-5-
Capítulo
En el que Lily es transferida a una unidad de tiempo
El callejón parecía volverse infinito y cada vez más estrecho. El cansancio empezó a devorar a Lily. El miedo a estar cometiendo el peor disparate de la larga lista de disparates que ya acumulaba se adhirió a ella como una costra de salitre muy pesada.
De pronto, el desasosiego se transformó en algo físico.
El aire desapareció. Empezó a jadear, dando bocanadas angustiosas.
El abrigo tiró de ella hacia abajo, hundiéndola.
Intentó quitárselo, pero se tambaleó. Entonces, como si le prestara su estructura para sostenerla, una de las paredes de aquel callejón tétrico se inclinó en un ángulo imposible e impidió que se desplomara.
De no haber tenido ya la boca abierta por el esfuerzo de respirar con normalidad, la habría abierto de asombro.
Miró al chivo buscando su ayuda, pero estaba completamente embobado mirando al frente.
Transcurridos unos segundos, su figura comenzó a volverse borrosa.
Los bordes del callejón se fueron disolviendo, como si alguien los estuviera borrando.
Su campo de visión se estrechó tanto que le pareció estar mirando a través de un catalejo.
Siguió luchando por deshacerse del abrigo, pero este se aferraba a ella, rígido, como si quisiera aplastarle los huesos.
—Chivo —murmuró, con la voz rota por el pánico—. ¿Qué me está pasando?
—Estás muriendo —dijo él sin siquiera volverse.
—¡¿Qué?! —chilló Lily, y el sonido le arañó la garganta.
—Bueno —añadió el chivo con una calma tosca, girándose para mirarla por fin—, para ser más precisos, tu vida se está transfiriendo a una unidad de almacenaje de tiempo.
Lily lo miró con los ojos desorbitados. Aquel animal estaba loco.
Quiso gritarle, reprocharle el haberla engañado para llevarla hasta allí.
Pero también quiso reír imaginando la reacción del médico del hospital si sobrevivía para contarle aquella historia.
La encerraría sin pestañear en una habitación de manicomio para después tirar la llave al Atlántico.
Menos mal que la oscuridad ya se la estaba tragando y, con un poco de suerte, moriría antes de tener que enfrentarse a cualquiera de las escenas espeluznantes que cruzaban su mente.
Odiaba la idea de que todos tuvieran razón y de que ella no fuera más que una chalada con ínfulas de señorita.
Mientras caía al suelo convulsionando en busca de aire, le pareció ver a un hombre inclinarse sobre ella, demasiado alto, demasiado huesudo, demasiado…
……………… …………..
En mitad de una pesadilla de la que no podía despertar, Lily oyó voces.
—Es una señorita muy fina —dijo una voz de mujer.
—Es que es isleña —afirmó otra, masculina y grave, como si aquello lo explicara todo.
—Es muy guapa, Higa. No nos habías dicho que fuera tan guapa —añadió la voz femenina.
—No me he fijado —respondió la voz del chivo.
—¿Es una princesa? —preguntó una voz infantil.
—Claro que no —replicó el chivo con brusquedad—. Ni siquiera es muy lista.
—No seas duro con ella, Higa.
Bajo la neblina de su mente, Lily comprendió que Higa era el nombre del chivo.
Intentó abrir los ojos, pero tenía las pestañas pegadas, pesadas como si estuvieran cubiertas de cera. Lo intentó de nuevo, esforzándose tanto que sintió un pinchazo terrible en las sienes.
Esta vez logró entreabrirlos.
A su alrededor había cuatro figuras observándola con expresiones distintas.
Una mujer muy anciana, con el pelo blanco recogido en un rodete bajo impecable y un sobrio vestido gris de alpaca, la contemplaba con ternura.
A su lado, un hombre de pelo solo en las sienes, anteojos enormes y traje de lana marrón, la estudiaba con curiosidad meticulosa.
Un niño de unos seis años, vestido con pantalones cortos y una camisa de hilo basto, que tenía unos adorables rizos cobrizos, sonreía fascinado, con los ojos brillantes de emoción.
