La Calle de Atrás -6-
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Capítulo

En el que los grillos tienen algo que decir

Lily se asomó a la tienda como quien se asoma a un abismo: asustada y emocionada al mismo tiempo por lo que encontraría al otro lado, con el vértigo del miedo ahogado en una sensación de irrealidad.

Su primera impresión fue que la tienda era…

un caos. Ahogó una exclamación, aguantando el mareo mientras trataba de entender qué era arriba y qué abajo, de atrapar una imagen quieta de las paredes que cambiaban incesantemente de textura y hasta de color.

Madera, piedra, blanco, negro, marrón, azul se deslizaban por las superficies como si la tienda estuviera decidiendo aún cómo quería ser, como si se probara distintos vestidos.

El mostrador, que semejaba el tronco inmenso de un árbol, también parecía moverse de lugar, recolocándose a izquierda y derecha.

Porras. Le haría falta un taburete para ver por encima de él y atender a los clientes.

Ese pensamiento extravagante la hizo sonreír.

¿Qué la cualificaba para vender si jamás había comprado nada por sí misma?

Y grillos, nada menos. Cuando acompañaba a su madre a los comercios de la calle Real no hacía más que cambiar el peso de una pierna a la otra, suspirar y asentir con desgana a lo que su madre elegía.

Al final la tienda decidió tener paredes de madera pulida y oscura, y en cada una de ellas un aplique de metal con campana de cristal que desprendía luz naranja. A Lily le gustó. Le recordó a las estanterías del despacho de su padre.

Las jaulas de los grillos colgaban de todas partes, incluso del suelo, balanceándose como frutos extraños.

Aquel singular fenómeno obligó a Lily a girar la cabeza; sin embargo, las jaulas giraron con ella, obstinadas en que, si colgaban abajo, así debía ser, independientemente de si quien las observaba decidía ponerse del revés.

Todo era tan absurdo que la impresión de estar sufriendo un episodio de locura cobraba cada vez más fuerza en la mente de Lily.

A lo mejor ya era paciente del manicomio y todo aquello de los grillos y la Calle era producto de su mente, que deliraba dentro de un cuerpo atrapado en una camisa con las mangas hacia atrás.

Y entonces llegó el olor a salitre, a viento, a sol, a jazmines…

a casa. El aire de la tienda olía de pronto a los panecillos de dulce de membrillo de Toña, a su regazo tibio, al cigarro de su padre después de cenar y a la menta que su madre utilizaba en sus cremas.

La impresión fue tal que Lily cerró los ojos para impedir que el llanto la ahogara.

Para poder seguir estudiándolo todo con nitidez.

Para comprender qué era aquella tienda de grillos (si realmente existía fuera de su cabeza), y por qué despertaba en ella esa nostálgica sensación de hogar tan intensa.

¿Por qué la magia la estaba construyendo alrededor de ella… y su memoria?

Dejó que toda la aflicción se la llevaran las lágrimas como un golpe de mar.

Después se reprendió. Así no iba a llegar muy lejos.

Era cierto que nunca había estado sola; no más de una puerta cerrada o de un pasillo, y allí lo estaba de una forma absoluta.

Y por primera vez comprendió lo que era ser una isla, aunque sonara extraño.

La habían enseñado a obedecer, a no cuestionar el que todo se decidiera por su bien, pero en aquel momento, en aquel lugar de prodigios que desafiaban la razón, las dudas se le agolpaban como la lluvia, incontables e imposibles de detener.

De pronto ya no estaba segura de poder cuidar de sí misma.

Se pasó la manga del abrigo por las mejillas húmedas y se lo quitó.

Y entonces se quedó observando el grueso camisón, como si hubiese olvidado que era lo único que llevaba.

La vergüenza le mordió la cara. Había sido una tonta al escapar en mitad de la noche sin llevarse algunas de sus pertenencias esenciales.

