La Calle de Atrás -16-
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Capítulo

En el que Lily conoce al Recaudador de Tiempo

A través de la neblina del sueño, Lily oyó los gritos de Linora. Algo grave le ocurría.

Se incorporó todavía mareada. Volvía a estar en la trastienda, tumbada sobre el catre.

—Menos mal —gruñó el gusano—. Se está liando una gordísima y tú durmiendo.

Todo lo que Higa le había revelado volvió a su mente como un jarro de agua helada.

—Dios mío… Estoy metida en un lío.

—Deja de quejarte de tu suerte y empieza a preocuparte por la de los demás.

Le pareció tan borde que no pudo encontrar argumentos para rebatirlo. Así que decidió concentrar sus esfuerzos en la emergencia.

—¿Por qué grita Linora?

—No puede pagar —respondió el gusano, haciéndose una bola, como si quisiera esconderse de la situación—. No ha vendido ni un solo fantasma en todo el mes y casi no le quedan monedas de su propio tiempo que entregar.

—¿Su propio tiempo?

—El de su bolsa. Linora llegó aquí hace tres años, Lily, cuando solo tenía veintitrés.

Lily abrazó su propia bolsa, que seguía colgando de su cuello, intacta.

«Tu vida se está transfiriendo a una unidad de tiempo.»

Dios mío.

Se levantó de golpe y corrió hacia la puerta de la tienda. Abrió de un tirón. Tenía los nervios tan de punta que el propio sonido de la campanilla la asustó. Pepa entró corriendo en su tienda graznando como una loca.

Había varias criaturas con piel desnuda, negra y reluciente como tinta húmeda, saqueando el patio de Linora con movimientos torpes y espasmódicos. Sacaban macetas a la calle y las estrellaban contra el suelo, esparciendo la tierra húmeda y las plantas por los adoquines.

Linora lloraba desde el umbral. Suplicaba, atrapada dentro por esa ley estúpida que impedía salir a los residentes mientras duraba la jornada. Los fantasmas tras ella aullaban y hacían vibrar el cristal de las vitrinas con un sonido estridente que se le clavaba en el estómago.

Higa permanecía inmóvil a un lado de la Calle. La rabia tensaba todo su cuerpo mientras observaba a la figura que tenía delante: un hombre de espaldas que no dejaba de farfullar con irritación.

—Paga y dejaremos tus cosas en paz.

—Por favor. No he vendido nada este mes.

—Entonces entrégame el resto de tu bolsa.

La expresión de terror de Linora fue demasiado para Lily.

—¡Cónsul! —gritó.

El cónsul honorario con el que sus padres pretendían casarla se giró de golpe.

La sorpresa y el horror deformaron tanto su rostro que, por un instante, Lily sintió una satisfacción feroz.

Llevaba aquel ridículo uniforme con el pecho lleno de medallas como baratijas.

El pelo canoso y ralo se le pegaba a la frente sudorosa, y cuando abrió aquella boca de labios gordos y agrietados, la joven sintió que la repulsión la asfixiaba.

—¡¿Qué hace ella aquí?! —aulló el cónsul, mirando a Higa con una furia desmedida.

Higa no apartó la vista de él.

—Yo no puedo interferir en tu dominio y tú no puedes interferir en el mío —dijo con voz helada—. A quien traigo a la Calle es asunto mío.

El cónsul, ahogado en la ira, se irguió en un intento patético de recuperar la dignidad y mantener su papel.

Se acercó a Lily. El olor a sudor rancio y putrefacción que desprendía golpeó la nariz de la muchacha, que tuvo que contener el impulso de apartarse.

Pero necesitaba medir la situación antes de dar un paso que no pudiera desandar.

—Tiene que volver a su casa, señorita Rivera —dijo con voz tersa, aunque siguiera siendo repulsiva—.

No sé qué vicisitud la ha traído hasta este lugar, pero tiene mi palabra de que olvidaré que la he visto.

Su familia ha mantenido su desaparición en secreto.

Su reputación no sufrirá daño si seguimos adelante con nuestro compromiso.

Aquello fue demasiado. Ya no iba a dar un paso. Iba a lanzarse a la carrera.

—¿Mi reputación? —repitió Lily con incredulidad y rabia—. ¿Y qué hay de la suya? Explota a la gente y se pasea con sus medallas de pega como si fuera honorable. ¡No es más que un matón despreciable!

