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Capítulo
En el que Lily conoce un poco más la Calle
Antes del mediodía entraron dos sapos más. Lily ya tenía seis horas dentro del tarro del gusano. Había humedecido y enjabonado un calcetín, con el que eliminaba el rastro gelatinoso antes de guardar las monedas.
Limpias, las monedas eran… curiosas, tanto como curioso era aquel lugar donde el tiempo no solo se medía, sino que también se acuñaba.
Lily las había estudiado maravillada. Parecían monedas corrientes, salvo porque estas no estaban fabricadas con metal, sino que eran discos traslúcidos del tamaño de un real, que latían con una luz suave, como si estuvieran hechas de vidrio líquido.
Lily se sintió orgullosa de aquel pequeño tesoro y culpable a la vez.
Pero al menos los grillos habían dejado de gritar su nombre cada vez que entraba un cliente.
Y si podía adaptarse a las normas, sobreponerse al espanto de las cosas más tétricas que componían la Calle y ser una comerciante más, podría quedarse, a salvo del cónsul… y cerca de Higa.
Sus pensamientos la traicionaban, y se daba cuenta de que pasaba más tiempo mirando la puerta de la tienda por si lo veía aparecer que prestando atención a todas las demás cosas extraordinarias que la rodeaban. Y no sabía hasta qué punto aquello era bueno… o terrible.
El gusano se había instalado en el mostrador y no dejaba de hablar. Le hacía preguntas constantes a Lily sobre su vida anterior.
—¿Eres un espía? —le preguntó la joven después de que quisiera saber dónde había vivido antes de llegar a la Calle de Atrás y si recordaba la dirección exacta.
—¿Espía de quién? ¿De un gusano de seda emperador del mal?
Sonaba ridículo dicho así, pero ¿y si realmente era un espía de quien se lo había regalado? Seguía sin recordar quién había sido.
—Gusano, ¿quién era tu anterior dueño?
—¿Por qué quieres saberlo? ¿Eres una espía? —le devolvió sus propias palabras.
—Eres un bicho de lo más insolente.
—Privilegios de ser un gusano. —Hizo una pausa, como si tuviera que llenarse de aire, y añadió—. Mi dueña anterior era Milagros. Su tienda vende… oh, sorpresa, gusanos de seda.
—¿Y ya está? —preguntó Lily, ignorando la pulla, sabiendo que las tiendas de la Calle de Atrás nunca eran normales.
—¿Quieres más? Muy bien: gusanos de seda parlanchines que son capaces de escupir ropa. No esos capullos cutres. Ropa, señorita recelosa. Ropa entera. Vengo de La tienda de modas de Milagros.
A Lily se le abrieron los ojos.
—Oh.
—Sí, Lily. Oh.
A media mañana, Lily se había acabado la leche y los panecillos más por nerviosismo que por hambre.
Pero, pasado el mediodía, el estómago empezó a protestarle de nuevo, llevándola a preguntarse cómo se conseguía la comida en aquel sitio.
La fiesta había estado bien aprovisionada, así que debía de salir de alguna parte.
La divagación la llevó a reprenderse mentalmente.
Aquellas eran las cosas prácticas que debería haber resuelto desde el primer momento, pero, como estaba acostumbrada a que la comida fuese algo de lo que jamás tenía que preocuparse, no pensó en ello más allá de pedirle a Higa el desayuno en un intento patético de retenerlo.
Rodeó el mostrador y decidió visitar a Linora para preguntarle.
Abrió la puerta. Y no pudo salir. Cada vez que intentaba cruzar el umbral, algo invisible se lo impedía.
—¿Qué pasa? —preguntó en voz alta, intentando no dejarse llevar por el pánico.
—No puedes salir mientras las tiendas están abiertas —respondió el gusano.
—¿Qué? ¡¿Por qué?!
—No lo sé.
—¿No lo sabes?
—No. Aunque te parezca extraño, no lo sé todo, Lily. Solo he observado que no se puede.
