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Capítulo
En la que Lily realiza otra visita… inapropiada
Lily se retiró a su tienda pasadas las once.
Miguel se había empeñado en que le debía un baile y acabó obligándola a dar vueltas por el patio de Linora, mientras los demás marcaban el ritmo con palmas.
Mateo había sido el más entusiasta de todos.
Aplaudía y animaba como si estuviera presenciando el mejor espectáculo del mundo.
Lily no recordaba haberse divertido nunca tanto en una «reunión social».
De hecho, empezaba a comprobar que en la Calle de Atrás esas dos palabras significaban algo completamente distinto.
Mientras bailaban, Miguel le contó que tenía una tienda de anillos unas puertas más abajo de la suya.
Prometía que, si te ponías uno, cambiabas de color.
Entera. Dicho, además, con la naturalidad de quien vende pan.
Se llamaba La tienda de disfraces de Miguel .
—¿Y quién compra algo así? —preguntó Lily entre saltos y risas.
—Gatos —rio él a su vez.
—¿Y para qué querría un gato ser, por ejemplo, verde?
—¿Para esconderse en un huerto de lechugas?
Lily estalló en carcajadas.
Una vez en su tienda, sonrió como una idiota al echar el pestillo.
No quería hacerse ilusiones respecto a Higa, pero se las hacía, y después de que Linora le dijera que ella le gustaba, las ilusiones se habían convertido en algo enorme e irremediable.
No podía sacarse de la cabeza lo tantísimo que le había gustado estar entre sus brazos.
Había bailado con algunos caballeros y se había divertido de lo lindo con Miguel, pero jamás había experimentado el deseo de que el baile no acabase nunca.
Cerró los ojos y evocó los de Higa: dorados, asombrosos. Su boca. Y no pudo evitar enrojecerse. Dio una vuelta sobre sí misma fingiendo que volvía a bailar con él, con la respiración entrecortada y el corazón empeñado en llevarle la contraria.
Pasó por detrás del mostrador y rozó distraídamente el tarro de las monedas.
—Tiempo —susurró casi sin darse cuenta.
Y siguió hasta la trastienda.
El gusano estaba despierto. Una enorme cantidad de tela de un precioso color verde aguamarina lo rodeaba.
—Vaya… Sí que era verdad que podías confeccionar ropa —dijo maravillada.
El gusano cortó un hilo y le soltó:
—Y sin tomarte medidas.
Lily rio.
Aquel bicho era un descaro con dieciséis patas.
Salió al patio. El avión seguía volando en absoluto silencio. Se prometió que algún día tendría un patio como el de Linora, lleno de vibrantes colores. Ya se imaginaba un futuro en la Calle de Atrás… y mucho más.
Después de asearse y de conseguir lavarse el pelo con tanta dificultad que, de haber tenido a mano unas tijeras, se lo habría cortado, se puso el camisón y se metió en la cama sintiéndose un poco menos sola.
Como no tenía nada con lo que secárselo bien, lo dejó estirado sobre la almohada lo mejor que pudo y rezó para que no fuera un completo desastre de rizos al amanecer.
—Buenas noches, gusano —susurró antes de que el sueño se la llevara a su reino.
—Buenas noches, Lily —dijo el gusano, secretando un hilo de seda por la comisura de su enorme sonrisa de lepidóptero.
Un ulular despertó a Lily bien entrada la madrugada.
Abrió los ojos con dificultad y contuvo un grito de horror: la muchacha fantasma del escaparate de Linora flotaba sobre la cama.
En su rostro traslúcido no quedaba rastro de la sonrisa ni de la dulzura de la noche en que la conoció, solo una profunda tristeza que envolvió a Lily hasta que sintió que se hundía en ella, que cualquier otra emoción la abandonaba.
—Ayúdalos, Lily —dijo la fantasma con una voz que parecía venir de muy lejos—. La Calle de Atrás se muere.
Y entonces se lanzó contra ella y la atravesó antes de desaparecer. La sensación fue como si la hubieran sujetado bajo el agua. Se incorporó jadeando, presa de una intensa angustia que fue remitiendo poco a poco. Temblaba.
—Vaya visitas más raras que tienes —dijo el gusano con una hebra de seda húmeda colgándole de la boca.
Lily lo miró todavía conmocionada.
—¿Por qué habrá venido aquí? ¿Y qué… quería decir con eso?
—¿Me lo estás preguntando a mí? —replicó el gusano.
—Sí. Tienes una opinión para todo.
—Para esto no. Además estoy demasiado ocupado. No puedo debatir contigo y escupir seda al mismo tiempo. ¿Por qué no pruebas a preguntarle al dios del tránsito?
