La Calle de Atrás -13-
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Capítulo

En el que Lily visita la tienda de fantasmas de Linora

Antes del cierre apareció Higa.

Un silbido largo había recorrido la Calle unos minutos antes. El gusano le explicó a Lily, después de que ella saltara como si la hubieran pinchado y él se burlara de su «gran valor», que aquella era la señal que anunciaba el cierre de las tiendas.

Durante la tarde solo había entrado un cliente más: un sapo hembra gigantesco que se llevó una voz de grillo que hipaba. La criatura daba pequeños saltos cada vez que el hipo la sorprendía y después reía encantada, agarrándose la barriga con ambas manos.

Higa traía un pestillo nuevo y una herramienta para colocarlo. Ni siquiera saludó. Lily se quedó embobada mirándolo hasta que él se giró con una ceja levantada. Entonces ella fingió interesarse mucho por el tarro de monedas y se puso a darle vueltas como una completa idiota.

Él volvió a afanarse en la tarea disimulando una sonrisa. Cuando terminó de colocar el pestillo, lo probó varias veces y asintió para sí mismo. Después caminó hasta el mostrador, y a Lily se le detuvo el corazón.

—Lily, me preguntaba si querrías…

—¡Lily!

Linora irrumpió en la tienda antes de que Higa pudiera terminar la frase.

—¿Qué ibas a decir? —preguntó Lily, poniendo una atención casi lunática en él y ninguna en Linora.

—No importa —respondió seco.

—Higa —intervino Linora con una sonrisa socarrona—. ¿Puedo ayudarte yo en algo?

—No.

Salió de la tienda tan hosco como había entrado.

Linora soltó una carcajada.

—Creo que le gustas y no sabe qué hacer con ello. Es la primera vez que lo veo comportarse así.

Lily se sonrojó de inmediato. Una felicidad desconocida le calentó el estómago.

—No es cierto —protestó sin convicción alguna.

Agradeció que el gusano estuviera dormido en la trastienda, dentro de la enorme cesta vacía de los regalos de la fiesta, convertido en una bola después de zamparse la hoja de morera entera y prometerle a Lily una falda para el día siguiente. De lo contrario, sin duda, habría empeorado su vergüenza.

—Bueno —cambió de tema Linora—. He venido a invitarte a cenar en mi patio. Algunos residentes nos reunimos allí después del cierre.

Lily accedió encantada.

Durante toda la tarde había seguido sintiendo aquel malestar latente provocado por saberse encerrada en la tienda, y salir le vendría bien.

—Te esperamos. No tardes o Himo vendrá a dejarte la cena aquí. —Sonrió.

Cuando Linora se marchó, Lily cruzó hacia el patio. Se refrescó la cara, el cuello y las manos mientras se preguntaba cómo sería el patio de Linora. Aunque le provocaba cierta inquietud entrar en aquella tienda de fantasmas, la curiosidad era mucho más fuerte.

Recordó entonces el avión de papel que le había regalado Mateo y que había dejado sobre la cómoda, y se fue a la trastienda a buscarlo.

El avión era ligero y delicado, como debía ser si estaba hecho de papel.

Se lo colocó sobre la palma de la mano y, una vez de regreso en el patio, lo impulsó suavemente hacia arriba.

No tenía ni idea de cómo funcionaba ni falta que le hacía, porque el avión sí lo sabía, y al instante…

comenzó a volar. Lento. Elegante. Silencioso.

Daba vueltas por el patio como un niño curioso que quisiera verlo todo y tocarlo todo.

Pero en lugar de golpearse, acariciaba las paredes, aprendiendo las distancias, recreándose en ellas.

Subía cada vez más alto para bajar después en una pirueta circular hipnótica, como si bailara, como si disfrutara de la libertad del vuelo.

Lily lo observaba extasiada. Hasta que empezó a preocuparse de que lloviera y se mojara, o de que algún pájaro lo atrapara y se lo llevara lejos.

