La Calle de Atrás -11-
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Capítulo

En el que Lily hace un nuevo amigo

A la mañana siguiente, Lily se despertó cuando aún no había amanecido.

No lo supo por la luz (la Calle seguía sumida en la misma penumbra indefinida bajo un cielo igualmente indefinido), sino por el reloj que le había regalado uno de los residentes.

Por fortuna, no había sido Carmen; de lo contrario, habría acabado con un reloj que no sabría muy bien para qué servía.

La mortificaba no recordar el nombre de quien se lo había regalado.

La noche anterior había recogido la ropa ya seca y después había lavado los calcetines que llevaba puestos desde que escapó de casa. Resultaba extraño lo mucho que la reconfortaba aquella pequeña tarea.

Mientras doblaba las prendas para guardarlas en la gaveta, rememoró, con una sonrisa y un delicioso aleteo en el estómago, el mágico baile con Higa.

¿Por qué le habría pedido ese baile? ¿Por qué lo había interrumpido con aquella brusquedad?

¿Había sentido él lo mismo que ella, el anhelo corriendo por sus venas?

Deseó con todas sus fuerzas que sí.

Volvió al patio y llenó de tierra las macetas.

Luego escarbó un agujero poco profundo y plantó las semillas.

No tenía ni idea de qué saldría de ellas, ni de si lograría hacerlas crecer, aunque tampoco parecía demasiado complicado.

¿Qué necesitaba una planta para crecer? Tierra, agua y…

sol. Umm . Allí no había sol. O al menos ella no lo había visto aún.

Pero, si Linora decía que algunos residentes cultivaban con éxito, significaba que, de alguna forma… era posible.

Después de lavarse a conciencia las manos y la cara, y posponer para esa noche lavarse el pelo, se vistió usando la otra blusa guardada en la gaveta, que era de un suave color amarillo que Rosa habría dicho que no favorecía demasiado a su piel.

Claro que si hubiera visto el amarillo de la blusa de Carmen se habría espantado.

Ese pensamiento la hizo sonreír. Pero la sonrisa desapareció casi enseguida cuando recordó lo que le había dicho Linora.

¿Cuándo empezaría a olvidar a Rosa, a Toña… y a sus padres?

Se puso la única falda que tenía y miró al gusano que descansaba dentro del tarro sobre la cómoda.

—¿Crees que podrías tener fabricados unos metros de seda para mañana y así poder hacerme una falda nueva? —dijo en tono jocoso. Ni siquiera tenía aguja e hilo.

El gusano se incorporó lentamente hasta quedar erguido cuan largo era, que era demasiado para un gusano.

—Si me consigues morera, quizá pueda darte un pañuelo. Ya hablaremos de la falda.

Lily dio un grito tan agudo que las paredes de la trastienda retumbaron. Al segundo siguiente, el pestillo de la puerta saltó por los aires y la campanilla tintineó con violencia, haciéndola gritar de nuevo.

Higa apareció en la puerta de la trastienda con el rostro desencajado.

—¿Qué ocurre? ¿Estás bien?

Lily lo miró atónita.

—¿Te has vuelto loco?

—¿Por qué has gritado? —la regañó él, como si hubiera sido ella la que hubiese hecho algo mal.

—¿Y por qué apareces así? —se defendió la joven atacando—. ¿De qué sirve el cerrojo si cualquiera puede arrancarlo de un empujón?

—Cualquiera, no. Solo yo.

Lily boqueó, sin saber qué responder a aquella arrogancia absurda. Bajó la vista hacia sus pies y él siguió su mirada. Estaba descalza. El calor le subió al rostro al instante. Un hombre estaba en su habitación y ella tenía los pies desnudos y el cabello suelto.

—Fuera —ordenó, empujándolo con ambas manos en el pecho—. No puedes estar aquí. No puedo estar a solas con un caballero medio vestida.

—Lily —rio él.

Y su risa la detuvo. Tenía un sonido maravilloso.

Higa le sujetó las manos y se las llevó al pecho.

—No soy un caballero —dijo.

Y sonó peligroso.

Con esas cuatro palabras, la soltó y se marchó sin decir nada más. Era tan bruto como un animal. Lily salió de la trastienda tras él y lo vio regresar un minuto después. Dejó en el mostrador una cesta con una botella de leche y varios panecillos que olían a recién horneados.

—¿Es para mí? —preguntó encantada.

—Querías el desayuno.

—¿Por eso estabas aquí y me has oído gritar? ¿Me estabas trayendo el desayuno?

Higa solo bufó. Como si señalar aquel detalle lo incomodara.

Volvió a colocar la campanilla en su sitio por segundo día consecutivo, recogió el pestillo y se marchó dando un portazo.

Lily no pudo evitar soltar una carcajada. Era lo más encantador que alguien había hecho por ella. Obviando el portazo, claro.

Se acercó a la cesta y aspiró el aroma cálido de los panecillos. Se sentía en una nube.

—¿Hay hojas de morera para mí en esa cesta?

La voz del gusano sonó desde algún lugar demasiado cerca.

Lily dio un respingo cuando lo descubrió trepando por su falda. Impulsada por la repulsión, se sacudió intentando no gritar para no hacer regresar a Higa… aunque deseara con todo el cuerpo verlo volver.

—¿Cómo demonios has salido del tarro? —le preguntó al bicho.

Seguía agarrado a la tela de la falda. Era tan grande y… verde.

