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Capítulo
En el que a Lily la visita una cabra
A Lily la despertó de madrugada una cabra.
Estaba subida al banco bajo la ventana, masticando una rama de cilantro que le colgaba muerta por un lado del hocico.
Las patas aplastaban los cojines de encaje blanco con ribetes marfileños, tan delicados bajo aquellas pezuñas negras y sucias.
Tenía el pelaje más blanco y sedoso que Lily había visto jamás (aunque no hubiera visto una cabra de cerca en su vida) y una barba larga que la hacía parecer un señor mayor, sabio e idiota al mismo tiempo porque bizqueaba.
Llevaba una campanilla colgando del cuello con una cinta roja descolorida.
La joven volvió a cerrar los ojos, convencida de que aquello era parte de sus pesadillas, solo que el caracol se había convertido en una cabra. Aguantó un minuto entero apretando los párpados, mientras repetía:
—Estás soñando, Lily. Estás soñando.
Pero al volver a abrirlos, el animal seguía allí.
Esperando. La miraba, masticando sin que el cilantro se moviera.
De pronto entrecerró un ojo, como si estuviera empezando a impacientarse.
Sacó la lengua larga y rugosa, y arrastró el cilantro hasta metérselo entero en la boca.
Tragó y saltó del banco. La campanilla sonó y le dio a Lily tal susto que la joven salió de la cama a toda prisa, ahogando un gritito.
Se pegó a la pared y a punto estuvo de tirar la jarra de agua de la mesilla.
La cabra ladeó la cabeza, como si juzgara lo irracional que estaba siendo Lily. Y hasta puso los ojos en blanco.
—¡Shus, shus! Lárgate —ordenó, agitando las manos para espantarla—. ¿Cómo demonios has entrado aquí?
La cabra ni se inmutó. Si acaso dio un paso más en su dirección, insolente. De repente se subió a la cama.
Lily pegó un bote y agarró la almohada para tratar de espantarla.
—Que te marches. Maldita sea.
Aquello era una locura. Sin duda el nerviosismo de tener que trasladarse a la hacienda esa misma mañana le había trastornado por completo la percepción de la realidad.
La puerta estaba cerrada y estaba segura de que Rosa había atrancado la ventana antes de irse (por si acaso).
¿Por dónde se había colado aquel bicho? Lo más extraño fue que en ningún momento Lily contempló la posibilidad de gritar llamando a alguien de la casa para que la socorriera.
Aquella cabra tenía unos cuernos amenazadores, largos y puntiagudos (aunque apuntaran hacia atrás), suficientes para hacerle mucho daño si decidía embestirla; sin embargo, no parecía que quisiera hacer eso, más bien parecía seguir esperando, con aquella expresión desconcertada.
Entonces saltó de nuevo y se dirigió a la puerta, con el tintineo de la campanilla siguiéndola y las pezuñas arañando el suelo.
Le dio un topetazo delicado a la madera, y en la mente de Lily se coló la descabellada idea de que aquel animal estaba intentando llevarla a algún sitio y estaba perdiendo la paciencia.
«¿Y si es un espíritu enviado para ayudarme con mis problemas?
», pensó. Casi le dio la risa. ¿Enviado por quién?
Era absurdo. No obstante, cuanto más lo pensaba, más atrayente le resultaba la idea de seguir a la cabra.
¿Qué podría pasarle que fuera peor que acabar casada con el cónsul? ¿Acabar viviendo en un corral?
Lo pensó durante otro segundo, pero la cabra golpeteó el suelo con una de sus patas, impaciente, y se decidió, convenciéndose de que aquello podía ser parte del mágico enigma de su caída y que si seguía a la cabra era porque quería desentrañarlo.
Se puso un abrigo sobre el camisón y se calzó las zapatillas. La cabra la miró y baló, apremiándola. Lily se sobresaltó porque le había parecido que entendía el balido, pero aquello tenía menos sentido que caer por la ventana y acabar en la verja.
En el último segundo cambió las zapatillas por unos botines de cuero marrón que se ató con prisa. Se fue hasta la puerta y la abrió despacio, con cuidado de no rozar a la cabra, no fuera a ser que mordiera.
Salieron al pasillo. El sonido de la campanilla resultaba estruendoso en el silencio de la casa.
Con el corazón martilleándole contra las costillas, acercó la mano al cuello de la cabra para intentar quitarle aquel endemoniado artilugio antes de que los despertara a todos.
