La Calle de Atrás -2-
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Capítulo

En el que Lily descubre que los problemas tienen la mala costumbre de seguir ahí

Un día después, Lily despertó bajo la mosquitera que llevaba contemplando desde que tenía memoria.

Su padre la había recluido en su habitación en cuanto llegaron del hospital, sin darle oportunidad alguna de explicarse (claro que tampoco habría podido decir nada que la eximiera de culpa).

Solo la había mirado con expresión cansada y se había marchado tras cerrar la ventana con un golpe seco que la hizo arrugar la frente.

La amarga certeza de haberlo decepcionado fue lo último que sintió antes de quedarse dormida.

Apartó los recuerdos y la pesada colcha con una angustia parecida a la que había sentido atada a la cama del hospital.

Cuando se incorporó, sus tripas protestaron con un gruñido feroz.

Esperaba que, en aquellas horas, su intimidad no se hubiera visto demasiado comprometida, porque en su mente todo volvía a estar un tanto…

confuso. Si había olvidado algo humillante, prefería no recuperar la memoria.

Se acercó a la ventana. La calle del Puente estaba apenas iluminada por un sol que caía tras los tejados de las casas de enfrente. Algunos transeúntes paseaban despreocupados. Una mujer se cubrió la boca para ahogar una risa. Al parecer, el mundo había seguido adelante sin ella.

—Apártate ahora mismo de la ventana, jovencita.

La voz severa de Toña, el ama de llaves, la sobresaltó. Lily dio un respingo y se golpeó el  pie contra el banco bajo la ventana, donde se sentaba por las tardes a leer aquellos libros que el médico consideraba causantes de sus males.

—¡Me cago en…! —soltó, en un tono muy poco femenino, antes de agacharse para masajearse el dolorido dedo gordo del pie.

Toña entró, suspirando ante el exabrupto, y depositó una bandeja sobre una mesita junto a la cama: dos delicadas tazas de chocolate caliente y un platito con un par de pequeños panecillos untados con dulce de membrillo.

Toña mantenía una disciplina férrea con la comida y por eso, siempre que merendaba con Lily, servía porciones tan míseras.

Como si fueran dos ratoncillos. La rolliza mujer cogía uno de los panecillos y lo mordisqueaba con bocados tan pequeñitos que Lily se quedaba embobada viendo el enervante proceso de terminarlo.

Toña era tan vieja como Matusalén, pero para algunos asuntos tan ingenua que, de no ser por sus arrugas, sus ojillos antiguos tras los anteojos y su pelo completamente gris, cualquiera podría confundirla con una niña.

—Maldita sea, Toña, me has asustado.

Con Toña, Lily tenía una confianza que no tenía con su propia madre, que la trataba con frialdad y distancia, siempre desencantada. El ama de llaves, en cambio, había sido su niñera, por lo que para Lily era un lugar seguro, cálido y… suyo.

—¿Asustarte? ¿Tienes idea del miedo que pasé cuando caíste por la ventana? ¿Cuando no recobrabas el conocimiento y tuvieron que trasladarte a ese hospital horrible? Ay, mi niña, la desesperación es mala consejera. Prométeme que no volverás a hacer algo así.

—Yo… No sé de qué me hablas —se limitó a responder Lily, girando la cara para que no descubriera la mentira reflejada en sus ojos.

—¿No lo sabes? ¿Y qué es esto entonces? —Toña sacó del bolsillo de la falda lo que parecía la melodramática nota para sus padres que Lily recordó de pronto haber dejado en el escritorio.

Miró hacia allí con la esperanza de que el papel que sostenía Toña fuera un ardid y aún pudiera correr hasta la mesa y recuperar la verdadera.

Pero la superficie estaba pulcramente ordenada y vacía.

El bochorno le subió a las mejillas tan deprisa que el calor le provocó un pequeño mareo.

Se acercó al dosel de la cama y puso la mejilla contra la fría madera.

—Lo siento, Toña. —La mujer se acercó, haciendo tintinear el manojo de llaves que le colgaba de la cintura, y acarició el pelo suelto y enredado de dormir de Lily, tratando de peinárselo un poco con los dedos, como si volviera a ser una niña—.

No sabía qué otra cosa hacer. No… no puedo casarme con ese hombre. No puedo.

Lily se atragantó con su propia angustia, resistiendo el impulso de echarse a llorar, de mostrar la debilidad de la que la habían acusado. No quería admitir que saltar por la ventana no había sido la más brillante de sus ideas.

—El deber, a veces, puede ser una pesada carga.

La mano de Toña continuó recolocándole mechones de pelo, mientras la mejilla de Lily seguía apretada contra la madera del dosel, como si pudiera retrasar la vida un poco más.

—Ese hombre es repulsivo —continuó Lily—. Y no solo porque sea más viejo que mi padre, sino porque me mira de una forma que me da escalofríos. Como si yo fuera un postre. Es asqueroso. No puedo ni imaginar tener que compartir mis días con él.

Le revolvía el estómago pensar que aquel hombre podía reclamar para sí el mismo lugar que ocupaban los héroes de sus novelas. Le costaba aceptar que sus padres quisieran entregarla a ese hombre como si su vida pudiera convertirse en una posesión ajena.

No.

Lily se negaba en redondo. ¿Cómo no iba a dejarse llevar por la desesperación, si estaba desesperada?

—Reponte, mi niña —le pidió Toña, dándole unas palmadas en la mejilla antes de dirigirse a la puerta—.

Te he traído la merienda porque tu padre quiere verte antes de la cena y debes de estar hambrienta.