—Me aburría. Además, tengo serias dudas de que recuerdes darme de comer si no me busco un poco la vida.

En eso tenía razón.

—¿Qué clase de gusano eres? —le preguntó con una mueca de aversión.

—De seda. Creía que eso ya lo teníamos superado. No me digas que tenemos que volver a empezar desde el principio porque me vuelvo al tarro y te dejo sola apañándotelas.

Entonces Lily estalló en carcajadas. Rio tanto que le dolieron los costados y le lloraron los ojos.

Cogió al gusano (aunque seguía dándole muchísimo asco, peor era tenerlo agarrado a la falda) y lo dejó sobre el mostrador.

—Quédate aquí —le dijo Lily cuando pudo volver a hablar.

A continuación se fue a la trastienda y se puso uno de los pares de calcetines que le habían regalado, se calzó las botas y se trenzó el pelo. Cuando acababa de atar el lazo al final de la trenza, sonaron las dos campanadas.

Maldijo.

Corrió de vuelta al mostrador, dio varios sorbos a la botella de leche aún tibia y se comió uno de los panecillos sin recordar que tenía modales.

—¡Qué finura, hija! —comentó el gusano, poniendo en blanco los seis diminutos ojos que tenía a cada lado de su bulbosa cabeza.

—No tengo tiempo —se defendió ella.

—Ya. Y tienes que cortarte las uñas, por cierto. Casi me vacías uno de los ojos cuando trepaba por tu falda.

¿Qué?

Lily fue a responderle cuando la campanilla tintineó y los grillos comenzaron a gritar su nombre, aterrorizados.

—¡La madre de todos los gusanos! —chilló el gusano.

Uno de los clientes sapo de Lily acababa de entrar a la tienda. Era algo más pequeño que el del día anterior. Toqueteó las jaulas mientras los grillos chillaban cada vez más fuerte. Después eligió una y caminó con ella hasta el mostrador.

Lily cerró los ojos para no mirar al grillo, aunque fuera un comportamiento absurdo.

El sapo empezó a emitir aquel sonido húmedo y espeluznante.

—Abre los ojos, inconsciente —le ordenó el gusano con voz chirriante.

Lily los abrió justo cuando la cabeza del sapo ya estaba a menos de cinco centímetros de la suya.

—No quiero venderlo —le dijo, aguantando la respiración cuanto pudo.

—¡Estás rematadamente loca! —gritó el gusano.

El sapo reparó entonces en él y sacó la lengua, relamiéndose. Pero Lily reaccionó rápido: atrapó el gusano al vuelo y se lo escondió detrás de la espalda, sin prestar atención a la repulsión que le producía su contacto viscoso. Después le arrebató la jaula al sapo con la otra mano.

— No se venden —repitió con más firmeza, aunque le temblaban las rodillas.

La voz del gusano vibró entre sus dedos.

—¿Y para qué cuernos tienes una tienda de grillos si no vas a vender grillos?

El bicho tenía razón. Estaba siendo irracional.

Tenía una tienda de grillos y, si no los vendía, entonces no tenía nada que hacer en la Calle de Atrás.

Y, en cualquier caso, vender grillos no era peor que vender fantasmas o cabezas porque…

¿a quién habían pertenecido esas cabezas antes de estar expuestas en las vitrinas de don Ambrosio?

Lily respiró hondo, carraspeó, miró a los grillos mostrando una firmeza totalmente fingida y les ordenó:

—¡Ni una palabra más!

Y, por increíble que fuera, funcionó. Los grillos cesaron de hablar y volvieron a chirriar como simples insectos.

Lily asintió bastante orgullosa de su hazaña. Sin embargo, cuando extendió la mano para devolverle la jaula al sapo, lo hizo con escasa voluntad.

—Dos horas —pidió tal como había visto hacer a Higa antes de desmayarse, aunque le costó un esfuerzo enorme hacerlo. Y recordó que no sabía qué había hecho Higa con esas primeras dos horas.

El sapo, obediente, sacó dos monedas y se las entregó.

Estaban húmedas y olían igual que él: a algo estancado y pestilente.

Luego abrió la jaula y se tragó el grillo, después de masticarlo lentamente de un lado al otro de la boca.

Tanto el crujido de la masticación como la deglución fueron absolutamente asquerosos.

Lily se estremeció de la punta de los pies hasta la raíz del pelo.

El panecillo que acababa de comerse pareció volver a querer subirle por la garganta, ácido y ardiente.

—Gracias —dijo el sapo con voz de niña, estremeciéndola—. Hoy es la prueba para el coro de la escuela. Con esta voz estoy segura de que me aceptarán.

Y empezó a cantar a pleno pulmón:

Mambrú se fue a la guerra.

Mire usted, mire usted qué pena.

Mambrú se fue…

La puerta se cerró tras el sapo y su voz se perdió entre el canto de los grillos y el tintineo de la campanilla.

Lily soltó al gusano y las monedas en el mostrador y corrió al patio.

Una vez allí, llenó el cubo y se lavó las manos incapaz de soportar más la sensación viscosa…

y el olor, mientras trataba de mantener el desayuno dentro del estómago.

Se mojó el cuello y la frente y, cuando se sintió casi repuesta, regresó.

—¿Qué hago yo ahora con esto? —preguntó al aire, mirando las dos monedas con aversión.

—Mételas en mi tarro. Yo prefiero que me busques una caja de cartón.