-9-
Capítulo
En el que Lily asiste a su fiesta de bienvenida
La fiesta se había organizado en una pequeña plaza decorada con banderines de colores colgados de largas cuerdas atadas entre las farolas.
A Lily los faldones le recordaron la ropa tendida en el patio y las fiestas a las que había asistido hasta entonces, en aquel otro mundo de rígidas normas de protocolo, pero sin el encanto de cabezas en escaparates ni relojes que iban hacia atrás.
Desde que sus padres la presentaron en sociedad, su existencia fue un desfile interminable de reuniones y bailes, con la intención de exhibirla igual que a los fantasmas de la tienda de Linora, solo que con flores vivas prendidas en el pelo, hasta que el cónsul irrumpió en sus vidas y su padre anunció el compromiso.
A partir de ese día, su presencia en sociedad quedó destinada exclusivamente a satisfacer a su prometido.
Su mente evocó la última fiesta a la que había asistido antes de su frustrado plan de arrojarse por la ventana.
Se celebró en uno de los salones principales de la casa, abierto de par en par hacia la brisa templada del Atlántico.
Los altos ventanales dejaban entrar el aroma salobre del mar, mezclado con el perfume de las buganvillas y jazmines que trepaban por los muros encalados.
La luz de las lámparas de aceite, suspendidas en delicadas estructuras de hierro, hacía que relucieran los abanicos de encaje, las joyas y los tejidos vaporosos traídos de la península o de ultramar.
La orquesta, compuesta por un piano y un violín, alternaba valses, polcas y contradanzas, mientras las parejas se deslizaban con elegancia sobre el suelo de baldosas pulidas.
Las damas lucían vestidos de mangas ajustadas y faldas amplias, adornadas con encajes, plumas y flores naturales en el pelo; los caballeros, con trajes oscuros y guantes impecables, inclinaban la cabeza con cortesía ante las damas.
En los márgenes del salón, entre discretas conversaciones, se cerraban acuerdos, se evaluaban linajes o se medían fortunas con la misma elegancia con la que se servían vino de malvasía y dulces de almendra.
Todo estaba regido por una coreografía invisible de normas sociales: una mirada sostenida más de la cuenta podría interpretarse como una promesa, y una ausencia, como un desaire.
Bajo aquella ligereza, cada gesto tenía peso, y cada baile, consecuencias.
Aquella noche a Lily solo se le había permitido bailar con el cónsul. Le parecía que aún podía oír sus resuellos, sentir su mano húmeda sobre la suya y aquel terrible hedor a algo corrompido bajo el perfume.
Aquella fiesta, en cambio, latía con vida propia.
Puede que allí no hubiera lámparas elegantes ni porcelanas delicadas, pero había faroles de aceite y mesas de madera improvisadas cargadas de comida sencilla que hicieron rugir las tripas de Lily con voracidad.
Tres hombres vestidos de manera sencilla, con fajines negros rodeándoles la cintura, tocaban una polca: uno con la guitarra, otro con el violín y el tercero marcando el compás con las manos sobre una de las mesas.
Cinco parejas bailaban en el centro de la plaza.
Una de las parejas estaba formada por don Ambrosio, que lucía una sonrisa embelesada, y una mujer de curvas exuberantes ce ñidas por un vestido de seda granate que Lily encontró demasiado… alegre.
Había dos mujeres más que reían sin ocultarse, con las mejillas encendidas y el cabello recogido con descuido.
Otra faenaba tras una olla enorme que había sobre una mesa donde dos hombres comían y bebían.
Nadie parecía observar ni juzgar. A Lily se le formó un nudo en el estómago.
Allí, por primera vez, no sería una promesa ni algo dispuesto para el porvenir de otro, solo una persona más arrastrada por la diversión.
Y, sin embargo, había algo en aquella libertad que también la inquietaba, porque nunca dejaría de ser una ingenua y una necia si ignoraba deliberadamente que en un lugar donde no existían normas de comportamiento, los límites se desdibujaban.
Y la señorita Elisa Rivera estaba habituada a vivir en un mundo de límites precisos.
Protegida todo el tiempo por la posición en la vida que le daba su apellido.
Por eso, allí, en aquella fiesta de banderines de colores y extraños comerciantes, también se sintió insegura y expuesta.
Cruzó los brazos para que nadie notara que le temblaban las manos.
Entonces vio a Higa por el rabillo del ojo situarse a su lado.
La música se detuvo. Todos les miraban. Higa, como dios, tenía una presencia imponente; no obstante, dado que ella era la invitada de honor, Lily supuso que la atención estaba repartida entre él y el momento de su llegada.
Linora apareció al otro lado de Lily y puso la mano en su brazo. Aunque la joven agradeció el contacto, seguía sin quitarse la visión de la tienda de fantasmas de la cabeza, inseparable ya de la imagen de la anciana.
—¡Ella es Lily! ¿A que es muy guapa? —gritó Mateo con un entusiasmo desbordante, antes de salir corriendo hacia una de las mesas.
