La Calle de Atrás -8-
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Capítulo

En el que Lily visita la Calle de Atrás

La Calle de Atrás era como el rincón de un sueño a medio soñar, una peculiar grieta en la vigilia. Sus contornos se emborronaban como si una lluvia finísima las estuviera diluyendo. Pero no llovía ni pizca.

Se trataba de una calle estrecha que se perdía en una curva si mirabas hacia arriba y en una oscuridad creciente si lo hacías hacia abajo. Estaba abarrotada de tiendas de tejados rectos que parecían apretarse unas a otras, como si temieran desaparecer si dejaban el más mínimo espacio entre ellas.

Los faroles encendidos se sucedían hasta desaparecer en esa ilusión de llovizna, entre bandoleras en las que podía leerse: «Bienvenido a la Calle de Atrás. Disfrute de su visita».

Las tiendas exhibían escaparates rebosantes y letreros enormes que colgaban perpendiculares a la Calle.

Lily se giró incapaz de resistir el impulso de descubrir desde fuera su tienda de grillos, invadida por una creciente sensación de pertenencia.

Pero el letrero no mencionaba a los grillos ni mucho menos: decía La tienda de voces de Lily en magníficas letras color cobre.

Los grillos, al otro lado del cristal, parecían solo eso: insectos en jaulas, como si únicamente adquirieran su verdadero potencial comercial cuando un cliente entraba en la tienda dispuesto a zampárselos.

Entonces dejaban de ser lo que parecían para convertirse en algo…

inverosímil. En una esquina del cristal, sobre un cartel escrito a mano, se leía: Precio por voz: 2 horas.

Lily torció el gesto. Así que no vendía grillos después de todo.

Se dio la vuelta para observar mejor la floristería de enfrente, con su escaparate colorido.

Cruzó la Calle con entusiasmo; sin embargo, a medida que se acercaba los colores desaparecieron, como si solo fueran un efecto ilusorio, y una vez delante del cristal, descubrió, para su decepción, que todas las flores estaban secas.

Levantó la cabeza para leer el nombre de la tienda y se encontró con que el letrero estaba…

equivocado. En lugar de floristería, rezaba: La tienda de fantasmas de Linora .

Dio un respingo, alejándose unos pasos del escaparate, pero sin poder apartar los ojos de las flores.

Y entonces, sujetando uno de los ramos, se dibujaron primero unas manos, luego unos antebrazos traslúcidos, y enseguida la silueta completa de un fantasma se materializó.

Era una joven con el cabello suelto que le caía sobre las mangas abullonadas de un vestido antiguo y algo ajado.

Brillaba con una luz azulada hipnótica. Estaba sentada en el escaparate, exhibiéndose a sí misma y no a las flores que sostenía.

En el cartel de la esquina se leía: Precio por fantasma: 5 horas.

Cuando Lily volvió a mirarla con la boca abierta, el fantasma sonrió con timidez.

El gesto, en lugar de espantarla, despertó en ella una profunda pena.

Sintió como si, de alguna forma retorcida, aquella tienda vendiera la dignidad de los muertos.

La imagen de la entrañable Linora adquirió un matiz oscuro que ya no pudo despegarse de su piel. Como una mancha de hollín.

Volvió a cruzar la Calle a la carrera en cuanto más manos traslúcidas fueron apareciendo sujetando el resto de ramos.

Y antes de que muchos rostros azulados se pegaran al cristal para mirarla con curiosidad y una pizca de anhelo, ella ya estaba ante el siguiente escaparate con un vacío en el estómago que reconoció como hambre —llevaba desde la noche anterior sin probar bocado—, pero también como una creciente incomodidad mezclada con el pasmo de  preguntarse dónde demonios se había metido.

Estaba frente a la tienda que se apretujaba contra la suya y que parecía una relojería: al menos, cientos de relojes colgaban desordenados en el escaparate.

Un tic-tac sutil se filtraba a través del cristal, pero no era un sonido que le resultara tranquilizador: era irregular, como un corazón que no encuentra su ritmo, y que la puso aún más nerviosa.

Al fijarse en las esferas, comprendió por qué.

Los segunderos de todos los relojes giraban en sentido contrario.

El letrero decía: La tienda de imprevistos de Carmen .

¿Imprevistos?

Lily siguió caminando, al tiempo que pensaba en la interesante conexión entre los imprevistos y los relojes que retrocedían.

El siguiente edificio era una pastelería, aunque el letrero decía otra cosa: La tienda de criaturas del otro Miguel .

En los expositores, los pasteles no permanecían quietos.

Se deslizaban de una bandeja a otra, se empujaban, se arrojaban entre ellos cerezas, nueces o pepitas de chocolate, intercambiándose la decoración como parte de una travesura o un juego delirante.

Un merengue se estampó de pronto contra el cristal con un sonido blando, y los demás comenzaron a temblar, como si rieran.

Después de la visión de los fantasmas, aquella escena absurda arrancó una sonrisa a Lily.

Duró poco.

Al lado de las chispeantes criaturas del otro Miguel se alzaba una sombrerería cuyo escaparate le hizo dar un grito que ahogó tapándose la boca con las manos.

Los sombreros descansaban, perfectamente alineados, sobre cabezas expuestas en vitrinas.

