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Capítulo
En el que Lily baila sin música
Media hora después, toda aquella gente empezó a desfilar delante de Lily para presentarse y entregarles regalos.
Eran tantos nombres que a la pobre muchacha le fue imposible recordarlos todos.
Le habría sido más útil que cada uno añadiera a su nombre el de su tienda, pero nadie lo hizo y a Lily le pareció grosero preguntar.
Se mordió el labio varias veces para evitar caer en la tentación de interrogarlos.
Bueno, alguien sí se lo dijo.
Linora le dio las semillas y la tierra que le había prometido. Mateo le ofreció un avión de papel en un gesto encantador.
—Es de mi tienda. Si lo sueltas en tu patio, volará feliz hasta que se le acabe el viento. Puedo recargártelo cuando quieras. Mi tienda es La tienda de vientos de Mateo —explicó orgulloso, y por primera vez, Lily se dio cuenta de que le faltaba un diente.
A Lily le pareció tan bonito y tierno que le dieron ganas de llorar.
También recibió cosas más prácticas, como una cantimplora para el agua o varios pares de calcetines, y cosas tan absurdas como un gusano del tamaño de una rata dentro de un tarro.
Sonrió agradecida a todos. Aquel desfile la hizo sentir parte de una comunidad y no al margen de ella, como se había sentido toda su vida. Aunque fuera una comunidad tan rara como aquella.
La plaza comenzó a vaciarse mucho antes de la medianoche.
Al día siguiente las tiendas debían abrir de nuevo al sonar las dos campanadas.
Linora había guardado los regalos de Lily en una cesta de mimbre que pesaba bastante.
Cuando la muchacha intentó levantarla sin éxito, Higa apartó a Lily y, sin decir una sola palabra, cogió la cesta y echó a andar calle abajo.
Linora y don Ambrosio los acompañaban, camino de sus respectivas tiendas. Mateo ya se había retirado hacía rato. Ana —cuya tienda de zapatos no era exactamente una zapatería— se lo había llevado medio dormido en brazos.
Mientras caminaban detrás de Higa, Lily preguntó en voz baja:
—Linora… ¿cuál es la historia de Mateo?
La anciana suspiró y la miró con esa mezcla de ternura y cansancio, como si aquella pregunta fuera muy difícil.
—Ya no recordamos nuestras historias, ni las ajenas. Si permanecemos demasiado tiempo en la Calle de Atrás, nuestras vidas anteriores desaparecen.
Aquello entristeció a Lily. Olvidar quiénes habían sido y a quienes habían amado debía de ser terrible.
Claro que, si lo pensabas bien, tenía sentido.
Si el objetivo de aquella calle era dejar atrás el mundo del que procedías, lo natural era que terminaras borrándolo.
Lily imaginó que, con el tiempo, incluso acabaría agradeciendo no sentir nostalgia.
—Don Ambrosio, ¿puedo preguntarte por tu tienda?
—Claro —dijo él con una sonrisa, colocándose bien los anteojos—. Desembucha, sé que mi tienda resulta de lo más curiosa.
A Lily le pareció que curiosa era quedarse en la superficie, y se le ocurrieron calificativos mejores como horripilante .
—¿Quién compra… cabezas?
—Oh, te sorprendería la cantidad de gente que las pierde —respondió, rompiendo a reír por su propia chanza—. Y si además puedes comprar una nueva adornada de un bonito sombrero, mejor que mejor.
Lily trató de imaginar la escena: la campanilla de la tienda de cabezas tintinea y entra un cliente.
—¿La gente que va a tu tienda no tiene cabeza? —preguntó porque no podía imaginar la escena más allá de ahí.
—Exactamente.
—¿Y cómo saben adónde ir si no tienen cara?
Lily se fijó en que Higa, que caminaba delante, hacía un ruidito como si estuviera aguantándose la risa.
—No tengo ni idea —respondió don Ambrosio y le guiñó un ojo.
Eso generó en Lily cientos de preguntas más, pero el cansancio empezaba a pesarle en los huesos y supuso que ellos también estarían agotados.
Pero la tienda de Linora también era un misterio del que quería saberlo todo.
Y aquello le recordó el otro asunto referente a la magia que la había salvado de estrellarse contra los jazmines y que seguía en su lista de enigmas pendientes.
Se estaba convirtiendo en una lista muy larga.
Cuando llegaron a la tienda de voces, don Ambrosio y Linora se despidieron. Entonces Higa y ella se quedaron solos. Pero el dios del tránsito no abrió la puerta ni se marchó. Dejó la cesta en el suelo, se colocó delante de Lily y extendió la mano mientras se inclinaba ligeramente.
—¿Puedo?
El corazón de Lily comenzó a golpearle el pecho con tanta fuerza que estaba segura de que él podía oírlo.
No en vano, la mitad del tiempo Higa era un animal y los animales tenían un oído más sensible que el de los humanos y, por si eso no bastaba, además era un dios.
Pese a todo ello, Lily asintió y puso la mano sobre la de él.
Y descubrió entonces que deseaba, con una ansiedad asfixiante, estar entre sus brazos.
Higa rodeó su cintura con la otra mano y empezó a guiarla despacio, adelante y atrás, con pasos pequeños, sin música.
En cuanto Lily levantó la cabeza hacia él, se quedó atrapada en el oro de sus ojos. En su contacto. En su calor. En aquel aroma salvaje que desprendía. A libertad. A todas las cosas que había anhelado cuando vivía prisionera en su propia casa.
Sentía su respiración, y le pareció tan acelerada como la suya.
Sus dedos temblaron al apoyarse en su hombro.
Los de Higa apenas rozaban su cintura, como si temiera tocarla…
demasiado. Como si lo deseara tanto que le resultara difícil medir la fuerza si se atrevía.
Sus ojos descendieron entonces hasta los labios entreabiertos de Lily, que parecían suplicar lo que ella no se atrevía a pedir.
Nunca la habían besado. Y la posibilidad de que él lo hiciera se convirtió en una necesidad casi desesperante. El aire entre ellos pareció tensarse.
Entonces… Higa la soltó de golpe.
Y el hechizo que los mantenía atrapados se rompió.
—Esto… Tienes que descansar —dijo, volviendo a convertirse en el Higa brusco que conocía—. Cuando entres, echa el pestillo y no abras a nadie hasta que escuches las dos campanadas de mañana. Adiós.
—Higa… Espera.
Lily lo detuvo antes de que pudiera marcharse. Temblaba como una hoja.
Higa se volvió hacia ella. Y aquella forma de mirarla le dejó la mente en blanco. Ya no sabía ni si estaba respirando. Solo sabía que no quería que aquella noche terminara. Que no quería que se fuera. Pero no se le ocurría nada para retenerlo.
—¿Habrá desayuno? —preguntó al final.
Y entonces él sonrió. Lily nunca lo había visto sonreír. Fue como un golpe directo en el pecho. Absolutamente extraordinario.
—Ya veremos.
Después se dio la vuelta y se alejó calle arriba. Antes de doblar la esquina hacia la plaza, volvió a convertirse en chivo. Lily se quedó observándolo hasta que desapareció.
¿Viviría allí arriba?