Una vez allí cogió un bollo enorme y dorado y se lo metió casi entero en la boca.
Las tripas de Lily rugieron más fuerte y deseó tener esa misma despreocupación, el atrevimiento de hacer lo mismo.
No pensar tanto. Dejar que aquel lugar le mostrara lo que tenía para ella.
El joven que antes marcaba el compás golpeando la mesa se acercó con paso decidido luciendo una sonrisa franca. Tenía el cabello pelirrojo y en punta.
—La famosa Lily. Encantado de conocerte —dijo, tendiéndole la mano.
Ese comentario la puso más nerviosa aún.
¿Famosa? ¿Desde cuándo era ella famosa?
Frunció el ceño y escondió las manos en la espalda. No era apropiado estrechar la mano de un caballero sin que alguien de su familia los hubiese presentado debidamente. La costumbre y la educación se interpusieron como un muro.
—Lo siento —se disculpó, muy consciente de lo extraño que resultaba allí su reacción. Pero aquel decoro aún era parte de quien era, y no estaba preparada para ser de otra forma—. No nos han presentado.
—Oh… —El joven vaciló, descolocado, y miró a Linora en busca de ayuda.
—Este muchacho es Miguel. Miguel, ella es nuestra nueva residente, Lily —procedió Linora a cumplir con aquel trámite formal de la mejor manera que pudo.
—¿Eres el de la tienda de criaturas? —soltó Lily sin pensarlo, dejándose llevar por la curiosidad que le había despertado aquellos extraños pasteles y olvidándose de todo lo demás.
—No, ese es «el otro Miguel».
Entonces un hombre mayor, con la cara colorada y una copa de vino en la mano, irrumpió casi a la carrera.
—Alguien me ha llamado.
Tenía la camisa blanca salpicada de manchas rojizas y desprendía un fuerte olor agrio a vino y tabaco mezclado con algo más que Lily prefirió no identificar.
Cuando se abalanzó sobre ella, invadiendo su espacio, Higa reaccionó al instante: estiró el brazo y apoyó la palma contra su pecho, deteniéndolo en seco.
—Apártate de ella —dijo con voz firme—. No estás en condiciones. Vete a dormir.
Aquella sensación de seguridad que envolvía a Lily cuando Higa estaba cerca, volvió a cubrirla como un escudo. Suspiró y relajó el cuerpo. Podría llegar a acostumbrarse a ello, aunque también podría ser su perdición si lo hacía. Vivir era fastidiosamente difícil.
El hombre se dio media vuelta y, tras dejar el vaso sobre una mesa con torpeza, abandonó la fiesta sin protestar. Al parecer, la autoridad del dios del tránsito era incuestionable.
En ese momento, la mujer que bailaba antes con don Ambrosio se acercó a Higa. Lily lo vio tensarse por el rabillo del ojo.
—Higa. Qué placer —dijo con voz melosa y labios demasiado rojos.
Lily no era precisamente una experta en las artes de la seducción, pero incluso ella fue capaz de reconocer aquella intención.
—Ven a bailar conmigo.
Lily no esperó la respuesta de Higa. Por alguna razón se sintió muy molesta.
Linora debió notarlo, porque la agarró del brazo y la condujo hasta una mesa donde descansaban grandes panes cortados, queso, manzanas asadas y la enorme olla llena de algo parecido a un estofado que olía de maravilla.
El hambre ya devoraba a Lily por dentro.
La mujer de mediana edad que faenaba con la olla le tendió un plato a Lily y otro a Linora.
Tenía la piel bronceada y el pelo oscuro recogido en un moño bajo.
Llevaba una falda larga marrón de tela basta, de la que le sobresalía el encaje de la enagua, y una blusa blanca cubierta por un justillo de paño oscuro.
—Soy Ana. Bienvenida a la Calle de Atrás, Lily.
—Gracias. —Sonrió ella mientras tomaba asiento.
Ana se sentó a su lado y Linora al otro.
La música volvió a sonar y las risas acompañaron a los corrillos de voces que renacieron por toda la plaza.
Lily lo agradeció, porque a pesar de que era su fiesta y sentía una infinita curiosidad por los otros comerciantes y sus tiendas, no quería ser el centro de atención.
Frente a ella, las dos mujeres que conversaban y reían se habían sentado también y comían con las manos trozos de pan untados en salsa verde y, con los dedos aún pringosos, escogían pedazos de queso de una fuente compartida.
Lily sintió una punzada de desagrado que disimuló enseguida cogiendo una cuchara algo torcida para probar el estofado.
La carne estaba tan tierna y sabrosa que tuvo que hacer un gran esfuerzo para no tragarla sin masticar.
Las mujeres no paraban de mirarla de tanto en tanto, como si quisieran entablar con ella una conversación y no se atrevieran.
No parecían tan tímidas antes y ahora, sin embargo…
Pero Ana tosió entonces y las presentó.
—Ellas son Carmen y Fiona.
