La Calle de Atrás -7-
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Capítulo

En el que Lily descubre que su tienda es mucho más

Lily mantenía los ojos cerrados mientras notaba bajo la espalda el tacto áspero de la colcha de su nueva cama en la trastienda. La vergüenza no la dejaba abrirlos.

—¿Va a seguir desmayándose? —preguntó Higa a alguien.

—¡Higa! No seas tan hosco. La chica está desbordada. Son demasiadas cosas que asimilar.

Era Linora, describiendo el estado de Lily como si no resultara evidente. Sobre todo para la propia Lily, que se sentía como una sombra: frágil, más delicada de lo que se había sentido jamás. Lo que ya era difícil, dado los acontecimientos que había ido protagonizando en los últimos días.

Higa tenía razón: no estaba preparada para sobrevivir por su cuenta en aquel mundo… ni en el otro. La habían educado para ser un adorno bonito, una obediente y virtuosa señorita cuya única función útil era casarse, embellecer el hogar de su marido y tener a sus hijos.

—¿Asimilar qué cosas? No me ha dejado explicarle ni una sola regla —protestó Higa, soltando un bufido.

Higa era tan… salvaje. Lily sentía tanta envidia de él. Su falta de artificios era tan cautivadora.

—Porque te has enfadado —respondió Linora—. Y, aun así, parece que Lily te preocupa.

—¿Qué? —gruñó—. Claro que no.

—Has cruzado toda la Calle para venir hasta aquí.

—Pasaba por aquí.

—Vives al otro extremo y siempre duermes mientras las tiendas están abiertas.

—No tenía sueño.

Lily quiso sonreír por aquella insinuación tan descabellada.

Higa no estaba preocupado por ella. ¡Qué desatino!

Estaba tan abochornada que pensó en esconderse allí para siempre y fingir un sueño eterno, como en un cuento.

Pero no podía fingir un desmayo eterno: no tenía tanta fuerza de voluntad. Por eso abrió los ojos.

—Lo siento —empezó a disculparse—.  Creo que he vuelto a desmayarme. Los grillos…

Se detuvo porque era una disculpa lamentable, y porque ya no los oía.

—Ya han cerrado las tiendas. Has dormido todo el día. Los grillos están tranquilos —dijo Higa, rápido, seco.

—Querida niña, Higa dice que no querías vender los grillos —señaló Linora ligeramente divertida.

El episodio del sapo volvió a sacudirla. Negó con la cabeza. Claro que no quería que se comieran a esos pobres grillos. ¿Qué clase de monstruo sería si no le importara?

—No quiero que se los coman y desde luego ellos tampoco quieren.

Sonaba como una niña pequeña, pero le daba igual. También le daba igual la expresión de Higa, que parecía debatirse entre reír y asesinar a alguien, como si hubiera mordido un ajo.

—Tienes que hacerlo —añadió Linora con un tono más sombrío—. Escucha. La estancia en la Calle de Atrás no es gratis. Tenemos que pagarle a…

Higa tosió y Linora se detuvo.

Lily se incorporó.

—¿Pagarle a quién? ¿Qué ibas a decir?

Linora dirigió la mirada hacia la pared con tanta concentración que Lily pensó que solo podía estar contando los grillos del papel. La sensación de que aquellos dos le ocultaban algo importante se instaló en ella como el zumbido molesto de aquella mosca del hospital.

Linora volvió a mirarla.

—Poco a poco —respondió, con una amabilidad demasiado medida—. Hablaremos más tarde de las ventas. Todavía hay tiempo. Creo que aún no conoces la Calle, y hemos organizado una pequeña fiesta de bienvenida para ti.

La perspectiva de conocer la Calle cambió su ánimo de inmediato.

Sentía una enorme curiosidad por las demás tiendas y por sus clientes.

Tenía la desagradable intuición de que le había tocado la peor tienda de todas, la más siniestra y terrible.

Seguro que una relojería o una floristería no podían ser tan perversas como aquel lugar donde los sapos compraban grillos para arrancarles la voz.

Decidió apartar por el momento la sospecha de que le estaban ocultando algo que debería saber, y acudir a la fiesta que, sin duda, podría aportarle mucha información si dejaba de comportarse como una tozuda y empezaba a abrir bien los ojos y los oídos.

Mientras se levantaba del catre como si el suelo no terminara de asentarse bajo sus pies, Linora despidió a Higa con aspavientos.

—Cuando las tiendas se cierran es cuando de verdad comienza la vida aquí para los residentes —le explicó Linora, al tiempo que se dirigía a la pared de la tienda más alejada de la fachada.

Allí había una puertecita trasera en la que Lily no había reparado porque parecía la puerta secreta a un pasadizo, solo que daba a un pequeño patio, apenas un espacio estrecho con cuerdas de tender y varias macetas vacías alineadas junto a uno de los muros.

En una esquina, un biombo de mimbre escondía un retrete.

—Algunos de nosotros cultivamos nuestras frutas y hortalizas en macetas —le dijo—. Si te interesa, puedo conseguirte tierra y algunas semillas.

Lily se estremeció ante la idea de mantener con vida a otro ser vivo cuando apenas era capaz de mantenerse viva ella misma.

Pobres vegetales. Y enseguida empezó a hilar preguntas absurdas: ¿Y si también le hablaban?