Pero aquel cielo indefinido, vacío de nubes, parecía estar muy lejos de la lluvia…

y de los pájaros. Se quedó contemplándolo un rato más, con los ojos vidriosos.

Era la primera cosa que adornaba aquel lugar.

Y eso hizo que lo sintiera especialmente suyo… y la emocionara.

Llegó a la tienda de Linora en apenas seis pasos.

Se detuvo frente al escaparate, observando las flores secas que sostenían las manos del fantasma que esa noche no podía ver.

Lily esperó unos segundos más por si aparecía despacio, contenida, como si emergiera de otra capa de la realidad.

Pero no apareció, así que agarró la manecilla con aprensión y entró en la tienda con el corazón acelerado.

La campanilla tintineó.

El interior estaba completamente a oscuras, salvo por la luz tenue que desprendían los fantasmas sentados tras las vitrinas de cristal, todos sosteniendo ramos de flores.

Algunos eran ancianos que dormitaban con la cabeza descolgada sobre el pecho.

Otros, jóvenes de expresión melancólica o aburrida, que observaban el vacío con ojos apagados.

El conjunto era tan macabro y triste que Lily se estremeció.

Ninguno pareció reparar en ella.

El mostrador que le había tocado a Linora era literalmente un ataúd cerrado, de madera oscura, de molduras elegantes, tan pulido que las luces de los fantasmas se reflejaban sobre su superficie.

—Oh, ya estás aquí —la saludó Linora con una sonrisa afable mientras aparecía por la puerta del patio—. Ven. Te estábamos esperando.

—Linora, espera. ¿Puedo…? —Lily se detuvo. Quería preguntarle por los fantasmas, pero no estaba segura de si la ofendería. La muerte era un tema del que le habían enseñado que estaba mal hablar con ligereza. Claro que, en la Calle de Atrás, nada resultaba ligero.

—Sientes curiosidad por la tienda, ¿a que sí? —la ayudó Linora.

Lily asintió.

—Como no recuerdo quién era yo antes de la Calle de Atrás, no sé por qué tengo una tienda de fantasmas —dijo con una sonrisa pesarosa—.

Puede que mi padre fuera enterrador o que me fascinara la muerte cuando vivía en el otro lado.

Las tiendas son, de algún modo, un reflejo de nosotros.

Pero ignoro en qué medida y a qué obedece exactamente.

Pero los fantasmas me hacen compañía. No son aterradores como podría parecer, si acaso, son… peculiares.

—¿Higa no lo sabe?

—No sé si te has dado cuenta, pero Higa no es muy proclive a la conversación. Cuando le preguntas por el tema de las tiendas gruñe y responde que esa parte no es asunto suyo.

Lily esbozó una sonrisa. Hablar de Higa le calentó enseguida el pecho.

—¿Y quién compra fantasmas?

—Pues resulta que las mansiones y castillos con…

—se aclaró la garganta y recitó—: «registro de actividad poltergeist» están en auge.

No hay aristócrata ni millonario excéntrico que no quiera comprar una propiedad si sabe que está encantada.

Al parecer les divierte organizar sesiones de espiritismo.

A los fantasmas les encanta —añadió en tono risueño.

De algún modo aquello sosegó a Lily. Si a los fantasmas les gustaba asustar, ¿quién era ella para sentir lástima de su destino? Lo que sí seguía entristeciéndola era verlos detrás de las vitrinas, esperando ser… elegidos.

Linora siguió la mirada de Lily.

—Oh, no sientas pena por ellos. Ahora se hacen los compungidos, pero no imaginas las fiestas que montan de madrugada, ¿no es cierto?

Algunos fantasmas estallaron en risitas, y uno de los ancianos que dormía despertó aturdido.

—¿Ya ha empezado la partida? —preguntó.

—Calla. —Le dio un codazo el que estaba a su lado—. Aún no.

Ambas mujeres rieron.

Sintiéndose más ligera, Lily siguió a Linora hasta el patio. Y, en cuanto cruzó el umbral, todo se llenó de color… y de vida.

