La Calle de Atrás -3-
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Capítulo

En el que Lily pierde su último aliado

Lily encontró la puerta del despacho entreabierta y, como de costumbre, entró sin llamar. Aunque a las mujeres se les limitaba la entrada a aquella estancia reservada a los hombres, su padre siempre había hecho una excepción con ella.

—Vuelve a salir, Elisa. Llama a la puerta y espera a que te autorice a entrar —tronó su voz desde el rincón donde se alzaba su mesa.

Lily dio un respingo y se quedó inmóvil, aturdida unos segundos. Al parecer, las consecuencias de sus actos se extendían hasta allí. Aun así, no tardó en aceptar el tono severo: su padre seguía enfadado, y con razón. Sin protestar, retrocedió y llamó con timidez.

—Pasa.

Rogelio estaba sentado tras su escritorio.

Las paredes del despacho estaban cubiertas de estanterías repletas de volúmenes cuyas encuadernaciones relucían bajo la luz de la lámpara de araña.

Se masajeaba la frente arrugada. Cuando se cansó, bajó la mano, se atusó el bigote y miró a su hija con gesto fatigado.

Iba vestido para la cena: traje oscuro con chaleco y pañuelo de seda gris claro.

—Estamos esperando a que se una tu madre, pero, mientras tanto, quiero que me expliques qué fue lo que pasó.

No fueron necesarios más detalles: Lily entendió sin vacilación que se refería al incidente de la ventana.

No podía mentirle, pero tampoco sabía cómo contarle toda la verdad sin incluir el componente mágico que la haría parecer una completa lunática.

Unió las manos delante de la falda del vestido.

Le sudaban y sentía la cara arderle desde el cuello.

Amaba a su padre y siempre le había parecido un hombre indulgente, pero tenía claro que en aquel momento cualquier cosa que dijera sería juzgada con dureza.

No le culpaba. Lily sabía que había actuado mal, egoístamente mal.

—No sé bien cómo contarle esto, padre. Esa mañana había estado la modista tomándome las medidas para el traje de novia y… —se interrumpió, atragantada por el miedo a no explicarse bien, a sentenciarse más con cada palabra.

Aquella confesión podía ser su salvación si escogía las frases adecuadas.

Nunca había hablado con su padre de cómo se sentía respecto a su compromiso; solo lo discutía con su madre, que se negaba a escuchar nada de lo que tenía que decir.

Pero quizá él sí la escuchara. Si comprendía lo infeliz que era, tal vez se compadeciera de ella y decidiera poner fin al compromiso.

Entonces toda aquella pesadilla se acabaría.

—No pude soportarlo. Oh, padre… —Lily rodeó el escritorio y cayó de rodillas junto a él—.

No me obligue a casarme con ese hombre. Es muy viejo y me mira de forma…

inapropiada. Cuando está de visita siento una profunda angustia.

Ayúdeme usted. Madre se niega a atender mis súplicas, mis razones.

Si usted decidiera romper el compromiso, yo sería tan feliz.

—¡No digas necedades, Lily!

Martina respondió antes de que lo hiciera Rogelio. Acababa de entrar en la habitación, furibunda. Lily le lanzó una mirada de desprecio. Para la muchacha, su madre tenía la culpa de todos sus problemas. Y la odiaba.

—Querida —intervino su padre—, obviaré que has entrado en mi despacho sin permiso e interrumpido la conversación sin tener en cuenta las formalidades.

Por dentro, un estallido de exultante gozo recorrió a Lily al escuchar la reprimenda. Tendría que añadir la maldad a su lista de defectos.

—Pido disculpas por ello, querido.

—Aceptadas. Pero debes saber que estoy muy disgustado con el poco esmero que has puesto en la educación de nuestra hija.

—Esas palabras alarmaron a Lily, que abrió los ojos asustada de adonde iban a conducir—.

No solo ha mostrado una conducta caprichosa e irresponsable, tratando su vida como si le perteneciera, sino que además pone en cuestión las decisiones acerca de su compromiso; compromiso que yo he dispuesto.

Si un rayo hubiera atravesado a Lily en ese momento, ni siquiera se habría dado cuenta hasta que el olor a chamuscado hubiera sido imposible de ignorar. Toda la esperanza que había puesto en aquel hombre se había consumido como una pira de papel.

Se puso de pie y se alejó de él unos pasos vacilantes.

—Querido… —la voz de su madre sonó afectada, pero Lily ya no sintió placer en ello, porque de golpe entendió lo que eran ambas: mujeres sin voluntad, ni siquiera dueñas de ellas mismas, y vio con claridad que la decisión de liberarla nunca había estado en manos de su madre—.

