La Calle de Atrás -1-
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La Calle de Atrás

La Calle de Atrás

Por Celia Santana Martin

© inepub.com

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Capítulo

En el que Lily descubre que siempre se puede caer más bajo

Elisa despertó en una cama que no era la suya, envuelta en un olor denso a desinfectante, sudor y algo rancio que le revolvió el estómago.

Notó la nuca húmeda y pegajosa y la espalda rígida contra el duro colchón. Parpadeó varias veces antes de quedarse contemplando, todavía atontada, las cortinas blancas del biombo que la rodeaban. Tras ellas se movían unas sombras, alargándose y estrechándose sin decidirse por una forma.

Mientras trataba de entender por qué demonios estaba tumbada en una cama de hospital, una mosca zumbó sobre su cabeza.

Su pequeño ruido se sumó al murmullo de voces y gemidos de dolor que llenaban la habitación con una resonancia perturbadora.

Recordó entonces haberse dejado caer por la ventana de su habitación en el segundo piso, y también, aunque con menos claridad, que antes de tocar el suelo algo de naturaleza mágica e inexplicable la había sostenido en el aire.

Por eso no cayó sobre los jazmines que crecían debajo, cuyo aplastamiento habría disgustado mucho a su madre, la distinguida señora Martina de Rivera.

Pero después de aquello… todo era oscuridad.

Y ahora estaba allí, con la nuca pegada a unas sábanas que apestaban, sin saber qué había pasado entre la caída y sus actuales y desafortunadas circunstancias.

Sintió el pánico abrirse paso desde el pecho, amenazándola con subir hasta la garganta para ahogarla, pero decidió mantenerlo a raya y detenerse a pensar en el extraño fenómeno, ya que, después de todo, había saltado convencida de que la caída no la mataría.

Por supuesto, su plan incluía algunos arañazos, pero solo como una mezquina advertencia de que no estaba dispuesta a obedecer; de que, ante el empeño de sus padres en casarla con el viejo y baboso cónsul honorario, prefería cualquier otra salida.

Pero ni siquiera eso le había salido exactamente como había imaginado.

¿Qué había impedido que se estrellara?

Intentó espantar la mosca, que había decidido dejar de sobrevolarla para posarse en su frente, pero su mano no se movió.

No porque su inútil acto de rebeldía la hubiese dejado inválida —lo que sin duda habría sido un descalabro—, sino porque estaba atada a la cama con una gruesa correa de cuero que había visto mejores tardes.

Se inclinó cuanto pudo y descubrió que la otra muñeca, así como los tobillos, estaban inmovilizados con idéntica sujeción.

Entonces soltó un resoplido y murmuró para sí misma:

—Maravilloso, Lily. Qué buen plan.

Y volvió a tumbarse. Y la mosca con ella. Y entonces sí llegó el pánico que había logrado contener con sus divagaciones sobre magia, jazmines y babosas. Se quedó sin aire, como si un elefante se hubiera sentado en su pecho.

Puede que un elefante fuera una exageración; quizás se pareciera más al peso de una oveja o de un perro muy grande.

Las voces que llegaban desde el pasillo se elevaron.

Eso desvió su atención de las ganas que tenía de gritar pidiendo auxilio y de la necesidad angustiosa de rascarse la frente, donde sentía a la mosca frotándose las patas con total descaro.

Y es que algo en la conversación la alarmó sobremanera y, mientras trataba de que el aire volviera a entrar en sus pulmones sin mucho éxito, se concentró en escuchar lo que decían.

—¿Una casa de dementes? ¿Acaso ha perdido el juicio?

Era la voz de su madre, crispada y absolutamente incrédula.

—Yo no, señora, pero no sé si alcanza a comprender la gravedad de lo que su hija ha intentado hacer —respondió el médico con vehemencia. Tenía una voz musical y aflautada, como si hablara tapándose los orificios de la nariz por turnos.

—Le ruego que no insinúe insensateces. Ha sido un accidente.

—Lo siento, señora, pero el de su hija no es el primer episodio de…

debilidad femenina que observo entre jóvenes de buena familia.

Las lecturas de carácter inadecuado que inundan las librerías en estos tiempos modernos son una de las causas más frecuentes de esta clase de comportamientos. ¿Ha estado leyendo su hija?

—Sí, pero…

—Tal como me temía —la interrumpió el médico—. En estos casos debo ser inflexible y recomendar su internamiento en una casa especializada donde pueda recibir los tratamientos adecuados.

El terror se agarró a la garganta de Lily como la garrapata que el mozo le había arrancado al perro de su padre aquella tarde de junio, cuando el presa canario se había escapado para confraternizar con los perros del muelle.

Si antes le costaba respirar, ahora le parecía que sus pulmones habían desaparecido.

Nunca se le había ocurrido pensar que su desesperada maquinación pudiera llevarla hasta uno de esos lugares sobre los que se contaban historias terribles.