El patio de La tienda de fantasmas de Linora era un pequeño jardín.

Las paredes estaban cubiertas de buganvillas de colores que trepaban y se enredaban entre sí, cubriendo parcialmente aquel cielo plomizo.

En una esquina crecían pimientos, tomates, fresas y moras en grandes macetas de barro.

También había unos moños verdes y tiesos sobresaliendo de la tierra húmeda.

La ropa tendida se balanceaba suavemente sobre sus cabezas.

En el centro, sentados en sillas desparejadas alrededor de una mesa redonda de hierro, estaban don Ambrosio, Ana y Miguel (no el otro Miguel, gracias a Dios). devolvolver

Mateo correteaba persiguiendo a una gansa enorme que graznaba escandalizada perdiendo plumas por el camino, y que corrió a esconderse detrás de Linora.

—Mateo, deja en paz a Pepa —lo reprendió ella sin conseguir ocultar la risa.

Lily no pudo evitar sonreír también.

¿De dónde había sacado Linora una gansa?

—Lily, siéntate aquí —se apresuró Ana a llamarla, señalándole una silla roja de listones de madera vacía a su lado.

—Bienvenida a nuestra pequeña familia, Lily —dijo don Ambrosio con afabilidad.

—Sí, bienvenida, Lily —repitió Miguel y después añadió, algo avergonzado—. Puedo saludarte con normalidad. Ya nos han presentado oficialmente, ¿verdad?

—Sí… perdón por eso, Miguel. Aún no me acostumbro a lo distinto que es todo aquí.

Linora tomó asiento frente a Lily y ordenó a Mateo que se sentara también.

—Enseguida llegará Himo.

Como si aquella frase lo hubiera invocado, Himo apareció empujando su chirriante carrito.

—Holaatodos —saludó jovial, con una sonrisa aún más enorme que la de costumbre.

—¡Hola, Himo! —gritaron todos a la vez.

Mateo estalló en carcajadas.

La cara de Himo se puso colorada y comenzó a trastear en sus ollas y cajones, sirviendo platos con sus brazos extensibles.

—¿Qué cenastú, Lily? —preguntó a la joven.

Todos tenían platos distintos: arroz con carne, estofado, pescado frito con verduras cocidas. Ella no sabía qué responder. Los menús siempre los había decidido su madre junto a la cocinera. Así que dudó unos segundos.

¿Qué le apetecía realmente a ella?

—¿Podría cenar lo mismo que desayuné? ¿Tienes leche y panecillos? —preguntó tímidamente.

—Claroquesí —respondió Himo feliz—. A Himo también le encanta cenardesayunar.

Sirvió a Lily y luego se preparó lo mismo para él. Después aparcó el carrito a un lado y se sentó en la silla vacía que quedaba junto a Mateo.

—¿Puedo cenar yo mañana eso? —preguntó Mateo enseguida, con expresión entre esperanzada y ansiosa.

—No —le respondió Ana con firmeza—. Tú necesitas proteína y verduras. Estás creciendo.

—Jo…

La cena transcurrió entre risas y anécdotas de las ventas del día.

Al parecer, las otras tiendas tenían aún menos clientes que la suya.

En la tienda de Ana solo había entrado un cliente; lo mismo había ocurrido en las de don Ambrosio y Miguel.

Linora había recibido dos visitas que observaron a los fantasmas, levantaron el mentón con aristocrático desprecio y se marcharon sin comprar ninguno.

Y Mateo únicamente había vendido un avión de viento porque un niño había llorado desconsolado hasta que su madre aceptó pagar el precio de tres horas.

La sensación fue extraña. Aunque todos hablaban con alegría, parecía que se esforzaban demasiado en ello. Un regusto amargo se instaló en la piel de Lily.

¿Había problemas en la Calle de Atrás? ¿Intentaban no desanimarla en su segundo día allí? ¿Y de dónde sacaba un aristócrata humano o un sapo gigante monedas de tiempo?