Las susodichas sonrieron enseñando todos los dientes.
Bueno, Carmen sí; a Fiona le faltaban algunos.
Claro que Fiona era vieja como la momia de un museo a la que hubieran hidratado.
Llevaba un vestido oscuro y suelto. Y no llevaba corsé, o los pechos no le habrían caído sobre la mesa.
Carmen, en cambio, no debía tener más de treinta años.
Tenía el pelo muy oscuro igual que la piel.
Llevaba una blusa de un amarillo chillón adornada con demasiadas cintas y lazos para un color como aquel. Parecía un regalo mal envuelto.
—Encantada —dijo Lily—. Yo soy Lily y tengo una tienda de…
—Lo sabemos —dijeron las mujeres a la vez.
—¿Es verdad que…? —comenzó a preguntar Fiona.
—Deja a Lily comer en paz —la cortó Linora sin dejarla terminar la pregunta.
Era la segunda vez que alguien trataba de decirle algo y Linora o Higa lo impedían.
Pero también podía ser que Linora se preocupara sinceramente por ella.
Había pasado el día desmayada y necesitaba comer para reponer fuerzas.
A lo mejor no había ninguna conspiración oculta y ella, simplemente, estaba desquiciada.
Fiona cerró la boca que se le había quedado abierta y siguió comiendo, mojando el pan ahora con movimientos un poco más bruscos, salpicando el mantel y manchándose la barbilla.
Lily trató de captar fragmentos de las conversaciones que le llegaban desde un punto tras ella.
Algunas eran simples risas o coqueteos; otras hablaban de tiempo, de deudas y de alguien llamado el Recaudador de Tiempo.
Lily supuso que el nombre tendría que ver con que las cosas que se vendían en la Calle de Atrás tenían el precio en tiempo y no en dinero normal.
¿Y no había dicho Linora que la estancia en la Calle no era gratis?
Debía existir algún tipo de coste por el alquiler de las tiendas y ese Recaudador era el encargado de cobrarlo.
Y, hablando de misterios, ¿de dónde salía la comida?
Lily no había visto de camino allí ningún colmado.
Intentó prestar atención a aquella conversación, pero las voces se deshacían entre la música y el golpeteo de botas y alpargatas contra los adoquines.
Su mente cambió de dirección e imaginó a Higa bailando con aquella mujer de labios rojos, y una irritación absurda le atravesó el pecho, pero se negó a volver la cabeza. ¿Qué le importaba a ella con quién bailara Higa?
Pero le importaba.
Mateo apareció de repente, metiendo la cabeza entre Ana y ella.
—Lily… —empezó a decir, deteniéndose enseguida, rojo como la grana. Sus bonitos ojos marrones la miraban llenos de expectación—. ¿Bailarías conmigo?
—Claro.
Lily sonrió y le tendió la mano. Muy serio y ceremonioso, Mateo la ayudó a levantarse y la condujo hasta el centro de la plaza sin soltarle la mano. La del niño estaba tibia y ligeramente pegajosa.
Estaba sonando una contradanza.
Al principio Lily pensó que Mateo no sabría qué hacer allí en medio, bajo la mirada de todos, pero apoyó su diminuta mano con firmeza contra la suya y estiró la otra con una solemnidad tan enternecedora que varias personas rieron alrededor.
—¿Así? —le preguntó en voz baja, imitando con visible esfuerzo la seriedad de un hombre adulto.
Lily no pudo evitar sonreír.
—Perfecto.
Comenzaron a girar despacio entre las parejas.
Mateo apenas le llegaba a la cintura y daba los pasos con más entusiasmo que precisión, tropezando a veces con sus propias botas.
Lily siguió la danza como la habían enseñado desde niña.
Mantuvo la espalda todo lo recta que pudo, dada la diferencia de estatura, contuvo los movimientos, y sostuvo apenas la falda para apartarla del suelo.
Poco a poco advirtió que las conversaciones se apagaban a su alrededor, que las otras parejas dejaban de bailar.
Todos los miraban. Pero, aunque Lily no vio burla en sus rostros, aquella atención le provocó un nudo en el estómago, porque los miraban como si contemplaran algo extraordinario que hubiese aparecido de pronto en mitad de la Calle.
De pronto la joven sintió que tenía que comportarse como se esperaba de una señorita bien educada.
Pero Mateo la observaba tan orgulloso mientras bailaba que terminó relajándose.
Y entonces sintió su mirada. Lily no necesitó buscarla para saber que era la de Higa.
Aun así, acabó levantando los ojos. Estaba apartado del gentío, medio apoyado en una de las paredes de piedra iluminada por la luz temblorosa de un farol.
Tenía los brazos cruzados y los ojos fijos en ella.
El calor le subió a las mejillas con tanta intensidad que bajó enseguida la vista hacia Mateo, fingiendo concentrarse en no pisarlo durante el siguiente giro.
Sin embargo, incluso así, seguía siendo consciente de él, de la satisfacción que le producía saber que continuaba observándola.