás intentando seducirme otra vez —lo acusó.
—Eres tú la que hace eso.
—Claro que no, yo soy una mujer… respetable.
—¿Y eso qué tiene que ver? —Higa se frotó las sienes, como si quisiera recuperar el hilo de lo que discutían—. No quiero que vayas a esa cena.
—Créeme, yo tampoco quiero ir. Pero no iré sola. Como la dama que soy —recalcó— no puedo estar a solas con un hombre sin compañía. Así que le pediré a alguno de los residentes que me acompañe.
—Bien. Iré contigo.
—No. Tú no. Eso lo pondría sobre aviso. Me ayudarías más contándome cosas que pudieran serme útiles sobre él. Solo sé que se transforma en caracol y que es el dios de la permanencia.
Lily sacó el reloj del bolsillo. Eran las siete en punto.
—Y tendrá que ser ahora: tengo que estar en su casa dentro de una hora.
Higa resopló.
—¿No puedo hacer que cambies de opinión?
—No. Me trajiste aquí sabiendo el interés de Mae en mí. Deberías haberlo pensado antes.
—Antes no te conocía.
Cuando decía aquellas cosas la hacía desear a ella otras, y eso la enfurecía porque ahora sabía que no eran posibles.
—Siento que las cosas no hayan salido como tú querías.
Que yo no sea lo que tú esperabas. Siento no ser una dócil hacedora de tiempo, obediente.
Haré esto a mi manera. Si hay algo de Mae que debería saber antes de ir a esa cena, será bienvenido, si no, márchate ya y llévate a los residentes con la fiesta a otro sitio.
A la plaza, por ejemplo. Necesito arreglarme para la cena.
Necesito mantener la farsa intacta. Necesito tener la mente despejada y el temple suficiente para soportar la cercanía de ese hombre sin vomitar.
Higa volvió a acercarse a ella y sus ojos parecían lanzarle una última súplica. Pero Lily estaba decidida. Ya se había quedado mirando el vacío desde la ventana de su habitación en casa, aterrada y, aun así, había saltado. También ahora llevaría hasta el final lo que había empezado.
—Mae no es un dios inmortal como yo, ni es eterno como tú: es permanente —murmuró Higa sin dejar de mirarla con aquel brillo feroz—. No podemos matarlo ni dejarlo morir porque arrastraría la Calle con él.
—Todo eso ya me lo has contado.
—No hay nada más, Lily. Es un acertijo que yo no puedo resolver, ni me está permitido.
—Pero a mí sí. Si no, no estaría aquí, ¿verdad?
Higa no respondió.
—Vete —lo despidió. Si no iba a ayudar más, al menos que no estorbara.
Higa se dio la vuelta resollando. Hasta se transformó en chivo y topeteó a la gente para que salieran de la tienda de malos modos.
Cuando solo quedaban Linora, Mateo y Ana, Lily le pidió a Ana que la acompañara a la cena. Ella aceptó sin pensárselo.
—Te lo habría pedido a ti, Linora, pero si Mae te ve, lo sabrá y será el fin.
—Lo entiendo. Ten mucho cuidado.
Luego le dio un beso en la mejilla, le dio las gracias de nuevo emocionada y se llevó a Mateo de la mano.