Volvió a la trastienda decidida a buscar algo de ropa. Sin embargo, aparte del catre, las jaulas y la estufa, solo estaba la cómoda. Posó la mirada sobre sus tres pequeñas y prometedoras gavetas y abrió la primera. Había un cepillo para el pelo, una pastilla de jabón y varias cintas.

—Qué práctico —murmuró.

En la segunda gaveta encontró una chaquetilla celeste con un delicado bordado en hilo dorado, dos blusas blancas con encaje en las mangas y el cuello, y una falda sencilla a juego con la chaqueta.

Todo impecablemente doblado. La tercera gaveta contenía un cinturón ancho de cuero y ropa interior: dos camisas interiores, un corsé y un par de enaguas.

Al parecer, la tienda se había apiadado de su falta de experiencia como fugitiva y le había proporcionado algunas cosas con un gusto austero pero exquisito.

Todo lo contrario que su madre, que solía elegirle demasiado color, demasiados lazos y bastantes más puntillas y encajes de los que dictaba la lógica.

Además aquellos adornos a menudo picaban y le enrojecían la piel.

Suspiró. Estaba demasiado cansada para buscar agua y lavarse, y vestirse sin asearse antes le pareció inapropiado y cochino. Definitivamente, sus pensamientos hilaban con puntadas raras.

Sacó el cinturón, se lo ajustó sobre el camisón y se puso la chaquetilla, escondiendo de algún modo aquella prenda demasiado íntima.

Aun así, se sentía desnuda sin la camisa interior y el corsé.

Lo observó como quien mira un acertijo imposible de resolver.

No conseguiría ponerse aquella cosa ella sola.

Así que la descartó con una sensación absurda de culpa.

De pronto, mientras se rehacía la trenza y la adornaba con una de las cintas del primer cajón, sonó la campanilla de la tienda.

Soltó todo el aire. Se armó de valor y se asomó deprisa, a tiempo de ver el vuelo de la casaca de Higa desaparecer tras la puerta.

Lily no pudo evitar sonreír. Había regresado para colocar la campanilla en su sitio.

A través de la cristalera del escaparate, y entre las jaulas de grillos, Lily alcanzó a distinguir fragmentos de la Calle: adoquines irregulares bajo una luz mortecina y, enfrente, lo que parecía una floristería difusa.

Caminó hacia la puerta, guiada por un impulso casi inconsciente, pero se detuvo en seco cuando esta se abrió y, al instante, los grillos comenzaron a… hablar.

Era el sonido de un murmullo articulado, denso y colectivo, como si decenas de voces diminutas pronunciaran algo que su mente tardaba en comprender.

Lamentos. Eran lamentos. Pequeños gritos de terror que estallaban al unísono ante la criatura que acababa de entrar en la tienda.

Un sapo gigantesco, de al menos dos metros de altura, avanzaba con pesadez.

Su piel verde, húmeda y viscosa, brillaba bajo la luz de los apliques, y una barriga descomunal le colgaba hasta casi rozar el suelo.

Observaba las jaulas con una avidez enfermiza, tan reconocible para Lily que le heló la sangre: era la misma mirada del cónsul, la misma con la que la había devorado a ella.

Los grillos chillaban aterrorizados, desbordados por el pánico.

Y Lily… Lily los entendía. Sentía su terror como propio.

Retrocedió hasta que su espalda chocó contra el mostrador.

No podía hablar. No podía respirar (lo que se estaba convirtiendo en una constante en su existencia). Aquello sí que no podía ser real.

El sapo empezó a manosear las jaulas con una lentitud obscena mientras las voces de los grillos se desgarraban. Y entonces lo oyó con claridad. Pronunciaban su nombre. Lily.

Aquello debía ser algo malo. Muy malo. Todo el mundo sabía que oír voces era el colmo de la locura.

El sapo atrapó una jaula y la plantó delante del rostro de Lily. Un hilo espeso de baba marrón resbaló por la comisura de su boca, y la joven tuvo que tragarse una arcada. ¡Qué asco! Quería deslizarse tras el mostrador, esconderse, desaparecer… pero estaba paralizada.

