-15-
Capítulo
En el que los problemas de Lily se multiplican
A Lily le ardían las mejillas de mortificación.
Por supuesto que no había pensado en lo inapropiado que resultaba presentarse sola en casa de un hombre soltero en mitad de la noche.
Desde que estaba en la Calle de Atrás, no pensaba de la forma en la que la habían educado para hacerlo.
Ni tenía sentido hacerlo. Allí las reacciones debían ser instintivas.
La supervivencia implicaba creer cualquier cosa, por muy delirante que fuera.
Pero ella estaba reaccionando a Higa de una forma tan poco apropiada que estaba segura de que, incluso allí, era absolutamente escandalosa.
Además, todo aquello era culpa del gusano. Presentarse en casa de Higa antes del alba había sido idea suya.
—Fue ese gusano de seda —dijo, tratando de sonar segura y cuerda.
Porque afirmar que un gusano de seda no solo hablaba, sino que además ella seguía sus consejos, no era el argumento que más jugaba a su favor—.
Él me convenció para que viniera a preguntarte por qué el fantasma del escaparate de Linora apareció sobre mi cama y me dijo que la Calle de Atrás se moría y que yo debía impedirlo. Todo ha sido culpa suya.
La expresión de Higa cambió de la diversión a la preocupación en el mismo segundo.
—Entra —dijo de inmediato. La agarró del brazo y la hizo pasar dentro sin contemplaciones.
Lily dio un pequeño gritito de sorpresa, y se asustó de verdad cuando él cerró la puerta. A lo mejor se había pasado de ingenua presentándose allí. A lo mejor había confundido todas las señales.
Maldito gusano.
—Hoy es un mal día para hablar de esto —murmuró Higa, como si hubiese un día ideal para hablar de la visita de un fantasma y de la muerte de la Calle—. Es día de pago. Condenada mujer, debería haberme escuchado cuando…
Él y su voz se perdieron en el fondo de un pasillo estrecho dejando a Lily con el desconcierto pintado en la cara. ¿Día de pago? ¿Había un día de pago?
Diantres.
El dios del tránsito regresó unos instantes después colocándose la túnica.
Lily no sabía qué parte de lo que le había contado lo había alterado.
Y aunque le fuera la vida en ello, no lo habría desentrañado porque no podía dejar de mirarlo, seguía sus movimientos al vestirse completamente idiotizada.
Como se apartaba el pelo atrapado bajo la tela.
Como estiraba los brazos y enderezaba la túnica sobre su pecho.
Pero es que, a su vez, los ojos de Higa recorrían el cuerpo de Lily de arriba abajo, como si la perentoriedad y el hecho de tenerla allí chocaran dentro de él.
Ambos eran un batiburrillo de emociones. Y a Lily además le preocupaba verlo preocupado.
De repente fue demasiado consciente de dónde estaba y con quién. Aquel lugar era íntimo. Umbrío. Estaban completamente solos. Y allí encerrados, su olor salvaje era demasiado intenso. Demasiado vivo. Demasiado atrayente.
—Si sigues mirándome así, me va a resultar imposible hablar contigo —dijo Higa de pronto con voz ronca.
Lily se mordió los labios, pero fue incapaz de apartar la mirada.
Higa dejó el cinturón a medio atar y dio un paso hacia ella.
Y luego otro.
Lily fue incapaz de moverse.
«Debería haberme traído al gusano.»
—¿Mirar cómo? Yo… —trató de decir algo, lo que fuera, pero no podía armar un solo pensamiento útil.
Se inclinó ligeramente hacia delante, arrastrada por una fuerza que no conseguía controlar.
—Maldición, esto no debería… —empezó a decir Higa.
Y se acercó a ella de golpe, la rodeó con los brazos y la besó.
Su boca era cálida y dulce, y su barba rozaba la piel de Lily con una suavidad inesperada.
Aquel momento le pertenecía por completo.
Más allá de Higa ya no existía la Calle.
Sus labios moviéndose sobre los de ella.
Exhaló un pequeño gemido y él gruñó contra su boca, grave, casi atormentado.
Las manos del dios subieron hasta la nuca de Lily para profundizar el beso.
Ella se pegó más a sus caderas, él soltó un gruñido animal, y entonces se apartó de golpe.
Respiraba tan agitado como ella, que apenas podía sostenerse en pie.
—Maldita sea… Yo… lo siento. No sé por qué he hecho eso.
Lily lo miró todavía atrapada dentro de aquel instante mágico.
—Yo no lo siento —respondió con osadía.
No quería que aquel beso se empañara por la culpa o el arrepentimiento.
No cuando había sido su primer beso. Y un beso perfecto.