Y detrás de ellos estaba el hombre al que había visto inclinarse sobre ella en el callejón y que la observaba con visible incomodidad.
Lily siguió buscando al chivo con la mirada, pero no había rastro de él, así que se volvió despacio hacia el hombre.
—Te vi —murmuró con una voz ronca que no parecía suya—. Estabas en el callejón.
El hombre gruñó.
Era muy alto. De huesos largos y piel tan clara que parecía no haber visto nunca el sol.
Tenía el rostro ovalado y unos ojos grandes, dorados e inquietantes.
Lucía una barba en punta, estrecha y blanca, igual que su cabello largo, que le caía sobre la frente en mechones desordenados y en una fina trenza por la espalda.
Vestía una túnica blanca, abierta y ceñida por un cinturón de cuero que marcaba su cintura estrecha.
Sobre ella llevaba una casaca larga, también blanca, que casi rozaba el suelo.
No vio la campanilla colgada de su cuello, ni falta que hizo.
—Higa… —susurró—. Eres el chivo.
Higa hizo una reverencia petulante.
Lily se incorporó de golpe y, aunque el mareo le atravesó la cabeza, consiguió mantenerse erguida gracias al enfado. Aquello era el colmo de una noche larga con resultado de muerte incluida.
—Me engañaste. Me has traído aquí a morir.
—Yo te pregunté y tú aceptaste cruzar.
—No me explicaste que iba a morir.
—No estás muerta. Recuerdo perfectamente haberte especificado que estabas siendo transferida. Además, tampoco preguntaste.
—Estaba desesperada. Deberías haber sido más considerado en lugar de inventar ese absurdo teatro de cabra.
—Chivo —la corrigió.
Lily soltó un gruñido. Si seguía con eso, le daría un puñetazo.
—Sí, Higa, en eso tiene la chica razón. Eres demasiado brusco —intervino la anciana.
—Y bastante parco en palabras —añadió el señor del traje con tono reflexivo.
Higa los miró indignado.
—¿Qué pasa? ¿Os habéis puesto todos contra mí?
—No, Higa. Yo creo que eres increíble. ¿Sabes que es el dios del tránsito? —dijo el niño, dirigiéndose a Lily.
La muchacha frunció el ceño.
—¿Un dios? Lo dudo mucho.
Higa bufó.
Entonces Lily reparó por primera vez en dónde se encontraba.
Era una habitación pequeña, como una trastienda.
Las paredes estaban cubiertas por un papel pintado lleno de grillos.
Al principio pensó que eran cucarachas y dio un respingo asqueada, hasta que forzó la vista y comprendió lo que eran realmente.
Junto al catre donde estaba sentada había una cómoda sobre la que descansaba una lámpara de aceite encendida.
En un rincón se apilaban pequeñas jaulas de madera.
En otro descansaba una pequeña estufa de aceite parecida a la que Toña tenía en su habitación del semisótano.
Aquello la hizo sentir un pinchazo pequeño y cruel en el pecho.
Demonios, iba a echar muchísimo de menos a Toña. Quizá debería haberlo pensado todo un poco más.
Y entonces… los grillos empezaron a cantar. No los de la pared (aunque a esas alturas tampoco le habría sorprendido), sino grillos reales. El sonido venía de la habitación contigua, cuya puerta ocupaba Higa casi por completo con su larguirucha y engreída presencia.
—¡Grillos! —gritó el niño, dando un pequeño salto—. Nunca habíamos tenido una tienda de grillos. ¿Qué clase de clientes traerá a la Calle?
El niño salió disparado y pasó entre las piernas de Higa, que ni siquiera se molestó en apartarse.
—Yo me llamo Linora, querida, y él es don Ambrosio —se presentó la anciana mientras le daba a Lily golpecitos tiernos en las manos, que la joven mantenía entrelazadas sobre el regazo—. Y el que ha salido corriendo es Mateo. Bienvenida a la Calle de Atrás… y a tu tienda.
Sonrió con dulzura.