El chocolate te dará fuerzas hasta que puedas comer algo con más fundamento.

Anda, le diré a Rosa que suba para que te ayude a vestirte. Tu padre te espera en su despacho.

—¿No te quedas conmigo a merendar?

—Hoy no.

—¿Y por qué has traído dos tazas?

—La costumbre, mi niña, la costumbre —respondió, con la voz y el gesto apagados.

Luego salió de la habitación, dejando a Lily sola con sus pesadillas.

Un par de minutos después, entró Rosa, con su uniforme impecable, la piel tostada y el cabello oscuro recogido en una trenza sobre la cabeza.

Para entonces, Lily ya se había comido los dos panecillos y apurado las dos tazas de chocolate.

Toña había puesto una cantidad generosa de cacao que se extendió por su estómago, en agradable contraste con la agitación del resto de su cuerpo, que se estremecía de vez en cuando como si algo viscoso la rozara de pronto.

—Señorita Elisa, ¿se encuentra usted mejor? —le preguntó.

La joven arrugó la nariz.

—Rosa, ¿alguna vez vas a llamarme Lily?

—No, señorita —respondió la doncella, y se mordió el interior de la mejilla.

Lily suspiró. Daba igual cuántas veces le pidiera a Rosa que olvidara las ceremonias: ella siempre mantenía las distancias, aunque Lily justificara su insistencia diciendo cosas tan peculiares como que la envidiaba, que habría preferido ser una hija del muelle, criada entre el olor a brea y pescado del Charco, hablando con ese acento rápido y descarado que las señoritas de la calle Real, como ella, fingían no entender.

Lily no tenía ni idea entonces del estigma que suponía haber nacido en el Arrecife pobre.

En su ingenuidad, no alcanzaba a imaginar cuánto habría tenido que luchar Rosa por escapar de allí y conseguir un puesto de doncella.

Tampoco era consciente de que la doncella protegía aquel empleo como una gata protege a sus crías y que podían despedirla si alguien de la casa descubría que se tomaba ciertas confianzas.

Porque Lily no tenía nada que perder y, por eso, seguía tratándola como si fuera su amiga y poniéndola continuamente en situaciones comprometidas.

—Estoy tan enfadada —dijo Lily, ignorando el gesto tenso de Rosa—.

Tengo ganas de gritar y también de llorar.

¿Por qué nadie me escucha? ¿Por qué a nadie le importa que no quiera casarme con esa momia maloliente?

Y, encima, ni siquiera puedo lanzarme por la ventana y buscar una muerte tan trá gica como las de Romeo y Julieta, porque acabaría encerrada en un manicomio.

—¿Se pondrá el vestido verde? —preguntó Rosa desde la puerta del armario, con los ojos muy abiertos y una mueca extraña en la boca.

—¿Por qué los hombres no se bañan más a menudo?

—Las damas tampoco se bañan todos los días.

Rosa se cubrió la boca de golpe, roja como un tomate, horrorizada por haber dicho algo impropio. Volvió a morderse el interior de la mejilla.

—Lo siento, discúlpeme, señorita. Yo… no sé por qué he dicho eso. No quería. Lo…

La pobre no dejaba de balbucear mientras se cubría la cara con las manos, hasta que Lily la interrumpió.

—Basta, Rosa. No te preocupes más. Olvidaré lo que has dicho si así te sientes mejor. Aunque me habría encantado debatir contigo sobre el asunto. Seguro que el ala del servicio hierve de chismes como ese. Cómo me gustaría ser una más entre ustedes —dijo.

Y es que Lily tendía a idealizar la vida de los demás, especialmente las que trabajaban en el servicio, mientras levantaba los brazos para que Rosa le pasara el vestido por la cabeza, sin pararse a pensar si la doncella llevaba trabajando desde antes del amanecer.

Cuando Rosa terminó de arreglarla, Lily se miró al espejo. Ahí estaba ella, superviviente de su propia estupidez.

Tenía las mejillas sonrosadas por el mejunje de sustancias misteriosas que preparaba Rosa, los ojos verdes a juego con la tela del vestido y el cabello rubio, aclarado y lustroso por su empeño en que la doncella se lo lavara cada dos días, pese a las protestas de su madre y de Toña, escandalizadas por el derroche de tiempo, jabón y agua.

Era bonita. Delgada como un junco y con la gracia necesaria para ser adecuada y casadera.

Sacó la lengua a su reflejo en un gesto pueril y deseó ser bizca o demasiado gruesa para despertar interés.

Deseó poseer la invisibilidad de aquellas solteronas de más de veinticinco que permanecían arrinconadas junto a las matronas durante las reuniones sociales; mujeres a las que nadie prestaba atención y que Lily envidiaba profundamente.

Hasta entonces había creído que algún guapo y joven caballero se prendaría de sus encantos y ella de los suyos.

Antes de comprender que los cuentos solo funcionaban en los cuentos.

Si en aquella sociedad existían finales felices, Lily aún no había conocido ninguno.

Aquel era un mundo delicado como el cristal: transparente, hermoso y peligroso.

Bastaba un gesto indebido para hacerlo añicos.

—Gracias, Rosa, eres una gran amiga —le dijo antes de salir de la habitación.

Y la dejó atrás, recogiendo el desorden que Lily había causado y trabajando para que la vida de la señorita fuera tan fácil como respirar. Sin embargo, Lily ni siquiera parecía capaz de hacer bien eso último, o no iría lanzándose de cabeza por las ventanas.