Tal vez Linora tuviera razón. Tal vez Higa no supiera qué hacer con lo que sentía por ella.
Pero Lily sí lo sabía. Lo deseaba tanto que le dolía.
Aquello era algo que ella elegía, que ella decidía, después de haber perdido toda esperanza de tener siquiera la oportunidad de desear a alguien con aquel anhelo desatado.
Después de haber pensado que su vida había terminado.
Entonces la campanilla de Higa tintineó, y Lily la vio por primera vez en su forma humana. La llevaba en la oreja derecha como un zarcillo, oculta bajo el pelo. Era mucho más pequeña, como si en su forma humana se encogiera para que fuera más fácil esconderla y el peso no le descolgara la oreja.
Higa se tensó.
—No —dijo con un tono que indicaba alguna clase de peligro—. Vuelve a la tienda, deprisa. Ya está aquí.
—¿Quién?
—El Recaudador de Tiempo. Ve y espérame en la tienda. Iré en cuanto pueda.
Lily se dirigió a la puerta, entendiendo que lo que había ido a hacer allí, lo que acababa de pasar entre ellos, tenía que esperar.
Al tocar el pomo sintió la mano de Higa sobre la suya.
—Lily… —Ella lo miró anhelante—. Yo tampoco lo siento.
Lily sonrió con todo su cuerpo y le robó un beso rápido, dejándolo con una expresión bobalicona absolutamente adorable. Y corrió a la tienda.
A mitad de camino, la asaltaron todas las preguntas que debería haberle formulado a Higa sobre el día de pago y aquel Recaudador de Tiempo, y que ya daba igual porque iba a averiguarlo enseguida.
Sacó el reloj del bolsillo de la falda mientras atravesaba la Calle. En una hora tañerían las campanas. No sabía qué pasaría aquel día, ni quién era ese Recaudador de Tiempo. Ni cuánto le costaría permanecer en la Calle de Atrás, pero pagaría lo que fuera por quedarse.
Entró apresuradamente, cruzó la tienda como una exhalación y, ya en el patio, llenó el cubo y se refrescó, tratando de recuperarse de la carrera hasta allí… y del beso.
Sonriendo como una idiota, entró en la trastienda.
El gusano estaba completamente dormido otra vez.
Casi roncaba. Debía de estar agotado porque, en el suelo, a los pies de la cómoda, estaba la falda terminada.
Tenía ribetes dorados en el dobladillo y una caída suave y satinada.
Lily se quitó la que llevaba y se la puso con solemnidad.
En su casa tenía vestidos confeccionados con las mejores telas, pero aquella falda no solo era la más bella que había visto jamás, sino que era… mágica.
De pronto oyó el carrito de Himo y corrió hacia la puerta a tiempo de verlo alejarse calle abajo. En el suelo le había dejado la botella de leche tibia, dos panecillos y algo envuelto en papel. Lo abrió. Era dulce de membrillo. Se le llenaron los ojos de lágrimas al recordar a Toña y sus meriendas.
Cerró la puerta con un tintineo de la campanilla que le despertó mariposas en el estómago. Se giró hacia el mostrador y la cesta estuvo a punto de caérsele de las manos. El tarro donde guardaba las seis monedas de tiempo estaba a rebosar.
¿Qué diantres había pasado?
En ese momento alguien abrió la puerta de su tienda y ella volvió a perder el equilibrio.
Higa la sujetó a tiempo.
—Lily, ¿qué haces detrás de la puerta?
—¿Has sido… tú? —le preguntó mientras se giraba.
A Lily le costó recordar lo que iba después del tú, se había quedado como una boba contemplando el atractivo y desconcertado rostro de Higa. Pero aquello era importante, por muchas razones que todavía no comprendía.
—¿A qué te refieres? —inquirió él, con una ligera sonrisa y una ceja arqueada—. Hoy el desayuno ha sido cosa de Himo. Ha corrido más deprisa que yo para traértelo.
—Me refiero al tarro.
—¿Qué tarro?
—Ese tarro —dijo Lily señalando hacia atrás sin apartar la mirada de los labios de Higa y haciendo equilibrios para que la cesta no se le cayera del otro brazo.
—Lily, de verdad que me cuesta mucho seguir el hilo de tus preguntas cuando me miras así y estás… tan cerca. —Su voz era un susurro ronco.
Lily se estremeció.
El calor le encendía el estómago como si alguien hubiera prendido una lumbre dentro de ella, como si las mariposas volaran con alas de fuego.
Aquellos sentimientos iban a ser un problema.
Higa miró por encima del hombro de Lily. Y su postura cambió. Dejó de estar relajado.
La soltó y se acercó al tarro.
—¿Cuántos grillos vendiste ayer, Lily?