¿Cómo iba a poder arrancarlas de la tierra y comérselas si le suplicaban que no lo hiciera?

¿Y si se levantaban de noche e intentaban asesinarla? Al menos los grillos estaban en jaulas.

Linora se acercó a un grifo y colocó debajo un cubo de latón.

Lo enjuagó varias veces antes de llenarlo.

El agua desaparecía por una estrecha rendija en el suelo, llevándose consigo la suciedad del cubo.

Lily la observaba en silencio. Linora le recordaba mucho a Toña: tenía esa misma firmeza práctica, esa manera de moverse con seguridad por los asuntos cotidianos, como si el mundo se sostuviera precisamente gracias a mujeres como ella.

—Puedes asearte aquí tranquilamente. No es gran cosa, pero servirá por ahora. Cuando estés lista, sal por la puerta principal y prepárate para conocer la Calle de Atrás. Estamos muy orgullosos de nuestra pequeña ciudad de paso.

Y se fue, dejando a Lily sola con el cubo a sus pies, mirándolo como si fuera algo dispuesto a atacarla en cualquier momento. Allí no disfrutaría de una bañera, ni de lavamanos con jofaina y jarra para su aseo; allí tenía «el cubo».

Suspiró con resignación y recordó cuantas veces había fantaseado con haber nacido en el puerto.

Menuda idiota había sido.

Volvió a la trastienda y cogió el jabón. Olía bien, a lavanda y algo cítrico.

De vuelta en el patio, se desvistió con cierto recelo y metió la mano con el jabón en el cubo.

El agua estaba tibia y fresca al mismo tiempo.

A Lily no le sorprendió que en cierta forma tuviera esa esencia mágica, ni tampoco que oliera como a vainilla, ni que le dejara en la piel el rastro persistente de ese aroma por encima del olor a lavanda del jabón.

Levantó la cabeza, suspirando de placer.

Resultaba difícil calcular la hora, sobre todo porque el cielo era uniforme, de un azul grisáceo, sin nubes ni estrellas.

Por suerte, hacía calor, y el patio le otorgaba intimidad: no había azoteas a la vista, solo muros blancos tan altos que parecían tocar el cielo.

Solo faltaba que apareciera un par de ojos mirándola para completar su caída en desgracia.

Cuando asumió que ya no se podía hacer mucho más por su aseo en aquellas condiciones tan rudimentarias, decidió enjuagar los pololos que había llevado puestos y el camisón en el cubo usando el mismo jabón, y luego los tendió torpemente en una de las liñas.

Se quedó un poco vigilando su trabajo y enderezando las prendas para que quedaran bien extendidas, con el mismo peso a ambos lados de la cuerda.

Ya había aprendido, después de que se escurrieran por segunda vez, que de lo contrario, acabarían en el suelo.

Le habría gustado tener trabas para que se mantuvieran quietas, pero no vio ninguna.

Aun así, fue extrañamente reconfortante observarlas moverse con la brisa ligera que se deslizaba por el patio desde algún lugar que imaginó encantado, y hasta suspiró satisfecha por un logro tan pequeño.

Se entretuvo un momento sintiendo esa misma brisa sobre la piel desnuda, antes de volver a la trastienda con las mejillas encendidas y una sonrisa traviesa.

Se puso una camisa interior. Luego trató de ajustarse el corsé durante varios minutos, hasta que se dio por vencida.

Aquel trasto estaba diseñado para que hiciera falta una doncella.

Y sin saber muy bien por qué (jamás se le había ocurrido algo semejante ni falta que le había hecho), se imaginó inventando uno que pudiera ponerse ella sola.

Se ajustó entonces las enaguas a la cintura.

Después se probó una de las blusas y se alegró al comprobar que era de su talla, al igual que la falda.

Por último se ató el cinturón y dejó la chaquetilla extendida sobre la cama. Tenía demasiado calor.

Decidió deshacer la trenza para cepillarse el pelo cincuenta pasadas, las mismas que le daba Rosa. Lo tenía muy largo, rozándole las caderas. Lo enroscó y se lo recogió lo mejor que pudo en lo alto de la cabeza con otra de las cintas, dejando el cuello al descubierto.

Pasados unos minutos salió a la tienda. Los grillos parecían dormidos. Lily agradeció no encontrárselos cantando, aunque fuera con su sonido habitual, sin palabras, sin súplicas, sin su nombre entre aquel canto rasposo.

El lugar parecía haberse ordenado por fin. Ya no veía jaulas en el suelo; de hecho, el suelo tenía un brillo tenue, como si fuera un espejo oscuro.

Observó su reflejo. Algunos mechones enmarcaban su cara y sus ojos verdes ardían con una intensidad nueva, jugando con el tono de la bolsa de monedas que le colgaba del cuello. Se apresuró a guardarlo bajo la blusa.

Estaba asustada, pero no era el mismo miedo que la había empujado a saltar por la ventana.

No era el de un destino funesto que la aguardara y del que nada podía apartarla.

Ahora disponía de una parcela mínima de control, de una libertad frágil, sí, pero suya.

Y aun con sus reglas, aquella libertad le pareció, por primera vez, una nueva forma de respirar.

Cogió aire y abrió la puerta principal, dejando que la Calle de Atrás la maravillara.