La idea de estar encerrada hizo que la angustia le subiera de golpe desde el fondo del pecho.
Intentó respirar despacio: no podía seguir desmayándose como respuesta fisiológica a cada nuevo contratiempo.
No podía seguir siendo tan delicada como una flor de primavera.
Tenía que aprender a sobrevivir en la Calle sin depender constantemente de los demás y, cuando pensaba en esos demás , en realidad solo pensaba en Higa.
Entonces oyó el chirrido de unas ruedas que se acercaban sobre los adoquines. Retrocedió un paso. Y luego otro. Empezar a ser más fuerte a lo mejor podía esperar.
—Bien. El carrito. ¡Pídeme morera! —gritó el gusano.
¿El carrito?
Una criatura de seis brazos apareció delante de la tienda empujando un carrito enorme.
Caminaba sobre dos patas larguísimas que se doblaban hacia atrás, como las de un saltamontes.
Llevaba un gorro de cocinero demasiado grande para su diminuta cabeza y un mandil blanco impecable sobre un uniforme que parecía fabricado en tela de saco.
Cuando giró la cabeza hacia Lily, la recibió con una sonrisa descomunal que parecía ocuparle media cara.
—¿Qué vasaquerer, niña? —dijo, pegando las palabras.
Lily se quedó sin voz. Creía haber superado la fase del asombro categórico, pero parecía que aún quedaban rarezas en la Calle de Atrás capaces de dejarla muda.
—Soy Himo. ¿Y tú quiéneres? —añadió la criatura ante su silencio.
La sonrisa de la criatura se volvió un poco más pequeña. Ladeó la cabeza, esperando.
—Soy… Lily —respondió ella bajito y no muy segura.
—Por todos los gusanos del Infierno, parecéis dos tontos. Pide la comida ya.
Himo miró por encima del hombro de Lily y estiró el cuello hasta meter la cabeza dentro de la tienda.
—¡Lilyyyyy! —gritó el gusano con voz ahogada.
La joven corrió hasta el mostrador antes de que a aquella criatura le diera por comérselo.
—Eso te pasa por bocazas —se rio a pesar de lo estupefacta que estaba.
—Eres un gusanodeseda. Tengomoreramuybuena —le dijo Himo, demostrando que era completamente inofensivo.
—Gracias, compadre, pero puedes alejarte —respondió el gusano, encogiéndose sobre sí mismo hasta formar una bola.
Himo retrocedió, recuperando su enorme sonrisa, y Lily volvió a la puerta.
Con la cabeza de vuelta en el carrito, rebuscó entre cajones y levantó tapas de olla. El aire se llenó de olores a especias, a humo y comida caliente. Uno de aquellos aromas hizo gemir a Lily sin querer.
Himo levantó la cabeza y rio, enseñando una cantidad de dientes absurda.
Con dos de sus seis manos sacó un plato de loza de la parte baja del carrito y, utilizando un cucharón enorme, le sirvió a Lily una ración generosa.
—Es caldodepescado, niña. Himo lo cocina con muchocilantro. Está muybueno —dijo mientras le entregaba el plato.
Lily lo aceptó con una pizca de recelo y le dio las gracias a Himo.
—¿Quierespan? —preguntó la criatura, con los ojillos clavados en ella mientras varias manos seguían moviéndose inquietas entre cajones y recipientes.
—No, gracias. Hoy ya he comido demasiado pan.
—Denada, niña. Toma.
Extendió una de las manos y le ofreció una hoja de morera.
—Para el gusanodeseda.
—¿Cuánto te debo? —preguntó entonces Lily.
—Nada. La comida de Himo esparalosresidentes.
Lily volvió a darle las gracias y la extraña criatura se marchó calle abajo empujando el carrito. Lo vio desaparecer en aquella oscuridad que se tragaba los edificios, los adoquines y hasta el cielo y, sonriendo como una niña, entró en la tienda y cerró la puerta.
Se sorprendió al descubrir que la Calle de Atrás empezaba a gustarle… bastante más de lo esperado.