Sin embargo, en cuanto el animal captó sus intenciones, soltó un balido largo y se apartó de ella de un salto, convirtiendo el tintineo en una auténtica escandalera.
Lily apretó los dientes.
—Cabra del demonio —murmuró con enfado.
Se le había detenido la respiración. Era imposible que aquella escapada saliera bien si aquel animal era lo más ruidoso del mundo.
En cualquier momento oiría las voces, los pasos.
El pánico se apoderó de ella. Ahora que había tomado la decisión, no quería tener que retroceder, aunque le encantara la idea de ver a aquel bicho en un guiso.
Le dio un empujón a la cabra con la bota escaleras abajo y corrió tras ella. Al llegar a la puerta principal, abrió justo cuando el resplandor de una luz que venía de arriba iluminó la entrada.
—¿Lily?
La voz somnolienta de su padre quedó ahogada por el portazo.
Lily corrió como si la persiguiera el diablo hasta la verja. La abrió de un fuerte tirón y salió a la calle húmeda. Agradeció haberse puesto las botas, las zapatillas se le habrían calado hasta congelarle los pies.
La cabra se adelantó y corrió, balando y tintineando en la penumbra de las farolas.
A Lily le pareció escuchar su nombre repetido incesantemente en la oscuridad, pero nada la detendría.
Estaba loca, ya era un hecho: corría por las calles de la ciudad siguiendo a una cabra en camisón, rompiendo la sociedad de cristal en mil pedazos.
Avanzaron cruzando calles, alejándose poco a poco del olor del mar.
De pronto Lily no reconocía nada a su alrededor.
Las calles parecían repetirse. Fachadas iguales.
La misma silla en la puerta. La misma bicicleta aparcada.
El mismo gato. Las sombras de las casas empezaron a retorcerse en ángulos imposibles que se cernían sobre ellos como fantasmas deformes.
Las luces de las farolas de gas se alargaron como si quisieran atraparla.
Tropezó con el borde de un adoquín y a punto estuvo de caerse, pero se irguió y siguió adelante con el corazón bombeando como si quisiera adelantarse a ella.
Tan atenta estaba a no tropezarse ni morir de un infarto que casi cayó sobre la cabra cuando esta se detuvo de súbito delante de un callejón estrecho. Oscuro. Interminable.
—Es aquí —dijo la cabra.
Lily gritó y se llevó las manos a la boca.
—¿Ha… hablas?
La cabra ladeó la cabeza y entornó los ojos.
—¿Lo preguntas? Porque si lo preguntas, me preocupa que no seas capaz de sobrevivir en la Calle de Atrás. Hace falta algo de cerebro.
¿Qué? No podía ser. Ya era raro que aquel animal apareciera en su habitación (aunque más raro había sido seguirlo hasta allí sin más garantía que un deseo desesperado de huir), pero que hablara era demasiado demencial. Debía estar soñando, no cabía otra explicación.
—¿La Calle de Atrás? ¿Qué… qué es eso? —preguntó mientras se pellizcaba la mejilla por si conseguía despertar, aunque eso significara caer en una pesadilla aún mayor.
—A donde querías venir —respondió.
—Yo no quería venir aquí exactamente. Ni siquiera sé lo que es la Calle de Atrás, ¿cómo voy a querer visitar un sitio que ni siquiera sabía que existía?
—Pero me llamaste.
—Yo no te llamé. Eres una cabra.
—Chivo.
—¿Qué?
—Que soy un chivo. —Y levantó la pata para tocarse la barba.
—Ah.
Todo aquello era un absurdo de principio a fin.
—Mira, pronto amanecerá y los traslados a la Calle solo pueden hacerse de noche. Decídete: ¿quieres cruzar o no? A mí me da igual.
«¿Quería cruzar?», pensó. «¿Tenía otra alternativa que llegar hasta el final?
». Ya no podía volver. Había huido en mitad de la noche.
Su reputación estaba destruida. Sus alternativas eran aquella desconocida Calle de Atrás o cualquier calle de la ciudad.
Sola. Sin hogar. Sin familia. Fuera de la sociedad.
O peor… su padre podría considerar aquella «salida» como un acto de locura sin redención posible, y aceptar la sugerencia del médico de enviarla a un manicomio.
No quería ser aquella chica del pasillo del hospital, atrapada en su propio cuerpo, en su propia mente.
Prefería arriesgarse con el chivo parlante.
—Quiero cruzar.