—Solo tres.
—Entiendo.
Aquel «entiendo» implicaba muchas cosas, y parecía que ninguna le iba a gustar.
—¿Qué entiendes? —preguntó Lily, no muy segura de querer conocer la respuesta.
Higa guardó silencio unos segundos antes de responder:
—Que has usado un hechizo para llenar el tarro. Aunque no hayas sido consciente de ello.
—¿Cómo? Yo no…
Entonces recordó haber pasado junto al tarro y pronunciado la palabra «tiempo».
—Pero…
Eso era tan descabellado.
—Lily… eres una hacedora de tiempo.
—¿Qué?
De todas las cosas que había imaginado que diría, esa no estaba en la lista.
Dejó la cesta en el suelo para tratar de tranquilizarse y se quedó quieta junto a la puerta a esperar que se explicara, con las manos cerradas en puños.
Sentía que lo peor estaba por venir. Y quería estar preparada para darle un puñetazo a ese dios escurridizo antes de que se le pasaran las ganas.
—Te traje aquí porque necesitábamos tu habilidad —continuó él, ajeno al peligro que corría—. No ha habido una hacedora de tiempo en cientos de años.
Sonaba tan extraordinario y Lily estaba tan acostumbrada ya a lo extraordinario que no se sorprendió tanto como habría cabido esperar. Solo le latió un párpado.
—¿Y no se te ocurrió que sería importante contármelo? —preguntó, a sabiendas de que estaba aceptando que era cierto y que ella pertenecía a aquel mundo fantástico.
—No parabas de desmayarte —respondió él, frustrado—. Pensé que lo mejor era que lo descubrieras por ti misma, y así, cuando conocieras la Calle y a los residentes, quisieras ayudarlos.
—O sea que pensaste que era mejor manipularme.
—No. Te di la opción de elegir en el callejón. Y elegiste cruzar. —Se apretó el puente de la nariz—. Creo que esta conversación me suena.
A Lily el gesto le pareció tan atractivo que se enfadó aún más.
—Me sedujiste para que aceptase convertirme en una especie de gusano de seda de monedas para la Calle.
Higa salvó la distancia que los separaba en dos zancadas. Pero ella estaba furiosa. Todo era confuso y probablemente no estaba siendo demasiado racional.
—¿Que yo te seduje?
—Sí, tú. Con tus maneras rudas y después tiernas, y esos ojos… y ese pelo… —lo acusó haciendo aspavientos.
Higa rio.
Lily lo ignoró y siguió despotricando.
—Esta mañana, por ejemplo, has abierto la puerta medio desnudo.
—Lily, fuiste tú la que apareciste en mi puerta sin avisar —se defendió divertido.
—Ya te he dicho que fue idea del gusano. Seguro que trabaja para ti. —Lo golpeó en el pecho con el dedo—. No quiero que me usen. ¿Lo entiendes? He venido aquí huyendo de ese destino.
—Bueno… sobre tus motivos para acabar aquí, hay algo más que deberías saber —dijo con tono culpable.
Lily frunció el ceño.
—¿Más?
—Escucha.
Le tomó las manos y su enfado se aflojó un poco. Eso era trampa.
—Es cierto lo que te dijo el fantasma: la Calle de Atrás se muere. Pero no es culpa de la Calle. El Recaudador la está drenando.
El estómago de Lily se tensó.
—Antes los residentes permanecían aquí hasta que decidían marcharse… o quedarse hasta el final. Pero ahora están atrapados por las normas que él ha impuesto.
—No lo entiendo. Pensaba que las reglas en la Calle las ponías tú.
—No. Yo soy el dios del tránsito. No gobierno la Calle. El Recaudador es el dios de la permanencia. La Calle le pertenece a él.
Lily sintió un escalofrío. Aquel lugar estaba adquiriendo una dimensión retorcida mucho más profunda que la de simples fantasmas y cabezas con sombrero.
—Todo iba bien hasta que descubrió que podía acuñar el tiempo que necesitaban los residentes y los clientes para permanecer en su Calle y convertirlo en monedas que él podía usar en el otro lado.
—¿El otro lado?
—Tu mundo.
Higa apretó ligeramente las manos de Lily, y ella se humedeció los labios.
—Gasta las monedas de tiempo en permanecer allí. En mantenerse fuera de la Calle. La Calle de Atrás antes era una zona residencial. Las campanas, las tiendas, el hechizo que te impide salir mientras están abiertas, los precios y los días de pago. Todo es obra suya.
Su mirada se endureció.
—Lily, el Recaudador de Tiempo es el cónsul honorario de tu mundo.
A Lily se le cerró la garganta y, aunque odiaba que Higa tuviera razón, se desmayó.