Cabezas reales cortadas, de rostros pálidos y ojos hundidos.

Lily sintió cómo el color la abandonaba.

Con el corazón desbocado, apartó la vista y aceleró el paso, justo cuando una de las cabezas con un sombrero de copa adornado con extravagancia abrió un ojo.

En el letrero perpendicular que colgaba sobre la puerta se leía: La tienda de cabezas de don Ambrosio .

Y en la esquina inferior derecha, un cartel pegado al cristal indicaba: Precio por cabeza: 6 horas.

La imagen que Lily tenía del breve encuentro con don Ambrosio también quedó ennegrecida. Estaba claro que la Calle tenía sombras muy oscuras bajo ese deslumbrante brillo de magia y maravilla.

Desde más allá de la curva de la Calle le llegó el sonido de la música.

Eso la detuvo. Reflexionó sobre todo cuanto había visto y oído en aquellas horas y se hizo las pertinentes preguntas desquiciantes.

¿Y si aquel lugar era tan peligroso como parecía? ¿Y si la fiesta era una trampa, un reluciente anzuelo, y ella se dirigía dócil hacia él? ¿Y si, sin saberlo, caminaba hacia su propia muerte? Otra vez.

¿Podía estar destinada a convertirse en uno de aquellos objetos expuestos? ¿Un fantasma sujeto a un ramo marchito? ¿Una cabeza con sombrero?

Entonces, como si la Calle percibiera sus dudas, los adoquines comenzaron a deslizarse bajo sus pies con un movimiento suave, empujándola hacia delante, pero sin hacerla perder el equilibrio.

Higa apareció en ese momento en su forma de chivo. Ni la campanilla tintineó ni sus pezuñas hicieron el menor ruido sobre los adoquines, que se detuvieron tan de improviso como habían empezado a moverse.

Por alguna razón, la presencia del dios tranquilizó a Lily casi milagrosamente.

Lo cual no tenía sentido para ella. Si estaba en la Calle de Atrás era por su culpa.

Claro que si Higa la hubiese llevado hasta allí para matarla, habría tenido ocasión de hacerlo cualquiera de las dos veces que había estado inconsciente.

No digamos mientras dormía en su casa de la calle del Puente, cuando ni siquiera habría podido sospecharlo.

Se aferró a aquel razonamiento como una de las pocas certezas de las que dependía su supervivencia en aquel lugar cada vez más macabro.

Y ella pensando que sus grillos eran lo más perturbador de la Calle de Atrás.

Higa volvió la cabeza para mirarla y baló, y absurdamente a Lily se le escapó una risa nerviosa, demasiado aguda, demasiado ruidosa.

—No veo la necesidad de hacerte la cabra, la verdad —dijo, llevándose la mano a la bolsa, a salvo bajo la blusa.

Sentía que los nervios hablaban por ella.

Higa volvió a balar.

—Chivo —le recordó huraño, y se transformó.

El pelaje se recogió sobre sí mismo para dejar sitio a la ropa, que brotó de su interior mientras sus huesos se recolocaban. Un instante después, el chivo había desaparecido y Higa ocupaba su lugar

Fue espeluznante y fascinante al mismo tiempo. Había oído historias de demonios-cabra que implicaban menos literalidad que aquella transformación y con peor desenlace para la cabra.

—¿Cómo haces eso? —preguntó, incapaz de frenarse, con los ojos tan abiertos que se le secaron—. ¿Te duele?

Higa se inclinó un poco sobre ella antes de responder, invadiendo su espacio de esa forma tan animal que solo él tenía.

—No —respondió.

Entonces Lily lo notó.

—¿Te has bañado? —preguntó mientras giraba la cabeza y lo olisqueaba, sin pensar—. Y te has puesto perfume.

Higa se tensó. Inclinó la cabeza y la miró con aquellos enormes ojos dorados. Lily iba a reír, pero algo en su mirada le dejó los labios entreabiertos y la sonrisa suspendida.

—¡Lily!

La voz rompió el momento como una piedra contra un cristal.

Era Mateo, que corría hacia ella, aunque enseguida se tiró a las piernas de Higa.

—¡Higa! ¡Qué bien que hayas venido a la fiesta de Lily! Nunca vienes a ninguna.

No supo por qué, pero aquel comentario la hizo ruborizar. Apartó la vista, fingiendo un desmesurado interés por la distribución de los adoquines, que parecían haberse colocado siguiendo las indicaciones de varias personas en desacuerdo.

La música seguía llamándolos desde algún punto tras la curva. Por suerte, Linora surgió de allí y la sacó del azoramiento.

—Ya estás aquí —le dijo, con una sonrisa.

Lily le devolvió la sonrisa, aunque algo empañada por sus recientes descubrimientos.

Mateo eligió ese momento para cogerla de la mano y arrastrarla directamente a su fiesta de bienvenida.

Lily eligió dejar todos los horrores de la Calle atrás… al menos hasta el día siguiente. Cuando no estuviera tan hambrienta, cuando la presencia de Higa a su espalda dejara de erizarle la piel, cuando el temblor de sus manos se apaciguara.

Cuando dejara de sentir que todo a su alrededor era una perturbadora pesadilla.