Había querido escapar de las garras de aquel viejo repugnante…

pero acabar en un manicomio era una alternativa que le apetecía aún menos.

La conversación continuó, ajena a la desesperación de Lily.

—La decisión no es suya, doctor, ni tampoco mía —recitó su madre con un tono más áspero—. Es el señor Rivera quien debe pronunciarse.

—Así es, querida —intervino entonces su padre, el insigne Rogelio Rivera.

Aquel hombre tenía el don de la oportunidad.

—Querido… —se sorprendió Martina—. No esperaba que pudierais acudir tan pronto como os mandé avisar.

—Se trata de mi hija —respondió escueto, pues para él era suficiente—. ¿Qué ha sucedido?

El alivio de saber que su padre estaba allí aflojó la opresión en el pecho de Lily, como si la oveja (o el perro grande) hubiera salido huyendo.

La muchacha soltó una exhalación larga, recordando por fin cómo era aquello de respirar. Sintió la fina camisola blanca adherida a la piel, empapada por el sudor frío. La mosca, que se había dado una vuelta exploratoria por la habitación, volvió a la carga metiéndosele en el ojo.

Le dio la risa. Le parecía que no se podía estar peor, salvo muerta sobre los jazmines.

—Su hija, señor, ha sufrido una desafortunada caída por la ventana de su dormitorio —explicó el médico—.

Sin embargo, sospechamos que no fue un accidente, sino un acto deliberado contra sí misma…

y, por supuesto, contra Dios. He recomendado a su esposa el internamiento como medida necesaria para proteger y reparar su… delicada salud.

Transcurrieron unos segundos de silencio antes de que la voz de Rogelio lo rompiera. Su tono era gélido. Lily se imaginó al infeliz médico empalideciendo y boqueando como un pez sin agua (o como alguien con un animal grande sentado en el pecho).

—Escúcheme con mucha atención, doctor. Mi hija ha sufrido una lamentable caída… sin consecuencias. Agradecemos su labor, pero será el médico de la familia quien se ocupe de su restablecimiento, como corresponde a su condición.

Tras esa última palabra, se oyeron sus pasos acercándose cada vez más al biombo, hasta que la estructura tembló ligeramente y una gran mancha oscura puso fin al movimiento de las sombras.

Las cortinas se apartaron con brusquedad, y Lily vio a su padre: su bigote, su cabeza calva, su traje impecable.

Tras él, descubrió el resto de la habitación: más biombos y una mesa rectangular de madera maciza en el centro.

Dos monjas, que manipulaban frascos de cristal, se apartaron sobresaltadas, dejando los frascos temblando y tintineando.

Rogelio las miró con reprobación antes de inclinarse sobre Lily.

Sin decir una palabra, desató las correas y la presión sobre las extremidades de la joven cedió poco a poco.

—Padre… yo…

—Hablaremos cuando estés en casa, Elisa —la interrumpió, alzándola en brazos con facilidad (como si la caída la hubiera liberado de la gravedad) para sacarla de allí.

—Querido —protestó Martina escandalizada—, es del todo inapropiado. No podéis sacarla así. No está vestida.

—Me es indiferente si está vestida o no —replicó él, cortante—. Esto es un hospital. ¿Por qué no ha sido atendida en la intimidad de nuestra casa?

Martina perdió parte del color sonrosado que siempre lucía en las mejillas. Su perfecto recogido de cabellos dorados salpicados de canas permaneció, sin embargo, impecable.

—No me quedó más opción… estaba inconsciente, junto a la verja, donde cualquiera podría haberla visto. No localizábamos al doctor Martín. Yo… estaba asustada…

Martina sacó convenientemente del interior de la manga de su blusa de encaje un pañuelo bordado y rompió a llorar.

¿Junto a la verja?

Al observar a su madre hipar tras el pañuelo, Lily sintió una punzada de lástima.

La culpa por disgustarla de un modo tan dramático se aferró a su estómago, hasta que recordó el rostro arrugado y sudoroso del cónsul y la compasión se le disipó de un plumazo.

Le dirigió una mirada desdeñosa y entonces la vio.

Una muchacha se retorcía en el pasillo, atrapada en una camisa blanca que le sujetaba los brazos a la espalda.

Gruñía con un sonido bajo y animal. Tenía el cabello oscuro suelto, enmarañado por los violentos movimientos de su cabeza al intentar liberarse.

Estaba sentada en una silla de metal, con la falda arremolinada a sus pies, como si fuera la invitada a una recepción macabra.

—Llévensela.

La orden surgió de algún punto tras ellos.

El terror atravesó a Lily como una descarga.

Empezó a temblar y enterró el rostro en el hombro de su padre.

La tela de su chaqueta, rígida y almidonada, crujió contra su mejilla.

Inspiró su olor, denso y almizclado. Olor a seguridad.

Y un pensamiento estalló en su cabeza, implacable: «Esa podría haber sido yo».