Dentro de la jaula, el grillo la miraba. Y Lily no entendía cómo podía saber que la miraba si no conseguía localizarle los ojos a aquel bicho.

—No me vendas —dijo el grillo con una voz como el chirrido de un violín.

Lily se estremeció de horror.

El sapo tamborileó sus dedos húmedos contra la madera con una impaciencia voraz, inclinando la cabeza en un gesto exigente, inequívoco: lo quería. Y lo quería ya.

Cada vez tenía al sapo más cerca. Su hedor, espeso y nauseabundo, invadía la garganta de Lily; no sabía cuánto más podría resistir sin desmayarse. Se llevó la mano a la bolsa que escondía debajo del camisón por si además se la robaba.

Higa apareció entonces y se interpuso entre ellos.

Lily no tenía ni idea de dónde había salido.

No había oído la campanilla de la puerta; claro que resultaba casi imposible oír otra cosa que los gritos de los grillos y el latido de su corazón.

Su presencia obligó al sapo a retroceder un paso.

Aun así, no dejó de insistir, señalando la jaula con una avidez casi febril.

—Dos horas —dijo Higa.

El sapo emitió un sonido áspero.

—Dos horas —repitió Higa, sin ceder.

El sapo deslizó la mano entre los pliegues bajo su tórax y extrajo dos monedas pringosas, que dejó caer en la mano de Higa con un leve chasquido.

—No —acertó a decir Lily, con un hilillo de voz—. No quiero venderlo.

No entendía cómo funcionaba aquella transacción. Sentía la cabeza ligera, como si quisiera salir volando por su cuenta. Pero tenía claro que quería que el sapo soltara el grillo y se marchara de la tienda porque estaba empezando a sentirse realmente enferma.

Higa se giró y la miró. Estaba furioso.

—¿Cómo que no quieres venderlo? Es una tienda de grillos, Lily.

—Está asustado. Son mis grillos. No quiero… no quiero venderlo.

Quiso sonar firme, pero el cuerpo la traicionaba; le temblaba todo.

El sapo, ajeno a su discusión, metió la mano en la jaula y, con un movimiento veloz, atrapó al grillo y se lo llevó a la boca. Lo masticó despacio, con deleite.

Lily ahogó un grito.

—Gracias —dijo entonces el sapo, y su voz, grave y cavernosa, ya no era un murmullo imposible, sino palabras perfectamente articuladas—. Esta tarde debo dar una conferencia muy importante, y necesitaba una voz con tono de barítono.

Hizo una breve pausa, como probándose. Lily no sabía si era normal que le entraran ganas de reír a carcajadas.

—Un ejemplar excelente —añadió el sapo, modulando cada sílaba con una precisión casi teatral—. Se nota que tenía buen timbre.

Alzó la vista hacia Lily. Y las ganas de reír se le pasaron de golpe, pues desconocía que otras cosas comía aquella bestia.

—Ya era hora de que en esta calle hubiese una tienda de grillos. Es mucho más cómodo que cazarlos. Los grillos son tan escurridizos. Lamento haberla asustado, señorita Lily.

El sapo se marchó feliz, pero Lily tenía ahora ganas de llorar.

Los grillos no cesaban su canto. De pronto dejó de respirar.

Otra vez. La sensación fue parecida a la del callejón.

Se asustó tanto que se aferró a la casaca de Higa con ojos suplicantes.

Él bajó la vista hacia ella y frunció el ceño, sin entender. Si era un dios, debería ser más listo.

El sonido de los grillos empezó a hundirla, como si sus voces tiraran de ella hacia el fondo de un océano invisible.

Las jaulas comenzaron a girar lentamente a su alrededor.

Las paredes latían. Y cuando Higa comprendió por fin lo que ocurría y la rodeó con los brazos, ya era demasiado tarde. Lily se había ido.