He intentado que entre en razón. Su crianza y educación han sido las correctas.

No es responsabilidad mía que haya tenido permiso para leer ciertos libros.

Siempre me opuse a que le dierais acceso al contenido de este despacho sin restricciones.

Rogelio Rivera se levantó tan deprisa que la silla se deslizó hacia atrás con un sonido que hizo que Lily retrocediera aún más y chocara contra la estantería.

Uno de los libros le cayó en la cabeza. Pero ninguno de los dos se dio cuenta.

Lo colocó en su sitio y se frotó la coronilla.

Se alegraba de que hubiera sido un tomo de pocas páginas y no, por ejemplo, una Biblia.

—¿Acaso estás acusándome de ser el responsable de su conducta? —preguntó su padre con la voz de hielo.

—Solo estoy diciendo que es una muchacha fantasiosa y quizá usted… la ha consentido demasiado. —Martina se mantuvo firme, cruzando las manos sobre el pecho.

Rogelio no respondió, sino que se limitó a mantener la mirada fija en ella.

Martina retorcía los dedos y cambiaba con frecuencia el peso de un pie al otro, como si tuviera ganas de ir al excusado.

El silencio se hizo espeso, pesando sobre los ánimos de madre e hija hasta que Rogelio volvió a hablar.

—He decidido que hasta la boda, Elisa se traslade conmigo a la hacienda de Haría. El aire del campo y mi supervisión constante serán suficientes para que cese este absurdo comportamiento. Recordará cuáles son sus deberes y los aceptará con entereza.

El anuncio golpeó a Lily con la fuerza de una bofetada. Se apoyó en la estantería y trató de mantener la compostura mientras la habitación daba vueltas.

—¿Y el cortejo? ¿Y los preparativos? Todo se verá interrumpido a tan pocos días de la boda. Además, el cónsul es muy insistente en visitarla cada tarde. Apenas he podido contenerlo estos días. Se impacientará si sigo despachándolo con más excusas.

—Creo que serás perfectamente capaz de ocuparte tú de todo.

Y en cuanto al cónsul, podrá seguir visitándola en la hacienda, si ese es su deseo.

Aunque creo innecesario que deba pasar tanto tiempo en su compañía estando la boda tan próxima.

No es el proceder normal. —Enarcó una ceja, como si sopesara la conducta del cónsul.

En su interior, Lily rogó por que su padre estuviera encajando las piezas y tomara en consideración algo de lo que ella le había contado.

Quiso añadir algo más, defenderse con uñas y dientes, desgañitarse si fuera necesario, pero no dijo nada.

Se limitó a pedir permiso para retirarse al comedor y salió de aquella habitación, que ya no se parecía en nada al paraíso que solía ser: ahora el aire la asfixiaba y el olor de los libros le producía náuseas.

La cena transcurrió con una compostura forzada. A Lily se le había cerrado el estómago a pesar del hambre que había creído tener antes de reunirse con su padre. Comió poco y a bocados pequeños, incómoda unas veces por el silencio y sobresaltada otras por el ruido de los cubiertos.

Su vida estaba sentenciada. Al día siguiente iría a aquella hacienda donde vivía su padre lejos de ellas.

Rogelio solo las visitaba cuando debía gestionar asuntos de la propiedad que requerían su intervención directa o asistir a algún acto social.

Se quedaba unos días, que Lily atesoraba como efímeros premios, y se volvía a marchar.

Alegaba que el campo era su elemento, que no soportaba el frenético bullir de la vida en la ciudad.

La madre de Lily, en cambio, vivía para las reuniones sociales. Arrecife era su mundo.

El pesar hundía a Lily en la silla. Cuando finalizó la cena, su madre se retiró a su salita.

Lily no la acompañó, como hacía todas las noches, para leer mientras Martina atendía otros asuntos.

Se disculpó y huyó a su dormitorio. La diligente Rosa ya estaba allí, preparando su ropa de dormir, mullendo sus almohadas, dejándole la bacinilla limpia junto a la cama y la jarra de agua sobre la mesilla.

Era tan tarde. Lily sintió que su mortificación se hacía insoportable. Se sintió culpable por quejarse de sus opciones, pero ¿y las de su madre? ¿Y Rosa? ¿Qué alternativas tenían ellas?

Se durmió enseguida. La larga trenza que le había hecho Rosa después de cepillarle el pelo descansaba sobre la almohada. Tuvo sueños agitados, pesadillas en las que un caracol enorme y baboso la perseguía, la atrapaba y la engullía.