—¿Ahora?
—No, cuando abran las tiendas y no puedas salir —respondió sarcástico—. Sí, ahora.
—No sé dónde vive.
—Arriba, al final de la calle, más allá de la plaza.
Y volvió a concentrarse en su trabajo.
—¿Cómo…?
Desistió de seguir preguntándole cuando observó que un pequeño temblor de fastidio le recorría los doce anillos.
Se vistió a toda prisa. Según el reloj, eran las cinco y diez de la madrugada. Tenía que salir ya si quería encontrar a Higa antes de las campanadas.
La Calle de noche daba miedo. Todo estaba demasiado silencioso.
No se oía el viento ni el zumbido de los insectos ni el trinar de los pájaros.
Ni siquiera sus grillos cantaban durante la noche.
Solo despertaban y emitían sonidos de puro terror cuando un cliente entraba.
Era como si ese estado de ansiedad diurno los dejara exhaustos.
Caminó calle arriba procurando que las botas no resbalaran sobre los adoquines húmedos de rocío, que brillaban con la luz de los faroles.
Las tiendas daban tanta grima que evitó mirar los escaparates.
Se concentró solo en avanzar y doblar la esquina, preguntándose cómo sería la casa de Higa y si la reconocería cuando la viera.
Intentó no pensar en él, ni en lo que iba a decirle.
Cada vez le parecía menos importante la visita del fantasma.
Casi una excusa para verle más que un motivo verdaderamente urgente.
Sintió calor en las extremidades, extendiéndose desde el estómago.
¿Serían aquellas las mariposas de las que hablaban las novelas?
Pasada la plaza, se alzaba un par de edificaciones de cuento.
Reconoció la casa enseguida; al fin y al cabo era la única casa auténtica entre todas las tiendas de la Calle.
Se alzaba, efectivamente, al final del todo, casi en el margen de aquel efecto borroso y difuso que deformaba el resto del lugar.
Junto a la casa había una construcción alargada de piedra.
Una chimenea estrecha sobresalía del tejado expulsando humo grisáceo y, desde dentro, llegaba el golpeteo de los cacharros y todo tipo de olores.
Sobre la puerta colgaba uno de aquellos letreros perpendiculares tan propios de la Calle.
En letras grandes y algo torcidas se leía: La cocina de Himo .
Lily sonrió con ternura.
La casa de Higa era tan ruda como él. Las enredaderas trepaban sin control, devorando las paredes y las ventanas.
Del tejado de dos aguas crecían bejeques como si fueran mechones de pelo erizado sobre una cabeza de tejas oscuras.
Era una casa extraña y desordenada. Y, aun así, era tan propia de él que no pudo evitar sonrojarse.
La puerta, de un rojo desgastado, le recordó a la cinta de la campanilla que llevaba en su forma de chivo.
De pronto se preguntó dónde escondería aquella campanilla cuando era humano. Y para qué serviría realmente.
Había una aldaba.
Después de sentirse tentada varias veces de echar a correr de vuelta a su tienda mientras la sostenía, golpeó dos veces.
—No está —se dijo pasados dos segundos.
Se dio la vuelta, incapaz de soportar los nervios.
Y entonces la puerta se abrió.
—¿Lily?
Lily giró despacio la cabeza. Higa estaba ahí.
Iba descalzo. Los huesudos dedos de sus pies asomaban bajo unos pantalones de lino.
Luego fue levantando poco a poco la cabeza, descubriendo con creciente horror que no llevaba nada más.
Su torso delgado quedaba completamente al descubierto bajo la luz grisácea de la madrugada.
Tenía la expresión más desconcertada que Lily le había visto nunca.
Higa se pasó la mano por la cara y después se estiró la barba, como si intentara recuperarse de la impresión de encontrarla plantada en su puerta, muda, con los labios entreabiertos y la expresión cada vez más fascinada y menos horrorizada.
—¿Qué demonios estás haciendo aquí?
—Yo… —balbuceó—. Es que…
Parecía incapaz de juntar dos palabras. No dejaba de retorcerse las manos.
Y tampoco podía despegar los ojos de su pecho, de la línea de músculos que descendía por su abdomen.
Debía de estar tan roja como un tomate. Debía parecer una auténtica necia.
Y, aun así, no podía parar. Hasta salivaba.
¿Qué le pasaba? No era correcto. No podía ser correcto.
Entonces oyó su risa y levantó la cabeza.
—¿Te está permitido visitar a un soltero en su casa en mitad de la noche?