La compostura la abandonó y solo quedó el desprecio acumulado de las veladas y las tardes en las que la habían obligado a compartir tiempo y espacio con él. Temblaba. Y cuando el cónsul levantó la mano para golpearla, la de Higa apareció sujetándole el brazo.

—Ni se te ocurra tocarla —le dijo con un tono de voz tan frío y peligroso que el cónsul perdió parte del color del rostro, aunque tampoco tuviera demasiado. El tono de su piel tiraba más al verde sapo que al rosado humano.

—Suéltame —ordenó él, intentando mantener su autoridad—. No voy a tocarla. Pronto estaremos casados y será mía.

—Nunca —espetó Lily, temblando de ira.

—Recuperarás la cordura, y aunque no la recuperes, volverás igualmente a tu casa. Es una orden. Higa te acompañará de vuelta.

Parecía incapaz de comprender que su farsa había terminado. A Lily le resultaba de lo más ridículo que siguiera empeñado en casarse con ella.

¿Sabría que era una hacedora de tiempo?

Eso le daría acceso ilimitado a su poder. Y, aun así, si lo sabía, no parecía que eso fuera lo que más le importaba. Seguía mirándola con aquel brillo ansioso que le ponía la piel de gallina.

Para entonces todos los residentes los observaban desde sus tiendas.

Las criaturas de tinta se habían detenido.

Sus siluetas titilaban como si estuvieran suspendidas en el tiempo.

Linora hipaba y miraba a Lily con una súplica muda.

Ella podía pagar su deuda. Detener aquello y pensar después qué hacer.

Pero ignoraba si podía hacerse cargo de la deuda de otro residente.

Y tampoco sabía si mostrar el tarro lleno revelaría lo que era en caso de que el cónsul aún no lo supiera.

Deseaba poder hablar con Higa a solas y descubrir qué podía decir y qué no. Entonces recurrió a lo único que conocía bien: su educación. Moderada. Recatada. Mínima.

—Dispénseme, cónsul, pero ¿puedo saber cuánto tiempo debe Linora? —dijo con fingido candor.

La pregunta lo desconcertó, tanto por el cambio de tema como por el tono formal. Hasta Higa frunció el ceño.

El cónsul se alisó la chaqueta, sacó pecho y metió la barriga.

—Querida niña, no debes preocuparte por Linora. Esto no ha sido más que un malentendido.

Cogió la mano de Lily y le besó el dorso, demorándose ese segundo de más que a ella tanta repulsa le causaba.

Higa parecía estar a punto de arrancarle la cabeza.

Lily forzó una sonrisa tímida. Estaba interpretando a la Lily de hace unos días, y descubrir que aquello era una actuación le proporcionó una sensación de control y seguridad que jamás había tenido.

El cónsul hizo un gesto con la mano y las criaturas se alejaron calle abajo, mezclándose unas con otras hasta convertirse en una única masa negra e informe.

—Gracias, cónsul.

—Soy una persona civilizada, señorita Rivera. Y ahora, si es tan amable de recoger sus cosas, Higa la acompañará…

—No puedo salir de la Calle en pleno día, como ya sabes, Mae —interrumpió Higa con hostilidad.

El cónsul, que al parecer se llamaba Mae en ese lado, resopló, contrariado.

—Es cierto.

—Cónsul, si me lo permite, me gustaría quedarme un poco más —dijo Lily con suavidad, manteniendo el tratamiento que lo anclaba a la otra realidad—. Su Calle es un lugar tan bonito y mágico. Y quizá podría ser una oportunidad para que pudiéramos conocernos mejor en un entorno menos… vigilado.

Aquello le iluminó los ojos con una avidez que le dio escalofríos. Pero Lily creía tener un plan. Y no podía echarse atrás ahora. Aunque Higa estaba a punto de arruinarlo todo. La furia tensaba tanto su cuerpo que la joven temió que terminara enfrentándose allí mismo a Mae… o a ella.

Mae sonrió satisfecho, triunfal.

—Le enviaré instrucciones, querida niña —dijo con petulancia, volviendo a tomar su mano para besársela. Esta vez, Lily sintió la humedad de sus labios sobre la piel y le costó toda la disciplina de una vida protocolaria no hacer una mueca de asco.

Mae le lanzó una mirada de suficiencia a Higa, que tenía una expresión indescifrable. Luego hizo un gesto con la mano y todas las puertas de las tiendas se cerraron violentamente delante de los residentes, excepto la de Lily.