—Que, al parecer, es una tienda de grillos —añadió.
¿Su tienda?
De pronto, a lo lejos se oyó el tañido de una campana que hizo enmudecer a los grillos.
Dos campanadas.
—Es la hora —anunció Higa.
Linora y don Ambrosio salieron de la trastienda apresuradamente, sin volver la vista atrás. La campanilla de la puerta de la tienda tintineó cuando salieron.
Lily se quedó a solas con Higa, que claramente no sabía qué hacer con ella. Mejor, porque fastidiarlo parecía lo único que la calmaba.
—Arriba —la instó él con un gesto impaciente, indicándole que se levantara del catre y lo siguiera—. En cualquier momento empezarán a entrar los clientes (si tienes suerte) y necesitas saber algunas cosas.
Lily se puso en pie, pero se plantó en el suelo sin intención de obedecer.
—¿Clientes? ¿Tienda de grillos? ¿Qué es este sitio? ¿A dónde me has traído y por qué?
—Si dejaras de ser tan obtusa y hicieras lo que te digo, podría explicártelo todo ordenadamente. O, al menos, lo imprescindible.
Lily suspiró. No se fiaba de sus explicaciones; aun así, se cruzó los brazos y le dedicó toda su atención.
—Adelante.
Higa resopló.
—Esa bolsa de terciopelo que te cuelga del cuello es tu vida en monedas de tiempo.
—¿De qué bolsa me…?
Lily se llevó la mano al pecho. Y allí estaba. Palpó la bolsa, sorprendida de no haber reparado antes en ella, pero no pesaba nada. Tampoco la fina cadena dorada de la que colgaba parecía tocarle la piel de su cuello. O era muy ligera o flotaba.
—Esto no tiene ningún sentido —farfulló Lily para sí misma.
—Llévala siempre oculta bajo la ropa.
—¿Por qué? —preguntó desafiante. Le daba más miedo cuando era un chivo.
Higa dio un paso largo hacia ella y se pegó tanto que su esencia animal se coló en las fosas nasales de la joven, provocándole una sensación de estar ante algo muy antiguo y salvaje. Solo esperaba que él no advirtiera el desconcierto que le provocaba.
—Porque sí —respondió él, ajeno al deleite de ella—. Entiende esto bien porque es la regla más importante de la Calle de Atrás: esa bolsa es tu vida. Literalmente. Si te la quitas o la pierdes, se acabó.
Lily se apresuró a repasar si era propensa a perder cosas. Pero pensar era imposible con Higa casi sobre ella.
—¿Tienes… tienes que estar tan cerca? Hueles… raro.
No se le ocurrió nada mejor para obligarlo a apartarse. Necesitaba alejar aquel olor pagano de su cabeza antes de que terminara afectándola todavía más de lo que ya lo estaba haciendo.
¿Qué era, por el amor de Dios?
Higa se apartó, pero antes Lily vio cómo sus mejillas, blancas como la cera, se teñían de rosa. Se sintió un ser desalmado. Luego se le pasó cuando Higa empezó a gritarle:
—¡No estás preparada para sobrevivir aquí! Has decidido morirte pese a la oportunidad que te he dado. Eres una estúpida. ¡Perfecto! ¡Aprende sola por las malas!
Se marchó furioso, abriendo la puerta de la tienda tan bruscamente que la campanilla salió despedida y cayó al suelo.
El sonido de metal contra la madera hizo espabilar a Lily.
La presencia de Higa la había perturbado de una manera de lo más irracional.
Aunque ese no fuera el peor de sus problemas.
Definitivamente estaba metida en un buen lío.
Tenía una bolsa de vida y una tienda de grillos, y gracias a su estúpido comentario sobre el «olor raro», no tenía ni idea de lo que se esperaba que hiciera con ninguna de las dos.
Eso sin contar que su padre ya estaría moviendo cielo y tierra para buscarla.
¿Podría encontrarla allí? ¿Cómo de lejos estaba esa Calle de Atrás?
¿Seguía ella en la isla o se había trasladado de manera mágica a un reino de hadas… y grillos?