La Calle de Atrás -17-
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Capítulo

En el que Lily aprende más sobre tiempo

Tan pronto como Mae desapareció calle abajo pavoneándose tras sus secuaces de tinta, Higa cerró la puerta de la tienda y acorraló a Lily contra el mostrador.

—¿Puedes explicarme qué ha sido eso antes de que me vuelvas completamente loco?

Y lo parecía. Loco, pero también peligroso. Y ambas cosas lo volvían irresistible. Lily no podía controlar los latidos de su corazón, ni el anhelo de acercarse más a él en lugar de apartarse porque le había tendido una trampa.

—«Eso» ha sido ganar tiempo —respondió ella, desafiante.

—¿Tiempo?

Higa arqueó una ceja.

—Sí. Y no hace falta que te me eches encima. Puedes… puedes dar un paso atrás y dejarme algo de espacio.

Si seguía tan cerca de ella no iba a poder juntar dos palabras.

Pareció ofenderse, pero obedeció. Se pasó la mano por el pelo y la campanilla que llevaba colgada de la oreja tintineó.

—¿Para qué sirve la campanilla? —preguntó Lily para distraerlo. Y porque todo en él le despertaba una curiosidad hambrienta.

Además, necesitaba tiempo para procesarlo todo. Y también necesitaba seguir enfadada. No tenía ni idea de qué iba a hacer con Higa, con la Calle y con Mae a partir de aquel momento.

—Me avisa de cosas importantes —respondió tras una breve vacilación. La pregunta lo había descolocado.

—¡Qué práctica! —exclamó Lily, sorprendida, aunque ya sospechara que la explicación iría por ahí—. ¿Podrías conseguir una para mí?

Higa sonrió a su pesar.

—¿Estás evitando responder, Lily?

—No se me ocurrió otra cosa —estalló—. Linora estaba en apuros y tú estabas ahí gruñendo, pero no parecía que pudieras detener a Mae.

—No puedo intervenir en sus asuntos.

—¿Y yo sí? —Pretendía ser una pregunta, pero sonó como un disparo—. ¿Me has metido en la boca del lobo para que lo mate?

—Claro que no. Si Mae desaparece, desaparece la Calle de Atrás.

Vuelta al principio entonces. Si no podía matarlo, por más cuestionable que le pareciera matar a una persona o a un dios…

—Entonces, ¿qué hago aquí? ¿Me limito a llenar de tiempo las arcas de ese baboso?

Aquello era lo que más la atormentaba. No solo ser utilizada, sino ser utilizada para algo despreciable.

—¿Desde cuándo me has estado espiando en mi mundo? ¿Desde antes de descubrir que era una hacedora de tiempo? ¿Antes de urdir todo este plan con los residentes? Porque ahora hay cosas que empiezan a encajar. Como que Miguel se refiriera a mí como «la famosa Lily».

Higa se había colado como si nada en su habitación aquella primera noche. Eso significaba que había estado allí antes.

Le hirvió la sangre de vergüenza.

—Fue casualidad —respondió él, ignorando por completo la parte que Lily quería saber.

Le entraron unas ganas desatadas de golpearlo—.

Seguí a Mae y di contigo. Fuiste una sorpresa.

Sobre todo porque él no tiene ni idea de lo que puedes hacer.

—Hizo una pausa—. Lo curioso es que quiere casarse contigo por ti, pero no por lo que eres.

Las ganas de darle un puñetazo crecieron de forma alarmante.

—Vaya. Debería sentirme halagada de que alguien quiera casarse conmigo «por mí» —respondió ella con sarcasmo, aunque dudaba mucho que él lo entendiera—. Quizá su interés sea más noble que el tuyo. A lo mejor debería seguir adelante con la boda.

Le temblaba todo el cuerpo de la rabia.

Higa volvió a dar el paso que había retrocedido.

—Solo la idea de que estés cerca de él ya me enfurece —dijo mirándola con una intensidad que casi la dejó bizca—. Es algo que no puedo controlar. Es… territorial.

—¿Eso significa que vas a marcar mi puerta o que piensas cortejarme?

—¿Cortejarte? —repitió, frunciendo el ceño como si ni siquiera entendiera el término.

O sea que pensaba más en marcar su puerta. Lily se sintió tan ofendida que bufó.

—Si mi padre estuviera aquí ya te habría preguntado cuáles son tus intenciones, Higa.

—Esta conversación se está desviando mucho.

—Ya lo creo.

Lily intentó que Higa estallara en llamas con la mirada.

Fue entonces cuando entró un sapo en la tienda y los grillos despertaron sobresaltados.

Y Lily comprendió que aquel no era su mundo.

Que todas las normas que ella creía importantes, porque así se lo habían enseñado durante toda su vida, allí no significaban nada.

La Calle se moría porque Mae pretendía mantener una vida fuera de ella a costa del tiempo de los demás. Y Higa era un dios salvaje que probablemente jamás fantasearía con casarse con ella y vivir juntos para siempre en su casita del final de la Calle.

Aquel enamoramiento era infantil. Ridículo. Y estaba condenado al fracaso. Ella estaba allí para producir tiempo y nada más. Ahora tenía que mantener a Mae entretenido y engañado, proteger a los residentes y descubrir cómo funcionaba exactamente su habilidad.

—Vete. —Lo empujó con suavidad—. Tengo que trabajar y pensar. Y tu presencia aquí me impide ambas cosas.

Higa bufó.

—Volveré cuando se eche el cierre.

Y salió de la tienda dando unas zancadas tan enérgicas que el sapo tuvo que apartarse deprisa para que no se lo llevara por delante.

Entonces la voz del gusano sonó desde el mostrador.

—Soy viejísimo y he visto muchas cosas; incluso una mantis comiéndose a un macho.

Pero esto ha sido muchísimo más estúpido y salvaje.

¿De verdad esperas que ese dios pagano y huraño te corteje como si fuera un hombre civilizado?

Tengo que recordarte que la mitad del tiempo es una cabra.

—Hizo una pausa para coger aire y escupir un poco de seda—.

Aunque claro, el otro es todavía peor. Es un caracol gigantesco, viejo y con la concha llena de parásitos pudriéndose dentro.

La visión de semejante criatura la estremeció.

—Chivo —lo corrigió sin darse cuenta.

—Ay, Lily —respondió el gusano—. Estás perdida.

Lo sabía.

El sapo le acercó una jaula antes de que le diera tiempo a decir nada. Tampoco habría sabido qué decir. El gusano tenía razón. Ella era una idiota y Higa era un salvaje.

Lo mejor sería concentrarse en entender cómo funcionaba aquella habilidad que parecía volverla tan valiosa.

—Dos horas —le dijo distraída al sapo.

Él asintió obediente, sacó las dos monedas de sus pliegues y se las tendió. En cuanto Lily las tuvo en la mano, el sapo sacó el grillo de la jaula y se lo comió.

Al momento, tras hacer algunas gárgaras, habló con aquella voz cavernosa:

—Señorita Lily, me alegra mucho no haberla asustado hoy. Le pido disculpas nuevamente si mi primera visita a la tienda le causó una indisposición.

Era el mismo sapo que había estado el primer día, cuando ella se había desmayado.

—No se preocupe, señor…

—Solo Augusto. Encantado de saludarla, señorita Lily.

La criatura le regaló una sonrisa genuina. Era un sapo con muy buena educación cuando disponía de una voz para demostrarlo.

—Solo Lily —le pidió ella a su vez, añadiendo las monedas a la montaña que sobresalía del tarro, sin molestarse en limpiarlas.

Eso le arrancó una risita a Augusto que le hizo temblar la barriga como gelatina.

Y entonces a Lily se le ocurrió poner a prueba esa habilidad que al parecer consistía en lanzar hechizos como una bruja cualquiera.

—Puedes extender la pata, por favor, Augusto.

Augusto obedeció divertido.

—Te doy…

Se detuvo. No. Tenía que escoger bien las palabras. Por alguna razón sabía que, tratándose de un hechizo, las palabras exactas eran importantes.

—Augusto, te devuelvo el tiempo que me has pagado.

Al instante se materializaron cuatro monedas sobre su pata: las dos horas de aquel día y las dos de su primera visita.

Augusto abrió mucho los ojos y soltó una carcajada maravillada.

—Qué cosa más extraordinaria acaba de hacer usted. ¿Es una bruja?

—Más o menos —respondió porque no tenía ni idea de a qué categoría mágica pertenecían las «hacedoras de tiempo».

Augusto sonrió feliz. Y Lily también.

Había funcionado.

Cuando Augusto se marchó encantado con sus monedas, Lily se acercó al tarro y sacó diez que guardó en su mano.

—Tarro, te devuelvo las monedas que he sacado —susurró.

Y diez monedas volvieron a sumarse a la pila, mientras que las que había sacado ella seguían en su mano.

Aquella magia era tan sencilla que le dieron ganas de reír.

Era una hacedora de tiempo . Y acababa de comprobar que las palabras eran la clave para usar su don sin provocar una catástrofe.

No recuperaba tiempo: realmente lo hacía.

—Se te da bastante bien —comentó el gusano deslizándose desde el mostrador hasta el suelo—. Creo que la ocasión merece un vestido. Recuerda pedirle a Himo mi morera.

—Descuida.

Estaba tan feliz que se había olvidado del hambre que tenía, del desayuno que seguía en la cesta junto a la puerta, de las instrucciones que Mae había prometido enviarle y hasta de lo furiosa que seguía estando con Higa.